martes, 17 de marzo de 2026

VIII Un documento notarial de 1854 revela cómo se resolvían las deudas agrarias contraídas con el Marqués de Gandul, D. José Pacheco y Aragón.

 

Escritura notarial

Un documento notarial fechado el 17 de marzo de 1854 en Sevilla permite conocer con detalle cómo se gestionaban las deudas, las propiedades agrícolas y los arrendamientos en la campiña sevillana a mediados del siglo XIX. La escritura, recientemente transcrita a partir de un manuscrito original, recoge un acuerdo entre el Marqués de Gandul, D. José Pacheco y Aragón, el propietario D. Manuel Taboada y el colono D. Francisco de Paula Reyna, en torno a un molino de aceite y varias fincas situadas en el término de Arahal.

El documento se redactó para poner fin a un litigio judicial. El Marqués de Gandul había iniciado un procedimiento contra Manuel Taboada en el Juzgado de Primera Instancia de Marchena por el impago de los réditos de un censo que gravaba varias propiedades, entre ellas un molino de aceite situado en la calle Sevilla de Arahal. La deuda acumulada incluía más de nueve años de pagos atrasados.

Ante la posibilidad de que el proceso judicial terminara con la ejecución de los bienes, las partes decidieron llegar a un acuerdo amistoso que posteriormente se formalizó ante notario. Este tipo de acuerdos, conocidos como transacciones, eran habituales en la época para evitar largos y costosos pleitos.

La solución: entregar la gestión de las fincas

El acuerdo establecía que Manuel Taboada reconocía la deuda y entregaba temporalmente la posesión de sus bienes al Marqués de Gandul mediante una figura jurídica conocida como prenda pretoria. En la práctica, esto significaba que el Marqués pasaba a administrar las propiedades —el molino, olivares y algunas casas— y a percibir sus rentas hasta recuperar el dinero que se le debía.

La deuda total fijada en el acuerdo ascendía a 25.000 reales, suma que incluía tanto los atrasos como los gastos necesarios para reparar el molino de aceite, que según el documento se encontraba en mal estado de conservación.

Mientras durara esta situación, Taboada conservaría el título sobre los bienes, pero el Marqués tendría el control de su explotación económica.

Un arrendamiento para mantener el molino en funcionamiento

Para asegurar la actividad de la finca, el Marqués arrendó el molino y los olivares a Francisco de Paula Reyna, vecino de Arahal. El contrato se estableció por seis años, con una renta anual de 5.000 reales.

El documento describe con detalle las obligaciones del arrendatario, que debía encargarse del mantenimiento del olivar y del molino. Entre otras tareas, debía labrar la tierra, limpiar los olivos periódicamente y realizar pequeñas reparaciones en la maquinaria del molino. Además, asumía los riesgos derivados de malas cosechas o fenómenos naturales, algo frecuente en los contratos agrarios del siglo XIX.

El texto también incluye una liquidación de cuentas de las rentas anteriores del molino. Tras descontar diversos pagos y contribuciones, el arrendatario entregó 18.426 reales al Marqués de Gandul, cantidad que se incorporó al proceso de pago de la deuda.

Firma del Marqués de Gandul

Un reflejo de la economía local del siglo XIX

Más allá de su valor jurídico, el documento ofrece una interesante ventana al pasado económico de Arahal. La presencia de olivares, molinos de aceite y arrendamientos agrícolas confirma la importancia del olivar en la economía local ya en el siglo XIX.

Asimismo, el texto muestra cómo convivían diferentes actores sociales: grandes propietarios vinculados a la nobleza, administradores o poseedores de bienes vinculados y colonos encargados de trabajar la tierra.

La transcripción del documento no ha estado exenta de dificultades. Al tratarse de un manuscrito del siglo XIX, algunas palabras resultan difíciles de interpretar y podrían haber sido copiadas de forma imprecisa. No obstante, el contenido general permite reconstruir con bastante claridad las relaciones económicas y jurídicas que articulaban la vida rural de la época.

AHP

Signatura 16545 f. 219r

Oficio 23. Juan Fernández Santa Cruz

17.03.1854

Transacción y arrendamiento de molino y olivar. Marqués de Gandul y Manuel Taboada a Fco. de Paula Reyna. 

