jueves, 30 de diciembre de 2021

Ruta: Matallana, El cortijo de La Viuda, el cordel de Mairena, el arroyo de Guadairilla, el Cordel de Gallegos, la hacienda de La Palma, el cortijo de La Armada, Guadalperal, un yacimiento arqueológico y los proyectos fotovoltaicos que afectarán a la zona.

Fecha y hora: domingo, 16 de enero 2022, a las 9:00h.

Salimos: en coche particulares desde la portada de la feria. Importante optimizar asientos disponibles, por tema de aparcamientos.

Distancia: 11 km (circular).

Dificultad: Baja-Media.

Calificación: Extraordinaria.

Arroyo de Guadairilla en la intercepción con la vía pecuaria cordel de Mairena.

La ruta de hoy tiene unos 11 kilómetros y la podemos realizar en cuatro horas contando con las paradas. Desde Alcalá de Guadaíra tomaremos la carretera A-360, dirección Morón de la Frontera. A unos 7 km la cruza el cordel de Mairena, punto donde estacionaremos el coche. El objetivo es conocer la campiña de Alcalá de Guadaíra su patrimonio histórico y natural amenazado.

Aparcaremos a la izquierda de la carretera, donde estuvo el rancho de Don Paulino, del que aún dan testimonio dos palmeras datileras que perdieron la vida devoradas por el picuro rojo y un pozo abrevadero. A la derecha, distante unos doscientos metros, divisaremos las ruinas del cortijo de La Viuda o del Árbol

Cortijo de La Viuda o rancho del Árbol

La distancia desde la carretera al arroyo de Guadairilla es de un kilómetro. Este tramo de la ruta discurre por la vía pecuaria cordel de Mairena.

Estos caminos solitarios a veces constituyen refugios para la diversidad de la naturaleza. Aquí hemos podido constatar la presencia de majuelos, zarzas, olivillas, palmas, alguna chumbera deteriorada por la cochinilla y un número importante de herbáceas, entre todas ellas hoy destacamos el hinojo, utilizado en el aliño de las aceitunas.

Espino majuelo y palmas en el cordel de Mairena.

La ruta continúa de frente, por la vía pecuaria. Pronto llegamos a un padrón formado por el arbusto espinoso llamado conocido como espino negro, que hace de barrera infranqueable de las tierras que pertenecen al cortijo de Rosalejos, luego a una desvencijada verja. A partir de aquí la impenetrable vegetación nos obliga a desplazarnos unos metros hasta conectar con el cordel de Gallegos. En este último tramo aún podemos ver algunas encinas dispersas. 

Padrón en las proximidades del cortijo de Rosalejos.
Último tramo del cordel de Mairena. Al fondo, el cordel de Gallegos

Nosotros continuaremos por el cordel de Gallegos otros setecientos metros, hasta llegar a la hacienda de La Palma.

En las inmediaciones de la hacienda podemos constatar la abundancia de material cerámico de diversa técnica, época y funcionalidad.

Hacienda de La Palma.

Continuaremos por el cordel de Gallegos hasta el cortijo de La Armada. Desde este punto, continuaremos hasta el arroyo de Guadairilla por el camino de La Bomba. Tomaremos el arroyo por el margen derecho en el sentido de la corriente. En el primer tramo abundan los eucaliptos, luego, podemos comprobar la presencia de olmos, tarajes, espinos, etc. Pararemos unos instantes en los restos de un yacimiento arqueológico descubierto recientemente. En esta zona abundan y las cardenchas, que fueron utilizada en la antigüedad para escardar la lana, entre otras muchas utilidades, mostrándonos unos encuadres únicos y muy desconocidos para el paseante de Alcalá de Guadaíra, por lo apartado de estas hazas.  

Estructura compuesta de sillares junto al arroyo de Guadairilla.

Sillares

Panorámica del arroyo, donde predominan las cardenchas.

Panorámica del arroyo, con cañizos en primer plano.

La vegetación continúa prosperando en el arroyo mostrándonos una imponente acacia, merecedor de su inclusión en el catálogo de árboles singulares. 

