martes, 11 de agosto de 2026

Casi 40 años de lucha por el Guadaíra: logros, asignaturas pendientes y la vigencia de una Plataforma ciudadana.

La defensa del río Guadaíra es una historia de perseverancia ciudadana. Una lucha que comenzó a adquirir una dimensión colectiva a finales de los años ochenta y que, casi cuatro décadas después, sigue teniendo plena vigencia. El río ha cambiado mucho desde aquellos años en los que los vertidos industriales y urbanos lo convirtieron en uno de los símbolos del deterioro ambiental de Andalucía, pero la recuperación integral de su cuenca continúa siendo una tarea pendiente. 

Un primer gran hito llegó en marzo de 1994, cuando el Parlamento de Andalucía aprobó la Proposición No de Ley 8/94, que instaba a poner en marcha un plan de saneamiento y recuperación integral del Guadaíra. Dos años después, el 16 de marzo de 1996, se aprobaba el Programa Coordinado de Recuperación y Mejora del Río Guadaíra, concebido como una actuación integral sobre el río y su cuenca. El programa se articuló en torno a dos grandes líneas: Guadaíra Blanco, dedicada fundamentalmente al saneamiento, la depuración y el control de los vertidos, y Guadaíra Verde, orientada a la recuperación ambiental, paisajística, patrimonial y cultural de las riberas. 

Aquella respuesta institucional no surgió de la nada. Fue, en buena medida, consecuencia de una intensa movilización social. La asociación Alwadi-ira llevaba desde 1988 denunciando el deterioro del río y defendiendo su recuperación. En 1993 se constituyó la Plataforma Cívica Salvemos el Guadaíra, que consiguió reunir a distintos colectivos ciudadanos y convirtió la defensa del río en una reivindicación permanente de la sociedad alcalareña. 

De un río degradado a un río que vuelve a vivir. 

Sería injusto negar los avances conseguidos desde entonces. Las inversiones realizadas en saneamiento y depuración transformaron la situación del Guadaíra a su paso por Alcalá. La puesta en servicio de distintas estaciones depuradoras (EDAR) y redes de colectores en municipios de la cuenca permitió reducir de manera drástica la carga contaminante procedente de las aguas residuales urbanas. Ya en 2011 la propia Administración reconocía una mejora de la calidad del agua. 

Entre las infraestructuras desarrolladas a lo largo de este proceso figuran las EDAR de Arahal, El Copero, La Ranilla, Morón, El Viso-Mairena y Paradas, además de las correspondientes redes de colectores y otras actuaciones de saneamiento. Su construcción debe entenderse dentro de un contexto más amplio: la presión ciudadana para recuperar el Guadaíra coincidió con la progresiva adaptación de España a las exigencias ambientales de la entonces Comunidad Europea y, posteriormente, de la Unión Europea. 

La aprobación de la Directiva 91/271/CEE sobre el tratamiento de las aguas residuales urbanas estableció obligaciones concretas para los Estados miembros en materia de recogida y depuración. Por tanto, la construcción de estas infraestructuras no fue únicamente una respuesta al Programa Coordinado del Guadaíra de 1996: formó parte también del proceso general de modernización del saneamiento exigido por la normativa comunitaria. 

En 2013 la Junta defendía ante el Parlamento que las actuaciones de depuración habían supuesto un cambio radical en la calidad de las aguas del Guadaíra. Eso sí, para ellos todo eran éxitos y ninguna autocrítica. 

También se produjeron avances en el ámbito de Guadaíra Verde. La declaración del tramo urbano de las riberas como Monumento Natural Riberas del Guadaíra, en diciembre de 2011, supuso un reconocimiento institucional de los valores naturales y ecoculturales de este espacio. El monumento comprende aproximadamente diez kilómetros de río a su paso por Alcalá y unas 120 hectáreas de zonas verdes, además de un importante conjunto de molinos históricos. 

A ello hay que sumar la creación del Corredor Verde del Río Guadaíra, concebido para conectar mediante itinerarios no motorizados Sevilla con la cuenca del río y los municipios de Alcalá de Guadaíra, Carmona, Arahal y Morón de la Frontera. La primera fase alcanza unos 38 kilómetros y se apoyó fundamentalmente en vías pecuarias, un ejemplo fue las actuaciones en la Cañada Real de Morón, con actuaciones de limpieza, adecuación, señalización y restauración vegetal. Unas actuaciones que fueron parciales y que no tuvieron luego mantenimiento ni continuidad. 

En todo caso, la historia del Guadaíra no puede escribirse únicamente como una historia de incumplimientos, aunque importantes y que llegan hasta el día de hoy. Hay logros reales, visibles y muy importantes, que han tenido como protagonista a la Plataforma Salvemos el Guadaíra. El río de hoy no es el río de finales de los ochenta. Pero tampoco es el río que aquel programa prometió recuperar. 

Un programa que se cerró administrativamente, pero no ambientalmente. 

El problema fundamental es que el Programa Coordinado de 1996 perdió su papel como instrumento integral de actuación mucho antes de que sus objetivos estuvieran alcanzados. 