Francisco José Gavira Albarrán


domingo, 8 de marzo de 2026

Un mapa de Las Aceñas: paseo por un tramo de la ribera histórica del Guadaíra


Un antiguo plano, trazado a escala 1:2500, nos asoma a un fragmento del río Guadaíra que ya no existe tal como fue plasmado en el mapa. El documento, titulado Hacienda de Las Aceñas, es mucho más que un testimonio cartográfico: constituye un inventario de la memoria, un catastro y la prueba fehaciente de cómo el agua y el trabajo humano se entrelazaron para esculpir un paisaje único.

Gracias a la reinterpretación de sus anotaciones, hoy podemos reconstruir virtualmente este territorio y sumergirnos en su historia. Lo que el plano desvela no es únicamente un río, sino un auténtico museo al aire libre de arqueología rural.

La escala elegida —1:2500— resulta especialmente reveladora. No nos hallamos ante una visión panorámica de grandes territorios, sino ante un levantamiento minucioso, casi catastral. Probablemente fue elaborado —como sugiere el sello de EMASESA— por la compañía inglesa de aguas con fines eminentemente prácticos: la gestión del caudal, la delimitación de propiedades y el control de los aprovechamientos hidráulicos.

Esta precisión topográfica nos permite conocer no solo la toponimia de los lugares —en ocasiones puede que equivocada—, sino también su función y su vínculo directo con el río.

El Guadaíra vertebra el plano, y a su alrededor se despliega una impresionante constelación de arquitectura del agua. El Molino de Aceña de Cartuja, el Callejón de San Juan —que conducía primero al molino homónimo y después al de Berarosa—, o el Molino de Cahuz (o Cajul) aprovechaban la fuerza motriz de la corriente, este último de un arroyo.

Junto al cauce principal, el plano dibuja una compleja red de irrigación que delata la existencia de una agricultura de huerta intensiva. Se señala expresamente una atarjea —canal o acequia principal, a menudo cubierta— y sus correspondientes tomas de agua. Este trazado evidencia un sistema organizado de reparto, aún reconocible sobre el terreno, donde cada propietario tenía derecho a abrir un caz para desviar el caudal hacia sus tierras.

El documento menciona también una acequia y una noria. Pero la referencia más enigmática es, sin duda, la de un túnel. Podría tratarse del acceso a una galería o mina de agua destinada a conducirla hacia la acequia.

La ribera del Guadaíra aparecía parcelada en distintas huertas, cada una con su personalidad y su historia: huerta de Santa Lucía, que toma su nombre de la desaparecida ermita homónima, cuyas ruinas estaban desaparecidas cuando se levantó el plano, huerta de Ballesteros, topónimo vinculado probablemente a una familia propietaria, que hoy la conocemos como Huerta de la Joaquinita y huerta de Pañuelas y Olivar Bajo, que reflejan la diversidad de cultivos y aprovechamientos característica de la ribera.

El plano también consigna el Olivar de la Portilla, ligado a una familia que llegó a poseer importantes propiedades en el entorno: el convento de San Francisco, los molinos del Algarrobo, San Juan y las Heras, además de los pinares de Oromana.

Por último, la Hospedería de Cartuja actúa como un punto de referencia fundamental en la planimetría. No era un molino ni una huerta, sino un lugar evoca acogida para viajeros y, muy probablemente, para los propios monjes de la cartuja cuando se desplazaban a inspeccionar sus propiedades. En esos momentos, probablemente, residencia de Carlos A. Friend, de la Water Work Company.

Su presencia subraya el papel del río no solo como fuente de riqueza económica, sino también como corredor de comunicación y espacio de tránsito, donde lo sagrado y lo cotidiano convivían.

Este plano, con su escala de 1:2500 y su caligrafía esmerada, constituye en realidad un auténtico palimpsesto. Bajo sus trazas se ocultan siglos de historia: el impulso económico de la orden cartuja, el ingenio de los molineros, el trabajo paciente de los hortelanos, la enigmática ermita Santa Lucía y la vida cotidiana que discurría por el callejón de San Juan.

Reconstruir este paisaje a partir de sus nombres es, en cierto modo, un ejercicio de arqueología. Nos recuerda que el territorio que hoy pisamos es solo la última capa de una larga historia y que, bajo el albero o el abandono, aún resuenan los ecos de un mundo que supo aprovechar cada gota del Guadaíra para convertir su ribera en un vergel de industria y agricultura.

Francisco José Gavira Albarrán

jueves, 5 de marzo de 2026

Una postal del Pinar de Oromana (1905): paisaje, pintura y memoria de Alcalá

 

Postal de la colección digital de Antonio Gavira Albarrán

Entre los muchos testimonios gráficos que ayudan a reconstruir la historia de Alcalá de Guadaíra, las postales de principios del siglo XX ocupan un lugar especialmente valioso. No solo difundían la imagen del municipio fuera de sus fronteras, sino que también captaban escenas del paisaje y de la vida cotidiana.