Fresno en el Guadairilla

Mapa de la ruta.



Francisco José Gavira Albarrán





sábado, 25 de diciembre de 2021

Arroyo del Juncoso. Bandoleros y lobos en el alto Guadaíra.

Flamencos.

La primera visita al arroyo del Juncoso la realizamos la tarde del 29 de abril, tarde nublada que amenazaba lluvia. Recorrimos los dos kilómetros que separaban el cortijo de La Victoria del inicio de la zona de estudio prevista, por la vereda de Morón a Olvera, sorteando con cuidado el obstáculo que supuso la barranca del arroyo de Los Frailes hasta descender al arroyo de Talavera y cruzarlo. Mientras paseábamos por una agradable pradera ubicada entre la unión del Juncoso con el Talavera, nos llegó a lo lejos un sonido que se fue haciendo más fuerte y cercano. Elevamos la vista al cubierto cielo y vimos, primero muy pequeña y poco a poco en toda su amplitud, una enorme bandada de flamencos compuesta por más de trescientas aves, que tal como vinieron siguieron su camino, al igual que hicimos nosotros, pensado en el inesperado regalo con el que la tarde nos obsequiaba.

Bandada de flamencos.

Llegados al arroyo del Juncoso, a la altura de la antigua casa de la huerta del Risquillo, de la que nada era visible salvo un pequeño amontonamiento de piedras bajo unos eucaliptos, iniciamos el recorrido acompañando al arroyo por ese viario ancestral e invisible, que en estos lugares parece olvidado. Caminábamos entre pequeñas praderas y sembrados de cereal, en dirección Sureste acompañando al arroyo que, desde su cabecera, allá por el cerro del Juncoso, viene abriéndose paso, encajado entre los montes y dehesas de la sierra de la Sanguijuela, hasta tributar sus escasas aguas a su hermano mayor, el arroyo Talavera.

Pradera.

La tarde, aún más plomiza, comenzó a dejar caer, por momentos, una suave llovizna, como una primera advertencia de que nuestra presencia no era muy del agrado de estas tierras, sutil sugerencia para que desistiésemos en nuestro propósito. Aún así, continuamos avanzando y disfrutando de la naturaleza que nos rodeaba, arroyo, praderas y cerros, aún más agrestes a medida que la tarde avanzaba. 

Entre el dosel vegetal de adelfas, rosales, lentiscos, aladiernos, fresnos y sauces, manto protector que cubría las cantarinas aguas del Juncoso, buscábamos el verde joven de las hojas de los parrones, buena trepadora que, gracias a sus zarcillos, alcanza los pisos más altos de la vegetación de ribera delatando su presencia. 

Teníamos constancia de la existencia en estas tierras de estas vides silvestres, que, durante cientos de años, quizás miles, han medrado en algunos arroyos y ríos gracias a la presencia de las aguas. Éstas les permitieron superar el gran problema que la filoxera supuso para todas las viñas de la península Ibérica. Pronto, las vides silvestres comenzaron a verse trepando entre la vegetación del arroyo, dejando ver sus frescas hojas coronado el más alto matorral. 

Vides silvestres.

Pasamos a la margen izquierda del Juncoso, para acercarnos a un blanco abrevadero cuyos tres pilones recibían el exiguo caudal de un pequeño manantial que, agazapado en el matorral de la breñosa ladera, parecía querer pasar desapercibido. 

Marchábamos, paso a paso, localizando nuevos parrones, dejando constancia de su presencia, anotando en nuestro cuaderno de campo su ubicación y capturando los ejemplares en nuestras cámaras fotográficas. 

Así alcanzamos la pasada de la Concha cercana a la cual, nos contó Pablo que, en otros tiempos, que ahora parecen de leyenda, se había erigido una posada, signo inequívoco del trasiego que esta vía pecuaria, hoyada por nuestros pies esta tarde, había tenido. 