La propia evolución institucional resulta significativa. En 2011, el Defensor del Pueblo Andaluz tuvo que recomendar que se volviera a convocar la Comisión de Seguimiento del Programa, después de constatar que no se reunía desde octubre de 2007. La institución consideró que la participación ciudadana debía mantenerse como un elemento esencial del programa y no ser sustituida por otros mecanismos de información. 

En 2013 la Junta defendía ante el Parlamento que el programa podía darse por concluido en lo relativo a sus actuaciones de saneamiento, argumentando que las poblaciones que vertían al cauce disponían ya de las correspondientes infraestructuras de depuración. Al mismo tiempo, señalaba que las competencias sobre el dominio público hidráulico correspondían entonces a la Administración General del Estado a través de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. 

Ahí se encuentra una de las claves de la situación actual: la recuperación del Guadaíra dejó de estar articulada alrededor de un único programa integral y pasó a depender de actuaciones dispersas de distintas administraciones y organismos, ninguno con un interés suficiente para concluir con éxito los compromisos asumidos. Tres décadas después, esa fragmentación, y la ausencia de voluntad política, siguen siendo de los grandes problemas. 

Guadaíra Blanco: algo resuelto, pero mucho por resolver. 

El saneamiento constituye probablemente el mayor éxito de estas décadas. Sin embargo, disponer de depuradoras no equivale a tener resuelto el problema de la calidad del río. 

Los episodios de contaminación continúan produciéndose. En marzo de 2025, el propio Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra denunció ante el SEPRONA la aparición de grandes cantidades de espuma en el cauce que, según la información municipal, podían proceder de vertidos de sosa cáustica. El Ayuntamiento señaló además que este tipo de episodios se repite coincidiendo con las crecidas del río y reclamó un incremento de la vigilancia. Este tipo de denuncias las ha venido planteando la Plataforma año tras año sin que por ahora haya quedado resuelto el problema de los vertidos. 

En noviembre de 2025 volvió a denunciarse otro episodio similar detectado, como casi siempre, en el entorno del Parque de Oromana, nuevamente con presencia de espuma y la presunta utilización de sosa cáustica. El propio Ayuntamiento advertía entonces de que se trataba de una práctica que se repetía durante determinados episodios de crecida. 

Estos hechos tienen una importancia que va más allá de cada vertido concreto. Demuestran que la existencia de una red de depuración moderna no elimina la necesidad de control, inspección, vigilancia y respuesta rápida ante los vertidos industriales o accidentales. 

También es necesario actualizar el diagnóstico sobre las aguas subterráneas. Durante años se ha denunciado con razón la presión contaminante sobre los acuíferos de la cuenca. De hecho, la documentación ambiental utilizada para proyectos anteriores calificaba las masas Sevilla-Carmona y Arahal-Coronil-Morón-Puebla de Cazalla como masas en riesgo de no alcanzar el buen estado químico por nitratos y otros contaminantes. 

Sin embargo, la documentación municipal más reciente, basada en el Plan Hidrológico del Guadalquivir 2022-2027, señala que la masa de agua subterránea Sevilla-Carmona presenta actualmente una evaluación de buen estado cuantitativo y químico. Esto no significa que hayan desaparecido todas las presiones ni que la vigilancia pueda relajarse; significa, sencillamente, que no resulta riguroso mantener sin actualizar diagnósticos extremos procedentes de décadas anteriores. 

La nueva planificación hidrológica, vigente para el periodo 2022-2027, proporciona además el marco actual para abordar cuestiones que antes aparecían bajo el paraguas del Programa Coordinado: estado de las masas de agua, presiones, objetivos ambientales, caudales ecológicos, sequías, inundaciones y programas de medidas. 

Por eso, el reto del Guadaíra Blanco ya no puede reducirse a construir depuradoras. Ahora debe incluir, entre otras prioridades, el mantenimiento y renovación de colectores, la prevención de alivios y vertidos, el control de las actividades industriales, la vigilancia de los tributarios, el seguimiento continuo de la calidad del agua y el cumplimiento efectivo de los objetivos ambientales de la planificación hidrológica. 

Guadaíra Verde: la asignatura que sigue abierta. 

Si en el ámbito del saneamiento se ha avanzado de forma considerable, el balance del Guadaíra Verde resulta mucho más desigual. 

Existen espacios recuperados, molinos restaurados, corredores verdes y zonas de ribera acondicionadas. El tramo urbano de Alcalá constituye hoy un espacio natural y ciudadano de enorme valor. Pero la idea original de recuperar ambiental y paisajísticamente toda la cuenca está lejos de haberse materializado. 

La propia evolución reciente del Monumento Natural demuestra que incluso las zonas más emblemáticas necesitan actuaciones constantes. En 2024 el Ayuntamiento impulsó un proyecto de reforestación integral del Pinar de Oromana, justificándolo por el deterioro provocado por el aumento de temperaturas, la ausencia de precipitaciones y episodios meteorológicos extremos. Una actuación que ya se le exigía por Alwadi-ira desde tiempo inmemorial. 