Una de estas piezas muestra el “Pinar de Alcalá de Guadaíra”, dentro de la serie titulada Paisajes andaluces. En el pie de la imagen puede leerse claramente la indicación editorial: “COLECCIÓN A BLANCO Y NEGRO – NÚM. 2”. Por sus características tipográficas y técnicas, la imagen puede situarse aproximadamente entre finales del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, en torno a 1900.

La escena representa el Pinar de Oromana, uno de los parajes más emblemáticos del entorno de Alcalá. En primer plano se elevan varios pinos, cuyos troncos verticales organizan la composición. El terreno aparece rocoso y con charcos de agua retenida entre las piedras, probablemente de unas recientes lluvias. A un lado del camino avanza una mujer campesina acompañada de un burro, una imagen sencilla que refleja la vida rural del entorno alcalareño en aquella época.

El paisaje reproduce una obra del pintor sevillano Manuel García y Rodríguez (1863-1925), uno de los grandes paisajistas andaluces del cambio de siglo. Formado en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, García y Rodríguez obtuvo reconocimiento en varias Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y destacó por sus escenas de campo y de ribera, caracterizadas por una cuidada atención a la luz y al ambiente natural.

El artista formó parte del grupo de pintores que frecuentaron el entorno del Guadaíra para pintar al aire libre, lo que con el tiempo se conocería como la Escuela de Alcalá de Guadaíra. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el paisaje alcalareño —con sus pinares, molinos, barrancos y orillas del río— se convirtió en un auténtico taller natural para numerosos artistas.

Pero esta postal contiene además un detalle especialmente humano: una dedicatoria manuscrita a lápiz fechada el 11 de marzo de 1905. Bajo el texto aparece la firma Mario Gorostay (parece), probablemente la persona que envió o dedicó la postal.

El verso dice:

Por la senda olvidada del mundo

sigue firme y tranquilo… (la última palabra no distingue)

Que es virtud un tesoro profundo,

Que quien anda por ella, disfruta.

Esta pequeña postal de 1905, que contiene una cuarteta moral de autoría probablemente improvisada por el remitente, se ha convertido hoy en un valioso documento de la memoria local de Alcalá. En ella convergen tres dimensiones de la historia: el paisaje natural del emblemático Pinar de Oromana, la mirada artística de los pintores que lo inmortalizaron y la voz cotidiana de quienes lo recorrían hace más de cien años. Así, una simple imagen dedicada nos recuerda que, más de un siglo después, aquellos caminos y rincones ya inspiraban tanto a artistas como a paseantes, consolidándose como un símbolo eterno de la identidad alcalareña.

lunes, 2 de marzo de 2026

NOTA DE PRENSA LA PLATAFORMA EN DEFENSA DE LOS ALCORES VALORA MUY POSITIVAMENTE LA CESIÓN DE TERRENOS DEL CAMPAMENTO DE LAS CANTERAS AL AYUNTAMIENTO DE ALCALÁ DE GUADAÍRA

 


Los colectivos ecologistas y patrimonialistas celebramos el acuerdo y felicitamos al equipo de gobierno, a la espera de conocer los detalles definitivos.

La Plataforma en Defensa de Los Alcores, integrada por colectivos ecologistas y patrimonialistas de la comarca, valora de forma muy positiva el reciente acuerdo anunciado por el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra para la obtención de dos parcelas del antiguo Campamento de Las Canteras, situadas en la zona arqueológica de Gandul.

La recuperación de estos terrenos, que albergan elementos tan singulares como la Cueva del Vaquero, el Tholos de Las Canteras y el Mausoleo Circular, supone un avance histórico, largamente esperado y absolutamente necesario para la ciudadanía. Desde la Plataforma queremos felicitar al equipo de gobierno por este importante logro, a la espera de conocer los detalles concretos del acuerdo para poder realizar una valoración completa y asegurar que el proceso culmine con la protección integral y efectiva del enclave.

El antiguo campamento militar conserva un patrimonio arqueológico de primer orden. En su subsuelo se localizan cinco villas romanas, enterramientos de época romana, enterramientos tartésicos orientalizantes —como los túmulos de Bencarrón— y sepulturas calcolíticas, entre ellas la Cueva de los Vaqueros y los Tholos de Las Canteras.