En este recóndito lugar al que la tarde nos había llevado, recordé haber leído en la prensa decimonónica algunas noticias inquietantes de estas tierras: “15 de marzo de 1842. Bandoleros en la Peñagua Alta”; 29 de noviembre de 1847. “Batidas de lobos en la serranía de morón”; 6 de enero de 1848. “Una horrorosa inundación de lobos tiene atemorizado a los habitantes de los pueblos de la provincia de Sevilla”. 

Con estos pensamientos iniciamos un largo y rápido regreso. Poco a poco, fuimos dejando atrás el arroyo y pronto volvimos a pisar la pradera en la que nos había sorprendido la gran bandada de flamencos. Cruzamos el Talavera e iniciamos una laboriosa subida que nos llevaría hasta un portillo flanqueado por unas enormes vacas retintas que parecían mirarnos amenazadoramente. Cruzamos nuevamente el arroyo de Los Frailes con precaución, pues la llovizna y la escasa luz amenazaban con un traspiés. 

En esos últimos metros que nos separaban de la hacienda de La Victoria, vimos sorprendidos, que el suelo se cubría por momentos de enormes cabrillas que, como por ensalmo, aparecían de debajo de los innumerables cardos que bordeaban el camino. Presagio de una noche lluviosa, vaticinó un compañero. Y no se hicieron esperar ni la lluvia ni la noche. Algunos con el paraguas abierto y otros recibiendo en el rostro la lluvia vespertina, que poco a poco se convertiría en aguacero, llegamos al coche, medio de transporte y refugio, dando por terminada la jornada. 

Así, en la seguridad de un coche, en esos instantes de la tarde que preceden a una prematura y lluviosa noche, alcanzamos la carretera. En el lapso de tiempo que duró la rápida incorporación a la carretera de Coripe, volviendo la mirada a las amenazantes sombras, parece posible ver en los valles más profundos de la serranía, allí donde se encuentra la pasada de la Concha, junto a los parrones, bandoleros y lobos en la serranía del Alto Guadaíra. 

Antonio Gavira Albarrán. 


lunes, 13 de diciembre de 2021

CUATRO VÍAS PECUARIAS Y SORBITOS.

 

Arroyo de Guadairilla.

La ruta tiene 9 kilómetros y no presenta ninguna dificultad técnica. Por tanto, es poco exigente para aquellas personas que quieran hacerla a su ritmo.  A finales de noviembre empeñamos casi cuatro horas en recorrerla disfrutando de las vistas, la vegetación, la fauna y el patrimonio histórico de la zona. 

Desde Alcalá de Guadaíra tomaremos la A-360, en dirección Morón de la Frontera. Antes de salir de nuestro término municipal se encuentra el Caserío de San Francisco o de Los Garrotales, punto donde cruza la cañada de Piedra Hincada o vereda de Los Puertos,[1] que tomaremos a la derecha para dejar el coche a los pocos metros.

El paseo comienza dejando el cortijo a nuestra izquierda. Este se dedica a la cría de caballos y dándonos la oportunidad de tirar la primera foto de interés. A nuestra derecha algunas encinas y lentiscos se intercalan entre chumberas muertas por los efectos de la cochinita del carmín. 

Muy pronto cruzaremos la vía del ferrocarril que unía las localidades de Utrera y Morón de la Frontera, donde en época no muy lejana se podían ver pasar los convoyes cargado de cal.[2] Estamos en un punto con abundante arboleda. Hasta aquí han llegado los ailantos invasores. 

Continuaremos por la cañada de Piedra Hincada entre olivos. A la nuestra izquierda, variedades italianas y griegas, con goteo, y a la derecha cultivados de modo superintensivo.

Al llegar al arroyo de Guadairilla, distante doscientos metros, merece la pena parar unos instantes. Cuando estuvimos allí, nos llamó la atención una planta con ramitas plagadas de florecillas y pequeñas hojas, conocida como Hierba de la sangre, centinodia…, nombre científico, Poligonum equisetiforme Sm., perteneciente a la familia de las Poligonáceas, que se encuentra incluida en la Lista Roja de la Flora Vascular de Andalucía.[3]

Hierba de la sangre, centinodia…, nombre científico, Poligonum equisetiforme Sm.