Ese mismo año, una DANA provocó daños importantes en las riberas del Guadaíra y obligó al Ayuntamiento a realizar actuaciones de conservación y protección del espacio natural. 

El cambio climático introduce así una dimensión que no estaba presente con la misma intensidad cuando se diseñó el Programa Coordinado de 1996. Hoy no basta con restaurar la ribera: hay que hacerla resiliente frente a sequías prolongadas, temperaturas extremas, lluvias torrenciales y episodios de inundación. 

La renaturalización de las riberas, la recuperación de la vegetación autóctona, la conectividad ecológica, la protección de los hábitats y la recuperación del patrimonio hidráulico deben formar parte de una estrategia común de cuenca. 

Hay también señales positivas. En diciembre de 2025 se produjo un avistamiento de nutria en el Guadaíra, interpretado por Alwadi-ira como un indicio esperanzador de recuperación de la fauna asociada al río. No constituye por sí mismo una prueba científica de recuperación integral del ecosistema, pero sí una imagen poderosa de lo que está en juego: conseguir que el Guadaíra vuelva a ser un río con vida. 

El río como espacio público: todavía quedan barreras. 

La recuperación del Guadaíra tampoco puede limitarse a la calidad del agua. Un río vivo es también un territorio accesible, conectado y disfrutado responsablemente por la ciudadanía. 

La Plataforma ha reclamado durante años la eliminación de barreras y cerramientos que dificultan recorrer determinados tramos de ribera. Por ejemplo, desde el molino de Las Aceñas al molino Hundido. Al mismo tiempo, ha defendido la recuperación de vías pecuarias, caminos y antiguos itinerarios vinculados al río. 

En este terreno también se han producido avances, pero la situación sigue siendo desigual. En diciembre de 2025 Alwadi-ira y la Plataforma volvieron a solicitar actuaciones sobre la vía pecuaria de El Zacatín, en el entorno de La Piñera, mientras que en 2026 continuaron las reivindicaciones relacionadas con la conservación y uso público de estos espacios. 

La cuestión es importante porque conecta dos objetivos que durante demasiado tiempo se han tratado por separado: la conservación de la naturaleza y el acceso responsable de la ciudadanía a ella. 

La Plataforma sigue viva. 

Si algo demuestra la historia reciente es que la Plataforma Salvemos el Guadaíra no pertenece únicamente al pasado. 

En 2023 se conmemoraron sus treinta años de actividad, recordando una trayectoria que ha combinado movilización ciudadana, denuncia ambiental, actividades educativas, rutas, reivindicaciones patrimoniales y presión ante las administraciones. 

Y su actividad no se ha detenido. En 2025 la Plataforma organizó una nueva edición de su tradicional ruta nocturna para reivindicar el conocimiento y la preservación de la ribera. En febrero de ese mismo año participó junto a Alwadi-ira en el debate sobre el Anillo Verde Metropolitano de Sevilla, planteando la necesidad de integrar Alcalá y la cuenca del Guadaíra en una estrategia territorial de conectividad ecológica y movilidad sostenible. 

En 2026, además, la Plataforma ha continuado organizando actividades de conocimiento del territorio, como la ruta al Molino Hundido celebrada en abril. 

Esta continuidad es significativa. La reivindicación ya no consiste solamente en pedir que se construyan depuradoras. Ahora abarca la biodiversidad, las vías pecuarias, los molinos, los caminos, la renaturalización de las riberas, la calidad del agua, la prevención de vertidos y la adaptación del territorio al cambio climático. 

Casi cuarenta años después, ¿qué queda por hacer? 

La pregunta ya no es si el Guadaíra ha mejorado. La respuesta es inequívocamente sí. La pregunta verdaderamente importante es si ha alcanzado el estado ecológico, ambiental, paisajístico y patrimonial que la sociedad reclamó cuando comenzó aquella movilización. La respuesta, a nuestro juicio, sigue siendo no.

La necesidad de un nuevo Programa Coordinado para el siglo XXI. 

El diagnóstico realizado a lo largo de estas páginas apunta a una conclusión ineludible: los avances han sido muy significativos, pero se han logrado de forma desordenada y sin una hoja de ruta única que integre todos los objetivos. La fragmentación institucional, el cambio climático y la aparición de nuevos contaminantes exigen un instrumento de planificación renovado y ambicioso. 

Por ello, desde la Plataforma Salvemos el Guadaíra se defiende la necesidad de impulsar un nuevo Programa Coordinado de Recuperación Integral de la Cuenca del Guadaíra, actualizado a los retos del siglo XXI. Este nuevo plan debería superar el esquema clásico de "Blanco" y "Verde" para abordar de manera holística la calidad ecológica de las aguas, la renaturalización de todo el cauce y sus riberas, la adaptación al cambio climático, la movilidad sostenible, la puesta en valor del patrimonio histórico y la participación ciudadana efectiva. 

Un plan de estas características exige objetivos cuantificables y fechas claras, financiación suficiente y, sobre todo, la implicación coordinada de todas las administraciones con competencias en la cuenca: Junta de Andalucía, Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y los ayuntamientos ribereños. 