A este extraordinario valor histórico se suma un notable patrimonio natural, con presencia de eucaliptos, naranjos, higueras, moreras, chumberas, retamas, palmitos y lentiscos, así como una destacada riqueza florística en la que sobresalen cuatro especies de orquídeas del género Ophrys y dos del género Orchis, entre ellas la rara variedad Orchis collina flavescens, de muy escasa presencia en Andalucía. Esta diversidad vegetal favorece, además, la presencia de aves poco habituales en otros puntos del término municipal, como el pico picapinos y el pito real.

Desde el punto de vista geológico, el enclave alberga un sobresaliente sistema kárstico, con la mayor dolina de Los Alcores y un pequeño pero notable torcal, lo que incrementa su valor científico, educativo y paisajístico.

Para la Plataforma, el conjunto del antiguo campamento representa un extraordinario espacio de disfrute público que, junto a la Vía Verde, La Mesa, El Toruño y Gandul, conforma una pieza estratégica del futuro Parque Cultural de Los Alcores. Un proyecto clave para poner en valor, desde criterios de sostenibilidad, el inmenso legado patrimonial, histórico y natural de la comarca, generando nuevas oportunidades culturales, educativas y turísticas.

MEDIDAS URGENTES: CONDICIONES IMPRESCINDIBLES

A la espera de conocer los pormenores del acuerdo, recordamos que esta cesión debe ir acompañada de una serie de actuaciones imprescindibles para garantizar la conservación real y efectiva del enclave:

  • Culminación del expediente BIC: Exigimos a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía que finalice, 35 años después, el procedimiento de declaración de la Zona Arqueológica de Gandul como Bien de Interés Cultural (BIC), iniciado en 1991 y aún inconcluso.
  • Estudio arqueológico exhaustivo: No existe una recopilación completa y actualizada de la información arqueológica disponible. Reclamamos la elaboración de una nueva carta arqueológica integral, con la participación de la Universidad y de las asociaciones especializadas.
  • Plan Especial de Protección: La zona debe contar con un instrumento urbanístico y patrimonial específico que integre sus valores arqueológicos, naturales y paisajísticos, y que se articule con la futura declaración de Los Alcores como Zona Patrimonial.
  • Garantía de uso público: El objetivo último debe ser la apertura controlada del espacio al estudio, la divulgación y la visita ciudadana, garantizando que no primen intereses especulativos ni usos privativos.

La Plataforma recuerda que el extraordinario patrimonio arqueológico del entorno de Gandul no ha sido estudiado con la profundidad que merece y que, desde los puntos de vista antropológico, social, económico, estético e informativo, persiste una preocupante falta de investigación y una casi nula puesta en valor de este legado.

En estos momentos, el principal obstáculo para articular una gran ruta cultural y natural que permita disfrutar plenamente de nuestro patrimonio más valioso sigue siendo la presión de la industria armamentística, unida a décadas de inacción institucional en defensa del patrimonio y del medio ambiente. Por ello, celebramos este avance, pero permaneceremos vigilantes para que no se quede en un mero cambio de titularidad sin consecuencias reales.

 

Fecha: 25 de febrero de 2026

Para más información o gestión de entrevistas:

Plataforma en Defensa de Los Alcores

parqueculturallosalcores@gmail.com
Facebook:https://www.facebook.com/people/Plataforma-en-Defensa-de-Los-Alcores/61576719926660/

 

 

El Molino del Arrabal desde el Castillo del Alcalá. Ramón Almela IV



La fotografía, tomada desde el Castillo de Alcalá de Guadaíra, ofrece una amplia panorámica del río Guadaíra y del Molino del Arrabal, captando con gran detalle el paisaje fluvial y el entorno rural de Alcalá de Guadaíra a comienzos del siglo XX. En primer término, se aprecian restos de muralla y estructuras defensivas del castillo, mientras que en la parte inferior del encuadre se distinguen los tejados y dependencias del molino, rodeados de vegetación de ribera y ballado de pitas.

La imagen fue realizada por Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del también fotógrafo Francisco Almela, quien desde muy joven dirigió el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Especializado en fotografía itinerante, Almela documentó vistas urbanas, monumentales y escenas costumbristas, difundidas principalmente mediante tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dotaron a muchas de sus obras del característico tono sepia. Su producción constituye hoy una fuente visual fundamental para el estudio de la evolución urbana, social y paisajística de Sevilla y su provincia.

La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán, y representa un valioso testimonio histórico del patrimonio cultural y natural de Alcalá de Guadaíra.