Entre palmas, algún espino blanco y alguna acacia, cruzamos el arroyo de San Julián, que lo hemos visto completamente seco, dadas las escasas precipitaciones de este año. 

Un suave repecho nos situará entre dos yacimientos arqueológicos: el ARQL. _09 y ARQL_10, que se extienden a ambos lados de la vía pecuaria. 

Entre unos olivos tradicionales y unos superintensivos abunda el pepinillo del diablo, cohombrillo amargo, o elatrio, nombre científico- Ecballium elaterium., perteneciente a la Familia de las Cucurbitáceas.

Pepinillo del diablo, cohombrillo amargo, o elatrio, nombre científico- Ecballium elaterium.

La cañada es una de las mejores conservadas de Alcalá, ya que dispone de una anchura decente en la mayor parte de su recorrido.

Cañada real de Piedra Hincada o vereda de Los Puertos.

Pronto veremos a lo lejos un bosque de eucaliptos que se encuentra situado dentro del término municipal de Utrera. A nuestra izquierda se divisa, majestuosa, la Sierra de Esparteros con el bocado que le ha perpetrado la cantera de áridos. A nuestra derecha, a lo lejos, podemos distinguir el cortijo del Algarabejo.

Tierra calma, con cortijo del Algarabejo al fondo.

Llegaremos a un cruce de vías pecuarias donde sobrevive un importante núcleo de palmas. De frente, continúa la cañada real de Pajarero o de Piedra Hincada,[4] a nuestra derecha el Cordel de Gallegos y a la izquierda la Cañada Real de Morón a Sevilla.

Cañada y eucaliptar al fondo.

Proponemos continuar de frente hasta el eucaliptal que hemos estado divisando. En esta amplia zona, que se extiende entre los términos municipales de Los Molares y Utrera, conocida como los Pagos de Piedrahincá, tiene lugar la romería Los Molares, en honor a Nuestra Señora de Fátima, que se celebra en torno al 13 de mayo. [5]

Eucaliptar donde tiene lugar la romería de Los Molares. 

Escudo en abrevadero situado en el eucaliptar.

Podríamos retroceder hasta el cruce de vías pecuarias, para luego tomar el cordel de Gallegos, pero nosotros cruzamos el eucaliptal hasta llegar a su extremo izquierdo, donde tomamos un padrón que nos conectaría con el cordel de Gallegos, en un tramo con un interesante núcleo de encinas.

Encinas en el cordel de Gallegos.

Estamos en la zona conocida como Sorbitos. Aquí se encuentran los cortijos de Consolación de Sorbitos y Santa María de Sorbitos. Tierras que fueron dehesas dedicadas a la ganadería de reses bravas. Hemos podido comprobar la presencia de dos abrevaderos que debieron cumplir con la finalidad de saciar al ganado de los condes de Villahermosa, regidores de Utrera, que las tuvieron arrendadas durante el siglo XVIII y principios del XIX. [6]

 

Abrevadero del cortijo de Consolación de Sorbitos.

Cortijo de Santa María de Sorbitos.

Abrevadero en el cortijo de Santa María de Sorbitos (Castro)

Desde el cortijo de Santa María de Sorbitos regresaremos por el cordel de Gallegos hasta la cañada real de Piedra Hincada y a nuestro coche.

Naturaleza muerta en el cordel de Gallegos con la Sierra de Esparteros al fondo.

Durante el recorrido hemos visto o escuchado numerosas aves:  cernícalos, avefrías, picapinos, mochuelos, milano real, petirrojo, lavandera, buitre leonado, etcétera. 

Mapa de la ruta.

Francisco José Gavira Albarrán



[1] En el topográfico y parcelario del Instituto Geográfico y Catastral de 1944 aparece nombrada vereda de Los Puertos. Este tramo es nombrado hoy Cañada de Piedra Hincada.

[2]Se cerro al tráfico de viajeros en 1967 y su clausura total en 1999 con el levante de las vías. http://www.trensim.com/lib/msts/index.php?act=view&id=779

[4] Según el topográfico que utilicemos. El topónimo pajarero es utilizado en un camino que parte desde la cañada de Piedra Hincada hasta el cordel de Gallegos, al que también se le nombra camino de Mairena.