Quedan pendientes, por tanto, una estrategia integral para toda la cuenca, una coordinación efectiva entre administraciones, un sistema transparente y permanente de seguimiento de la calidad del agua, la prevención y persecución de los vertidos, la recuperación de las riberas y de la conectividad ecológica, la protección del patrimonio hidráulico, la mejora de los caminos y vías pecuarias y una adaptación decidida del río a los efectos del cambio climático. 

Y hay una cuestión transversal que resulta especialmente importante: la participación ciudadana. Ya en 2011 el Defensor del Pueblo Andaluz consideró que la participación pública en la gestión ambiental no debía entenderse como algo accesorio, sino como un elemento que debía incorporarse de forma efectiva a la gestión del río. 

Esa reflexión mantiene toda su vigencia. Porque el Guadaíra no es únicamente un cauce. Es paisaje, patrimonio, biodiversidad, memoria, cultura y espacio público. Es el elemento que vertebra buena parte del territorio de Los Alcores y de la Campiña sevillana. Y su recuperación no puede depender exclusivamente de actuaciones administrativas aisladas: necesita una visión de cuenca, objetivos verificables, financiación estable y una ciudadanía que pueda participar, vigilar y exigir resultados. 

Un futuro que exige volver a mirar al río. 

Hace casi cuarenta años se comenzó a reclamar que el Guadaíra dejara de ser un río maltratado. Aquella lucha consiguió cambiar la percepción social del problema y obligó a las administraciones a actuar. Las depuradoras, los colectores, los espacios protegidos, los corredores verdes y la recuperación de numerosos espacios de ribera son parte de ese legado. Pero precisamente porque se ha avanzado, ya no basta con conformarse con lo conseguido. 

El desafío de las próximas décadas es pasar de la recuperación parcial a la gestión integral de la cuenca; de las actuaciones puntuales a una política continuada; de la reacción ante los vertidos a su prevención; de la simple jardinería de las riberas a su verdadera renaturalización; y de considerar el río como un problema ambiental a reconocerlo como una infraestructura natural esencial para el territorio. 

La Plataforma Salvemos el Guadaíra sigue siendo necesaria por esa razón. No para negar los avances, sino para recordar que una recuperación integral no puede darse por terminada mientras existan problemas pendientes y mientras las generaciones futuras no puedan disfrutar de un río limpio, vivo, conectado y accesible. 

El Guadaíra ha demostrado que puede recuperarse. La tarea ahora es conseguir que esa recuperación sea duradera, integral y para toda la cuenca. 

Y, casi cuarenta años después de aquellas primeras movilizaciones, la mejor manera de honrar a quienes mantuvieron viva esta reivindicación es no darla por concluida antes de tiempo. Es el momento de exigir un nuevo pacto por el Guadaíra, un compromiso renovado que mire al futuro con la misma determinación con la que, en los años noventa, se miró al río y se dijo: "basta". 

Francisco José Gavira Albarrán

miércoles, 29 de julio de 2026

Meloncillos, incendios y ecologistas: desmontando falsedades con evidencia científica.

Escuchar a quienes han dedicado toda una vida al campo es una forma de aprender y de mostrar respeto. Las personas mayores del mundo rural guardan una experiencia y unos conocimientos que no aparecen en los libros. Sin embargo, esa valiosa experiencia se está viendo influida por falsedades que niegan lo que la ciencia ha demostrado y ofrecen explicaciones muy simples para problemas que, en realidad, son complejos.

Hace unos días, el propietario de una pequeña finca, sin conocer cuál era mi postura al respecto, me aseguró que los ecologistas habían introducido el meloncillo; que, como consecuencia, la escasez de conejos había reducido la actividad cinegética, menos cazadores en el monte, dejándolo sin vigilancia; y que, además, esos mismos ecologistas se oponían a la limpieza del monte, favoreciendo así la propagación de los grandes incendios forestales. Sin embargo, ninguna de estas afirmaciones está respaldada por la evidencia científica.

La idea de que el meloncillo (Herpestes ichneumon) fue introducido recientemente en Andalucía carece de fundamento. Los estudios genéticos muestran que las poblaciones ibéricas presentan diferenciación respecto a las africanas, indicando una colonización natural durante el Pleistoceno, donde el Estrecho de Gibraltar fue un posible punto de paso y un escenario clave para el intercambio de fauna. El meloncillo lleva miles de años en la península; es autóctono[1].

Tampoco puede atribuirse al meloncillo la responsabilidad exclusiva del descenso de las poblaciones de conejo. Se trata de un depredador oportunista, cuya dieta es muy variada e incluye reptiles, roedores, insectos, frutos y, solo de forma parcial, conejos. El declive de esta especie obedece principalmente a factores mucho más determinantes, como la mixomatosis, la enfermedad hemorrágica vírica y la transformación de su hábitat derivada de los cambios en los usos agrícolas. Así lo respaldan los estudios científicos disponibles y lo confirma el catedrático de Zoología P. Prenda, consultado expresamente sobre esta cuestión[2].

