Entre los muchos testimonios gráficos que ayudan a reconstruir la historia de Alcalá de Guadaíra, las postales de principios del siglo XX ocupan un lugar especialmente valioso. No solo difundían la imagen del municipio fuera de sus fronteras, sino que también captaban escenas del paisaje y de la vida cotidiana.
Una de estas piezas muestra el
“Pinar de Alcalá de Guadaíra”, dentro de la serie titulada Paisajes
andaluces. En el pie de la imagen puede leerse claramente la indicación
editorial: “COLECCIÓN A BLANCO Y NEGRO – NÚM. 2”. Por sus características
tipográficas y técnicas, la imagen puede situarse aproximadamente entre finales
del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, en torno a 1900.
La escena representa el Pinar de
Oromana, uno de los parajes más emblemáticos del entorno de Alcalá. En primer
plano se elevan varios pinos, cuyos troncos verticales organizan la
composición. El terreno aparece rocoso y con charcos de agua retenida entre las
piedras, probablemente de unas recientes lluvias. A un lado del camino avanza
una mujer campesina acompañada de un burro, una imagen sencilla que refleja la
vida rural del entorno alcalareño en aquella época.
El paisaje reproduce una obra del
pintor sevillano Manuel García y Rodríguez (1863-1925), uno de los grandes
paisajistas andaluces del cambio de siglo. Formado en la Escuela de Bellas
Artes de Sevilla, García y Rodríguez obtuvo reconocimiento en varias Exposiciones
Nacionales de Bellas Artes y destacó por sus escenas de campo y de ribera,
caracterizadas por una cuidada atención a la luz y al ambiente natural.
El artista formó parte del grupo
de pintores que frecuentaron el entorno del Guadaíra para pintar al aire libre,
lo que con el tiempo se conocería como la Escuela de Alcalá de Guadaíra.
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el paisaje
alcalareño —con sus pinares, molinos, barrancos y orillas del río— se convirtió
en un auténtico taller natural para numerosos artistas.
Pero esta postal contiene además
un detalle especialmente humano: una dedicatoria manuscrita a lápiz fechada el
11 de marzo de 1905. Bajo el texto aparece la firma Mario Gorostay (parece),
probablemente la persona que envió o dedicó la postal.
El verso dice:
Por la senda olvidada del
mundo
sigue firme y tranquilo… (la
última palabra se distingue)
Que es virtud un tesoro
profundo,
Que quien anda por ella,
disfruta.
Esta pequeña postal de 1905, que
contiene una cuarteta moral de autoría probablemente improvisada por el
remitente, se ha convertido hoy en un valioso documento de la memoria local de
Alcalá. En ella convergen tres dimensiones de la historia: el paisaje natural
del emblemático Pinar de Oromana, la mirada artística de los pintores que lo
inmortalizaron y la voz cotidiana de quienes lo recorrían hace más de cien
años. Así, una simple imagen dedicada nos recuerda que, más de un siglo
después, aquellos caminos y rincones ya inspiraban tanto a artistas como a
paseantes, consolidándose como un símbolo eterno de la identidad alcalareña.