[5] Al parecer se trata de una finca de propiedad municipal, pero situada en parte dentro del término de Utrera y a un tiro de piedra del de Alcalá.

[6] López Martínez, Antonio Luis. La ganadería de lidia en España. Historia, Geografía y Empresa. Sevilla, 2018. “Ulloa Halcón de Cala, Benito, II Conde de Vistahermosa. Utrera, 1736-17.9.1800 y regidor de Utrera.  No tiene descendencia y sus bienes pasan a su hermana, Mª. Luisa Ulloa Halcón de Cala. “...hay un poder de la condesa de Vistahermosa para tomar en arrendamiento las fincas que llevaba su hermano Pedro Luis de Ulloa, que eran las siguientes: cortijos Salvador Díaz, Valcargado, Ventosilla y Villar del Puerco y la dehesa Gómez Cardeña, todos en Utrera y el cortijo Sorbitos en Alcalá de Guadaira. Al menos desde finales del XVII a principios del XIX, fueron arrendadas por la familia Ulloa. En total suponían una superficie superior a las 3.000 hectáreas.” p.312.

1ER ENCUENTRO INTERNACIONAL DEL PATRIMONIO LOCAL.

 


sábado, 4 de diciembre de 2021

EL MEDIO FÍSICO EN ALCALÁ DE GUADAÍRA

Vistas de La Mesa desde la vereda de Angorrilla.

        El municipio de Alcalá de Guadaíra cuenta con una extensión de 287 km. cuadrados y una población de derecho de 75.533 habitantes. Se enclava en el área metropolitana de Sevilla y limita, además de con la capital de la provincia, de la que dista 16 km., con los términos municipales de Mairena del Alcor, a 7 km., Carmona, a 24 km., El Arahal, a 33 km., Utrera, a 21 km., Dos Hermanas, a 8 km., Los Molares y Los Palacios y Villafranca. 

        El gran atractivo original del territorio de Alcalá de Guadaíra consistió en la gran diversidad ecológica y de recursos derivados de ella. El término municipal se enmarca en la gran unidad de relieve que representa la depresión del Guadalquivir, antiguo brazo de mar colmatado progresivamente durante el Mioceno, a finales del Terciario. El resultado de este relleno en el curso bajo del actual Guadalquivir es una topografía de pendientes poco pronunciadas y una impresión general de planitud. A partir de Alcalá del Río la margen izquierda del río estaba, en principio, determinada por dos unidades geográficas fundamentales: el valle del Guadalquivir y la campiña. Sin embargo, este sencillo esquema se vería trastocado por una tercera unidad que vendría a surgir extendiéndose desde Dos Hermanas hasta Carmona, Los Alcores. De estas tres unidades participa el territorio de Alcalá y de ahí su diversidad. 

        El Valle del Guadalquivir se divide en el cauce actual del río y las terrazas fluviales, que se diferencian por su distinta altitud topográfica, producto del encajamiento del río en sus propios depósitos. En lo que respecta a nuestro municipio, las terrazas del Guadalquivir que caen dentro de su territorio corresponden, por su altitud topográfica y distancia relativa al cauce actual, a los periodos más antiguos en la configuración de la red fluvial. 

Arroyo de Guadairilla. 

La otra gran unidad geográfica por extensión junto al valle del Guadalquivir es la campiña, que aquí cabe individualizar como Vega del Guadaíra y que, manteniendo la planitud topográfica de las terrazas, presenta una génesis y características no asociadas el Guadalquivir. 

        Se trata de terrenos con una elevada proporción de arcillas, que cometidos a la acción de la arroyada, producen un relieve suave en torno a los 70 m.s.n.m.., con una red de avenamiento muy ramificada lo que apunta a la escasa resistencia de estos terrenos a la acción de la erosión. Hacia el este se produce un cierto acolinamiento aunque de pendientes suaves, donde predominan las margas y margo arcillas y que reciben el nombre de Albarizas. 