La segunda falsedad sostiene que los ecologistas impiden limpiar montes y eso explica la gravedad de los incendios. Esta interpretación de mi interlocutor simplifica un fenómeno complejo como hemos apuntado.

El mayor cambio en los paisajes mediterráneos no ha sido la proliferación de nuevos arbustos y pastizales, sino el vacío dejado por el abandono rural. Miles de agricultores y ganaderos han desaparecido, arrastrados por un modelo agrario que privilegia las grandes explotaciones y somete al pequeño productor a precios insuficientes para mantener a su familia. No cabe olvidar que operamos dentro de una lógica económica capitalista, cuya dinámica tiende, de forma inexorable, a la concentración de la riqueza. Cada vez se ven más macro-granjas y explotaciones agrícolas en intensivo. Quienes se fueron del campo recorrían caminos, desbrozaban lindes, mantenían cortafuegos a través del pastoreo y ejercían una vigilancia activa del territorio. Con su ausencia, no solo se ha perdido un modo de vida, sino también una capacidad esencial de prevención que nuestros campos y montes difícilmente recuperarán[3]. Cuando le comentaba lo anterior estuvimos completamente de acuerdo.

El desbroce generalizado no es la solución definitiva. El matorral protege el suelo frente a la erosión, favorece la infiltración del agua, alberga biodiversidad y participa en la regeneración del bosque. El objetivo es gestionar el paisaje creando mosaicos que dificulten la propagación de incendios. Aconsejo leer la posición de Ecologistas en Acción al respecto[4].

Los incendios extremos responden a un contexto climático distinto, marcado por olas de calor más intensas, sequías prolongadas y condiciones atmosféricas cada vez más adversas, entre otros factores. Sin embargo, seguimos sin contar con una estrategia plenamente adaptada a esta nueva realidad. Aunque Andalucía dispone de profesionales altamente cualificados, persisten carencias en medios materiales y en recursos destinados a la prevención durante todo el año. Esta exige una planificación territorial adecuada, una gestión forestal adaptativa, una presencia humana constante en el territorio y una inversión sostenida en vigilancia e infraestructuras preventivas.

A ello se suma, no lo olvidemos, que la mayoría de los incendios tiene origen humano, ya sea por negligencias o por acciones intencionadas. Reducir su incidencia requiere, también, reforzar la vigilancia, mejorar la investigación de las causas y promover campañas de sensibilización y educación ciudadana. En definitiva, prevenir los grandes incendios forestales exige un cambio profundo en el modelo de desarrollo, capaz de recuperar una gestión activa del territorio y fortalecer la capacidad de los ecosistemas y del medio rural para afrontar el cambio climático[5].

Los ecologistas defienden un territorio habitado, gestionado y ecológicamente funcional. Eso implica proteger al pequeño y mediano agricultor, crear empleo ligado a gestión forestal, reforzar la guardería rural y basar las decisiones en la evidencia científica, y no en los relatores de noticias falsas.

Buscar culpables sencillos es tentador. Es más fácil responsabilizar al meloncillo, al matorral o a los ecologistas que afrontar problemas estructurales como la despoblación rural, el abandono del territorio por las administraciones públicas o el cambio climático. Necesitamos menos chivos expiatorios y más conocimiento, ciencia, inversión y personas que cuiden el territorio cada día.



[1]  José Prenda, Catedrático de Zoología de la Universidad de Huelva me decía: “Este es un asunto muy manoseado y manipulado por el sector cinegético. A día de hoy, que yo sepa, no hay ninguna evidencia concluyente que vincule a ambas especies en una relación determinante. No se puede decir que el melón sea responsable del declive del conejo. Ni siquiera localmente. En mi percepción subjetiva (no he mirado los números) la presencia del melón en nuestra área ha caído sensiblemente. Me da la impresión que hay menos evidencias, tanto de observación directa, como de rastros y cacas. De lo que estoy bastante seguro es que el descaste infligido (ilegalmente) por los que responsabilizan a este carnívoro de "acabar" con la fauna cinegética, debe ser mucho mayor que el que esta especie realmente causa sobre perdices y conejos.”  Por otra parte, son importantes los estudios del proyecto MELOCAM (IREC-CSIC, IESA-CSIC, Universidad de Extremadura). 

Meloncillo

[2] Investigaciones del proyecto MELOCAM publicadas en Journal of Zoology y Mammalian Biology (Descalzo et al., 2023, 2024).

[3] Investigaciones del CSIC sobre abandono rural y pastos-cortafuegos (proyectos en Sierra Nevada, Los Alcornocales, Sierra de las Nieves; estudios de Anadón y Sala en PNAS; trabajos de Jabier Ruiz Mirazo. https://www.onac.gob.es/novedades/publicaciones/Documents/Propuestas%20Ciencia%20Emergencia%20Clim%C3%A1tica_iteraci%C3%B3n%202_DEF.pdf

[4] Ecologistas en Acción, Solidaridad, rigor y ciencia ante el drama de los incendios.

