Cuando el día 3 de abril, martes Santo, un grupo
de amigos acudimos a las sierras de Morón para conocer el arroyo del
Almendrillo, uno de los arroyos que será objeto de estudio dentro del proyecto
multidisciplinar sobre la cuenca alta del río Guadaíra, no pudimos quedar más
que asombrados ante tanta belleza.
Accedimos al lugar desde la carretera de Morón de la Frontera a Pruna. Habíamos recorrido unos diez kilómetros cuando nos desviamos por un carril, la vía pecuaria Cordel de Olvera Antigua; unos minutos más tarde, Pablo detuvo el vehículo junto al camino.
Bajamos del todoterreno en medio de una verde
llanura cerealista, rodeada de pequeñas elevaciones cubiertas de dehesas de
encinas y matorral. El arroyo Delgado, prácticamente deforestado, recorría el
lugar buscando una salida entre los cerros circundantes, Los Yesos, La
Romanilla, Reina Marín...
Iniciamos el sendero
persiguiendo sus escasas y limpias aguas y fuimos penetrando en una hermosa
vaguada, solo transitada por animales, donde la vegetación se hizo más densa.
El camino discurría junto al arroyo, que ahora lucía majestuoso, donde no faltaba
el quejigo, el aladierno, el espino majoleto, la madreselva...
Al poco, un nuevo curso de aguas se sumó al que traíamos, formando el arroyo de Las Mozas, y juntos continuaron su tranquilo discurrir hacia su hermano mayor, el Talavera.
Tras salvar un pequeño
vado, donde descubrimos restos de presencia de la esquiva nutria, salimos de
este bello rincón dando paso a unos trigales alomados y, reconociendo allá a lo
lejos, en el sureste el Cerro de La Plata, nos vino a la memoria la grata jornada
de senderismo del 24 de diciembre de 2005, cuando, tras el esfuerzo realizado
hasta su cima, pudimos ver a nuestros pies unas praderas verdes moteadas de
encinas, numerosos arroyos, pequeños quizás, pero embelleciendo el entorno y,
mirando hacia el horizonte nuestras manos parecían alcanzar otras sierras más
lejanas, Lijar, Grazalema, El Tablón...
En la tarde soleada de la
joven primavera continuamos nuestro recorrido, entre animados comentarios,
atravesando el arroyo de La Encarnación, hacia el del Almendrillo, donde una
nueva sorpresa, no la última, nos depararía la jornada. Una alta alameda, aún
sin cubrir, y a sus pies una exuberante pradera, donde alguna orquídea, poco
decidida, despuntaba entre el herbazal y, en cada álamo, un nido de pájaro
carpintero.
Tras un breve descanso decidimos retornar, no sin
antes visitar otra joya de esta sierra, el arroyo del Lentisquillo. ¡Qué
hermosas orquídeas pudimos admirar! ¡Hasta cinco especies distintas, algunas
espectaculares!
Así llegamos a un pequeño
bosquecillo de quejigos de ribera. Penetramos en él y tuvimos la sensación de
haber pasado a otro tiempo, a otro lugar. ¿Serán así los bosques
septentrionales? Una capa de hojarascas cubría el suelo, moteado de jacintos.
La tarde ya había envejecido cuando volvimos a cruzar el arroyo de la Encarnación. Lo fuimos acompañando un buen rato, mientras las sombras de tarde se apoderaban de los fresnos y quejigos de la ribera. Tras salvar un pequeño puerto, vimos a lo lejos el todoterreno que debía llevarnos nuevamente a Morón. La jornada estaba llegando a su fin.
La tarde había sido
magnífica; en buena compañía habíamos disfrutado, en plena naturaleza, del río
Guadaíra, pero comprendíamos que era muy difícil que otras personas llegaran a
conocer algún día estos parajes. Nosotros habíamos tenido que salvar cuatro vallados
metálicos y aun así, había sido necesario que Pablo consiguiera permiso para
transitar por aquellos lugares. No podíamos olvidar las palabras de Pablo a
cerca de los propietarios de las fincas serranas. Estos se consideran dueños de
toda la sierra, de los caminos, vías pecuarias, riberas e incluso de los
animales.
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