           En principio el resultado de la colmatación de la depresión del Guadalquivir en este tramo habría sido una amplia superficie de topografía muy llana desde el cauce del río hasta las estribaciones de las Serranías Subbéticas. Sin embargo la dinámica orogénica postpliocénica, con diversos basculamientos y rupturas, condujo en nuestro ámbito a la aparición de los Alcores, un bloque que, arrancando desde el SW de nuestro término municipal, se proyecta a lo largo de treinta kilómetros hacia el NE, hasta Carmona, donde muestra su cota máxima, 248 m.s.n.m.., constituyendo el verdadero eje del paisaje, no sólo por su evidencia topográfica que resalta sobre el entorno, sino también por la variedad y el contraste que introduce en el medio natural. 

              Los Alcores se componen litológicamente de dos materiales bien diferenciados: en la base se encuentran las margas azules de datación miocénica, muy deleznables. En el techo aparecen las calcarenitas, sedimento calizo, conchífero, formado durante el Plioceno, en un mar poco profundo, con elementos orgánicos muy groseros e inorgánicos, cementados en un todo constituyendo una roca sedimentaria compacta, que alcanza una potencia de 80 metros. 

Dehesa Nueva.

              El conjunto presenta una morfología típica de cuesta, con un frente que mira hacia la vega del Guadaíra, definiendo un escarpe nítido, en el que las margas que afloran son atacadas fácilmente por la erosión frente a las calcarenitas, más resistentes, generando una erosión diferencial del bloque. A partir del límite del escarpe y hacia el Guadalquivir se encuentra el dorso de la cuesta, con un pendiente suave que se extiende hasta las terrazas más alejadas del río, bajo las que finalmente queda fosilizada. El frente de la cuesta muestra la línea de falla resultante tras el levantamiento de todo el bloque ya en el Cuaternario.         

El Alcor marca un claro límite entre las terrazas del Guadalquivir y la campiña o vega del Guadaíra. El bloque es cortado por el río Guadaíra. Según Díaz del Olmo, una vez fijado el nivel de base que constituye el Guadalquivir y establecida la red fluvial de segundo orden, el río Guadaíra, con su trazado básico ya definido, se habría ido encajando en los estratos del Alcor a medida que este emergía durante el Cuaternario. 

La aparición de los Alcores amplia la variedad morfológica y litológica del municipio de Alcalá y, lo que es más importante, la variedad de ámbitos ecológicos que ofrecen recursos para su explotación por el hombre. No resulta ocioso resaltar como los núcleos principales de cuatro municipios: Carmona, El Viso, Mairena y el propio Alcalá, se sitúan sobre el Alcor, en concreto en el límite del dorso con el frente y ello es así desde los primeros pobladores, cuyos abundantes vestigios dan fe de una tendencia continuada. La localización en los Alcores maximiza el acceso a los recursos representados por el mismo y por las otras dos unidades que tienen aquí su límite: terrazas fluviales y campiña. Así mismo ofrece diversos recursos de los que carecen las tierras del entorno: en primer lugar, una ventaja de localización, libre de inundaciones y lugar ideal como oteadero en un principio en el que el hombre dependía de la caza para sobrevivir. Más adelante, con la sedentarización, se añadiría una ventaja defensiva que queda de manifiesto en nuestro municipio no sólo en el castillo de Alcalá, sino también en los restos encontrados en Gandul. Para la construcción de estas obras defensivas que, en todo caso, aprovechaban ya la ventaja que el terreno accidentado ofrecía, se precisaban sillares cuyo material se encontraba en el propio Alcor, esto es, fuente de material constructivo sólido, de lo que dan fe las numerosas canteras, hasta la actualidad. Un material que de no existir esta fuente habría que buscar en las Subbéticas o en Sierra Morena, a una considerable distancia. No se agota aquí la importancia estratégica de esta formación, dado que el aprovechamiento de un enclave defensivo estaba ligado a un acceso relativamente fácil al agua, lo que en este caso estaba más que garantizado, teniendo en cuenta que el paquete de calcarenitas de los Alcores constituyen la mayor parte del acuífero nº 28 Carmona-Cuaternario Antiguo del Guadalquivir. Los múltiples manantiales permiten un aprovechamiento a lo largo de todo el Alcor, más continuo que los cursos de agua alimentados exclusivamente por las precipitaciones, puesto que los acuíferos ejercen un efecto regulatorio en los caudales, atenuando sensiblemente sus oscilaciones. Los molinos instalados al pie o en el carpe de los Alcores son una muestra patente del aprovechamiento de este recurso desde hace siglos. 