[5] Datos del MITECO y Plataforma Ecologista Madrileña: el 95% de incendios en España tiene origen humano, más de la mitad intencionados.

 

miércoles, 24 de junio de 2026

El Molino de las Aceñas de Alcalá de Guadaíra

 


1. Introducción y Contexto Histórico

El Molino de la Aceña, situado en la ribera del río Guadaíra, es un testimonio vivo de la profunda relación Alcalá con la molinería y la panadería, Alcalá de los Panaderos.[1]

Los orígenes de la molinería en la zona se remontan, al menos, al periodo musulmán cuando Alcalá adquirió un gran desarrollo estratégico y económico. Fue la cultura árabe la que consolidó la infraestructura hidráulica que caracteriza el paisaje local.[2] En este contexto, los molinos harineros de la ribera se convirtieron en el motor de una floreciente industria que abastecía a toda la zona, sentando las bases de la prosperidad económica de la villa. 

2. Orígenes y Primeras Referencias Documentales

El origen del Molino de la Aceña es posiblemente islámico, aunque los investigadores señalan que los elementos que se conservan en la actualidad probablemente no son anteriores a los siglos XIV o XV.[3] Esta circunstancia se debe a las sucesivas transformaciones que ha sufrido el edificio a lo largo de los siglos y a la constante acción erosiva del río sobre sus cimientos.

La primera noticia documental sobre el molino se remonta a los repartimientos realizados por Alfonso X el Sabio en 1253, pocos años después de la conquista cristiana de la villa en 1247 por Fernando III.[4] En estos documentos, el molino es mencionado con el nombre que recibía en época musulmana: Reha Luet. Esta denominación es una castellanización del término árabe Reha al-Wadi, que significa "Molino del Río".[5] Esta referencia es fundamental para confirmar la existencia de un molino en este emplazamiento durante la Edad Media, operativo ya antes de la conquista cristiana.

Posteriormente, el molino pasó a formar parte del patrimonio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, institución que mantuvo su propiedad durante largos períodos.[6] Esta vinculación monástica explica la denominación alternativa con la que fue conocido en siglos posteriores: Molino de la Cartuja, nombre que perduró en la memoria histórica de la localidad y que aparece reflejado en fuentes documentales y gráficas del siglo XIX.[7] 

3. Evolución histórica de la propiedad

La historia jurídica del Molino de las Aceñas puede reconstruirse parcialmente a través de la documentación medieval y moderna conservada. Tras la conquista castellana de Alcalá de Guadaíra por Fernando III en 1247, Alfonso X procedió al reparto de propiedades entre nobles y colaboradores de la Corona. Diversos estudios identifican el molino denominado entonces Reha Luet como una de las posesiones entregadas a Garci Martínez, personaje vinculado a la casa real castellana.

Posteriormente, el inmueble pasó a formar parte del patrimonio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, circunstancia que explicaría la consolidación de la denominación «Molino de la Cartuja», todavía vigente en la documentación gráfica del siglo XIX.[8]

La desamortización de los bienes eclesiásticos durante el siglo XIX supuso previsiblemente la pérdida de la propiedad cartujana, aunque la reconstrucción completa de los titulares posteriores requiere una investigación específica en protocolos notariales y registros de la propiedad.

Actualmente el inmueble forma parte del patrimonio histórico protegido de Alcalá de Guadaíra y se encuentra integrado en los programas municipales de conservación y difusión del patrimonio cultural de la ribera del Guadaíra. 

4. Denominación: Aceña vs. Rueda Vertical

El nombre del molino, "La Aceña", ha generado cierta confusión histórica entre los investigadores. Tradicionalmente, el término "aceña" se asocia a un tipo específico de molino hidráulico que utiliza una rueda vertical para aprovechar la fuerza del agua. Ejemplos de este tipo pueden observarse en otras localidades, como en el Guadalquivir a su paso por Córdoba.[9] También se utiliza históricamente para designar a los molinos harineros de agua que se construyen directamente sobre el propio cauce del río.

Sin embargo, la documentación medieval revela que, en la zona del Guadaíra, la palabra "aceña" se utilizaba de forma genérica para referirse a cualquier molino harinero, con independencia de su mecanismo interno.[10] Por lo tanto, aunque se le denomine Molino de la Aceña, no se tiene constancia de que este ingenio funcionara nunca con una rueda de tipo vertical, sino con el sistema de rodezno (rueda horizontal) característico de los molinos de río de la zona andaluza.[11] 

5. Arquitectura y Funcionamiento

El molino se encuentra en la margen derecha del río Guadaíra y se organiza en torno a dos elementos principales:[12]

5.1. Torre defensiva

Su característica más visible es una gran torre de planta cuadrada con azotea y almenado. Esta torre no solo albergaba parte de la maquinaria, sino que cumplía una función defensiva, protegiendo la infraestructura en un entorno estratégico y vulnerable.[13] Su interior alberga una cúpula semiesférica que descansa sobre un cuerpo octogonal, un ejemplo notable de la arquitectura militar y civil de época bajomedieval.[14]