           Sobre la superficie del Alcor se desarrollan suelos rojos, resultado de la descalcificación de las calcarenitas y la oxidación de sus elementos férricos. Pobres en materia orgánica, han sido ocupados sobre todo por plantaciones de árboles frutales o puestos en regadío en el marco de pequeñas huertas que aprovechaban los recursos hídricos del acuífero. La puesta en cultivo de los suelos y la eliminación de la vegetación original es una constante en las tres unidades geográficas que hemos individualizado, tanto más en el caso de las terrazas y de la vega, donde la feracidad y el rendimiento de los suelos es muy superior a los Alcores. Hoy en día resulta difícil proponer una vegetación climácica para toda ésta área, aquella que correspondería a estos diversos suelos si no se hubiera interpuesto la acción antrópica. 

        La presión humana, que desde la prehistoria se hizo patente, fue transformando la vegetación, clareándola o eliminándola directamente para dar paso a los cultivos seleccionados por el hombre. De esta manera los restos de vegetación que quedan, bien escasos, distan mucho de representar la vegetación climácica y son resultado de la degradación progresiva de aquella. Como ejemplo de ello baste decir que la dehesa, que en sí representa una simplificación y empobrecimiento del bosque original, no deja de ser hoy una "rara avis", conservada en muy puntuales localizaciones, último refugio de las especies autóctonas, sobre todo de porte arbóreo y bajo creciente amenaza de desaparecer definitivamente en un matorral sin árboles. 

La vegetación climácica de la mayor parte de nuestro municipio corresponde a un encinar termomediterráneo de Quercus rotundifolia. Se trata a de un bosque esclerófilo, de hojas pequeñas, endurecidas y coriáceas, adaptadas a la sequía estival para minimizar la transpiración. El otro rasgo característico de esta formación vegetal, tanto en el estrato arbóreo como en el arbustivo es la perennifolia, posibilitada por unas temperaturas medias suaves. En su estado climácico el encinar muestra una densidad impenetrable por la malla que forman el sotobosque y la abundancia de plantas trepadoras: zarzas, espinos, rosales, hiedras, madreselvas, zarzaparrillas, aristoloquias, etc. La condición termófila del encinar de esta zona permite la presencia en su sotobosque de multitud de especies, que van desapareciendo a medida que las condiciones se hacen más rigurosas. Entre ellas se encuentran el lentisco (pistacia lentiscus), el algarrobo (ceratonia siliqua), el mirto (Myrtus communis), el acebuche (Olea europaea), la zarzaparrilla (Smilax aspera), y allí donde la humedad aumenta aparece el madroño (Arbutus unedo), la cornicabra (Pistacia terebintus) o el labiernago (Phillyrea angustifolia). La primera etapa de degradación significa el paso del bosque al matorral preforestal, en el que la encina puede jugar un papel dominante si bien con porte arbustivo (carrasca), aunque lo normal es que su lugar sea asumido por la coscoja (Quercus coccifera). En un grado mayor de degradación empiezan a dominar los matorrales espinosos con diversas especies del género Rhamnus (Lycioides y Oleoides). La siguiente fase en la regresión vegetal viene marcada por matorrales heliófilos, en este caso sobre sustrato calcáreo, sobre todo por tomillares. Aunque el tomillo (diversas especies del género Thymus) da nombre a la formación, no necesariamente es la especie dominante, combinándose con leguminosas como la retama (Retama sphaerocarpa) y la aulaga (Genista hirsuta) o con el palmito (Chamaerops humilis).En las pocas zonas no dedicadas al cultivo de nuestro municipio, fundamentalmente en el Alcor, no es infrecuente encontrar la piedra que aflora, sin ningún tipo de recubrimiento edáfico y cubierta sólo por pequeñas herbáceas durante el invierno. 

Sobre los pesados suelos de bujeo de la vega algunos autores señalan como formación climácica un bosque de acebuches (Olea europaea), desaparecido en su totalidad por la presión agrícola al tratarse de suelos muy aptos y que dan paso en las fases de degradación a un matorral de palmito (Chamaerops humilis), coscoja y rosales (rosa mosqueta, canina, ...) y en una fase más avanzada incluye aulagas (Genista hirsuta) y matagallos (Phlomis purpurea).             

Por último, no debemos dejar de mencionar una última formación vegetal, de menor desarrollo en extensión, pero de gran importancia por la diversidad específica que introduce: los bosques de ribera. En su conjunto se trata de especies con unos requerimientos hídricos que harían incompatible su presencia en nuestro medio climático, de no ser porque la cercanía a la fuente de humedad que representan los cursos de agua las libera de las exigencias hídricas de cada una y de su resistencia a las crecidas. En contraste con la vegetación climácica se trata de especies caducifolias. La disposición teórica se compone de tres bandas: saucedas, choperas o fresnedas y olmedas. Junto a estas especies aparecen en nuestro ámbito un árbol, generalmente de porte arbustivo, el taraje (género Tamarix) que, entremezclado con las otras especies descritas, se adaptan mejor a las condiciones de acusado estiaje de muchos de nuestros cursos de agua. Al igual que la vegetación climácica también los bosques de ribera han sido progresivamente eliminados, al localizarse sobre suelos fértiles, de fácil acceso y ofrecer una fuente óptima de madera. El río Guadaíra es un claro ejemplo de esta degradación. En todo su discurrir por nuestro municipio son contados los tramos donde pueden contemplarse ejemplares de porte arbóreo. Muestras de bosque de ribera que aún merezcan tal denominación se localizan también en arroyos de cierta entidad o difícil acceso (Maestre, Gandul o Gallegos), donde el abarrancamiento del terreno imposibilita el laboreo de la tierra. La pérdida de esta vegetación, como la de los setos vivos, supone el golpe final al medio natural. Con ella se pierde el último vestigio de la diversidad vegetal que un día pobló esta tierra y acaba con los restos de fauna que a duras penas sobreviven en estas zonas de refugio, cada vez más aisladas y acosadas. 

         Para terminar esta semblanza del medio físico volvemos brevemente al Guadaíra, verdadero eje estructurador del territorio de nuestro pueblo, conectando las tres unidades geográficas descritas en su discurrir longitudinalmente a través del término municipal. El Guadaíra adquiere su condición de río en Alcalá, donde aumenta su caudal con los aportes de los distintos arroyos y manantiales: Gandul, Marchenilla, Cajul, Oromana, Vista Alegre, La Pañuela, San Francisco, El Negro, El Zacatín, etc. Hoy en día simboliza perfectamente, para nuestro pesar, el estado del medio ambiente en nuestro pueblo. Los aportes provenientes de los Alcores han disminuido por la explotación intensiva del acuífero, así como por la desaparición física del mismo, sobre todo en Alcalá, donde las numerosas canteras destruyen el Alcor, en un proceso que de forma natural requeriría millones de años. Por otra parte, sus aguas bajan contaminadas por los vertidos de los diversos municipios de la cuenca y muy especialmente por los alpechines, verdadera bestia negra de la calidad de sus aguas. El proceso es tanto más impactante cuanto que se ha concretado en un periodo relativamente corto de tiempo, de suerte que todavía muchas personas guardan en su memoria una imagen prácticamente idílica del río, que se confirma por la atención prestada por pintores y escritores a lo que un día fue un paisaje espléndido y pintoresco. Observando el paisaje actual cabe maravillarse de ello y preguntarse cómo en tan breve espacio de tiempo se pudo malbaratar ese capital y qué hemos obtenido de su venta. Los últimos vestigios de lo que un día fue un paisaje lleno de vida se encuentran en las páginas siguientes.



Antonio Gavira Albarrán.