5.2. Naves de trabajo

Adosadas a la torre y en el sentido de la corriente, se sitúan dos naves rectangulares donde se realizaba la molienda propiamente dicha. Estas naves están cubiertas con bóvedas de cañón, solución constructiva habitual en los molinos hidráulicos andaluces.[15]

5.3. Funcionamiento hidráulico

En cuanto a su funcionamiento, el Molino de la Aceña es un molino de rodezno. El agua del río era represada mediante un azud (pequeña presa) y conducida a través de canales subterráneos hacia los "cubos". En el interior de estos cubos se situaban los rodeznos, unas ruedas hidráulicas horizontales que, al girar por la fuerza del agua, movían las piedras de moler que trituraban el grano.[16] Este sistema, de origen romano y perfeccionado durante la época andalusí, resultaba especialmente adecuado para los ríos de caudal variable como el Guadaíra.[17] 

6. El Molino de la Cartuja en la documentación gráfica del siglo XIX

Entre las fuentes históricas más relevantes para el conocimiento del Molino de las Aceñas destaca la litografía titulada Interior de un molino árabe llamado de la Cartuja en Alcalá de Guadaira, realizada a partir de un dibujo de Jenaro Pérez Villaamil y estampada por Doroteo Bachiller dentro de las publicaciones promovidas por el Liceo Artístico y Literario durante el segundo tercio del siglo XIX.[18]

La obra posee un extraordinario valor documental porque constituye una de las representaciones más antiguas conocidas del interior de un molino de la ribera del Guadaíra. En ella aparecen reflejados diversos elementos vinculados a la actividad molinera: los grandes arcos de ladrillo que sostienen las cámaras hidráulicas, las piedras de molienda, los sacos de cereal, útiles agrícolas y la presencia de operarios desarrollando tareas cotidianas. Aunque la composición responde a los criterios estéticos del Romanticismo, su nivel de detalle permite considerarla una fuente de primer orden para el estudio de la arquitectura industrial alcalareña.

Especial importancia reviste el propio título de la estampa. La denominación «Molino de la Cartuja» constituye una prueba de que durante el siglo XIX seguía plenamente vigente la memoria de la vinculación del edificio con la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Este dato adquiere gran relevancia para la reconstrucción de la historia de la propiedad del inmueble, pues corrobora otras referencias documentales que asocian el molino con el patrimonio cartujano.[19]

Asimismo, la caracterización del edificio como «molino árabe» refleja la visión historicista propia de los viajeros y artistas románticos, que identificaban el paisaje molinero del Guadaíra con el legado andalusí. Aunque los restos arquitectónicos conservados corresponden principalmente a reformas de época bajomedieval, la documentación derivada de los repartimientos posteriores a la conquista castellana confirma la existencia de un molino en este emplazamiento desde época islámica.

La litografía de Villaamil y Bachiller constituye, por tanto, una fuente histórica excepcional que aporta información sobre la arquitectura, el funcionamiento y la percepción cultural del molino durante el siglo XIX, además de proporcionar una valiosa evidencia de la persistencia de la denominación tradicional de «Molino de la Cartuja».[20] 

7. El Molino en el Contexto de la Ribera del Guadaíra

El Molino de la Aceña es solo uno de los numerosos molinos que jalonaban el curso del río Guadaíra. Junto a los de San Juan, Benarosa o el Algarrobo, formaba parte de un paisaje industrial medieval de gran importancia estratégica y económica.[21] La tradición molinera, que se mantuvo activa hasta mediados del siglo XX, convirtió a Alcalá en un centro de producción harinera de primer orden, abasteciendo a la vecina ciudad de Sevilla y a otras poblaciones de la comarca.[22]

La concentración de molinos en este tramo del río no fue casual. El Guadaíra, con su caudal permanente y su pendiente adecuada, ofrecía las condiciones idóneas para el aprovechamiento hidráulico. Cada molino ocupaba un lugar estratégico en la ribera, aprovechando al máximo la fuerza del agua mediante complejos sistemas de canales, azudes y cubos.[23] La importancia de este conjunto es tal que el entorno de las Riberas del Guadaíra ha sido declarado Monumento Natural, reconociendo así su valor paisajístico, ecológico e histórico.[24] 

7. Estado de Conservación y Actualidad

El Molino de la Aceña ha sido objeto de importantes esfuerzos de conservación y restauración en las últimas décadas. Fue restaurado en el año 2011 y se encuentra en un buen estado de conservación, habiéndose consolidado sus estructuras y recuperado elementos arquitectónicos singulares.[25] Actualmente, se puede visitar (previa solicitud y autorización) y forma parte de las rutas turísticas y culturales de la ciudad, siendo uno de los molinos más antiguos y mejor conservados de toda la comarca.[26]

8. Conclusión

El Molino de las Aceñas de Alcalá de Guadaíra es un monumento histórico de primer orden que trasciende su valor arquitectónico. Es un símbolo de la identidad de la ciudad, representando siglos de tradición industrial, innovación tecnológica y vida en torno al río. Su historia, que se pierde en la época musulmana y se documenta en los repartimientos del siglo XIII, su vinculación posterior a Garci Martínez y a la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla —circunstancia corroborada por la propia documentación gráfica del siglo XIX, donde el edificio aparece identificado expresamente como Molino de la Cartuja— permiten reconstruir una parte significativa de su trayectoria histórica.[27]

La litografía de Villaamil y Bachiller, realizada en el contexto del Romanticismo decimonónico, no solo ofrece un valioso testimonio visual del interior del molino, sino que también confirma la pervivencia de su denominación tradicional y la percepción de su origen andalusí.[28] Esta fuente gráfica, junto con los documentos medievales y las evidencias arqueológicas, conforma un corpus documental que enriquece nuestra comprensión del edificio y de su papel en la historia de Alcalá de Guadaíra.[29]

Su conservación y puesta en valor aseguran que este legado perdure para las generaciones futuras, manteniendo viva la memoria de la Alcalá de los Panaderos y de su estrecha relación con el río que dio vida a sus molinos.[30]

Nota: Queda pendiente la recuperación de la ribera hasta el entorno del Molino Hundido, el Molino de Cajul y la Quinta de Regla. Asimismo, resulta necesario abordar un estudio integral de toda la zona, dada su relevancia histórica, patrimonial y arqueológica.



Francisco José Gavira Albarrán

[1] La tradición panadera de Alcalá de Guadaíra se remonta a la Edad Media y está documentada en numerosas fuentes históricas locales.

[2] Sobre el desarrollo hidráulico andalusí en el valle del Guadaíra, vid. la bibliografía especializada en molinos hidráulicos de al-Ándalus.

[3] Esta datación se apoya en las evidencias arqueológicas y en los estudios de arquitectura hidráulica medieval.

[4] Archivo Histórico Nacional, Sección de Ordenes Militares, repartimientos de Alfonso X, 1253.

[5] La denominación «Reha Luet» remite al árabe raā al-wādī («molino del río»), lo que confirma su origen andalusí.

[6] La Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla fue una de las instituciones religiosas más importantes de la ciudad y poseyó numerosos bienes en Alcalá de Guadaíra. 

[7] El molino aparece identificado como «Molino de la Cartuja» en la litografía de Bachiller y Villaamil (siglo XIX) y en otras fuentes documentales.

[8] Bachiller, D. y Villaamil, J. P., Interior de un molino árabe llamado de la Cartuja en Alcalá de Guadaira. Biblioteca de Andalucía.

[9] Los molinos de rueda vertical, conocidos como aceñas en sentido estricto, eran frecuentes en el Guadalquivir a su paso por Córdoba. 

[11] El rodezno es un sistema de aprovechamiento hidráulico de origen romano, perfeccionado durante la época andalusí.

[12] Las descripciones arquitectónicas se basan en las intervenciones arqueológicas realizadas en el molino.

[13] La torre defensiva responde a la necesidad de proteger la infraestructura en un entorno estratégico y fronterizo durante la Edad Media.

[14] La cúpula semiesférica sobre trompas octogonales es característica de la arquitectura militar andalusí y bajomedieval.

[15] Las bóvedas de cañón son una solución constructiva habitual en los molinos hidráulicos andaluces.

[16] El sistema de cubos y rodeznos está documentado en los tratados de ingeniería hidráulica medieval.

[17] El Guadaíra, por su caudal y pendiente, ofrecía condiciones óptimas para la instalación de molinos de rodezno.

[18] Bachiller, Doroteo (lit.) y Villaamil, Jenaro Pérez (dib.), Interior de un molino árabe llamado de la Cartuja en Alcalá de Guadaira, litografía, Liceo Artístico y Literario, ca. 1839-1850. Biblioteca de Andalucía, signatura GRA-ANT-171.

[19] Biblioteca de Andalucía, Registro BVA20060011174. La propia inscripción de la estampa identifica el inmueble como «Molino de la Cartuja».

[20] Biblioteca de Andalucía, signatura GRA-ANT-171.

[21] Los molinos del Guadaíra formaban un paisaje industrial único en la península.

[22] Alcalá de Guadaíra fue conocida como Alcalá de los Panaderos por su producción de pan y harinera.

[23] Cada molino contaba con su propio sistema de canales, azudes y cubos para aprovechar la fuerza del agua.

[24] Decreto 382/2011, de 30 de diciembre, por el que se declaran monumentos naturales de Andalucía las Riberas del Guadaíra.

[25] Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra, Plan de Restauración de los Molinos de la Ribera, 2011.

[26] El Molino de la Aceña es uno de los mejor conservados de la comarca.

[27] La vinculación con Garci Martínez y la Cartuja está documentada en los archivos históricos y en la iconografía del siglo XIX.

[28] La litografía de Villaamil y Bachiller confirma el nombre de «Molino de la Cartuja» y su percepción como construcción de origen árabe.

[29] Los documentos medievales y la litografía constituyen un corpus documental fundamental para el estudio del molino.

[30] La conservación del molino asegura la pervivencia de la memoria histórica de Alcalá de Guadaíra.