sábado, 25 de diciembre de 2021

Arroyo del Juncoso. Bandoleros y lobos en el alto Guadaíra.

Flamencos.

La primera visita al arroyo del Juncoso la realizamos la tarde del 29 de abril, tarde nublada que amenazaba lluvia. Recorrimos los dos kilómetros que separaban el cortijo de La Victoria del inicio de la zona de estudio prevista, por la vereda de Morón a Olvera, sorteando con cuidado el obstáculo que supuso la barranca del arroyo de Los Frailes hasta descender al arroyo de Talavera y cruzarlo. Mientras paseábamos por una agradable pradera ubicada entre la unión del Juncoso con el Talavera, nos llegó a lo lejos un sonido que se fue haciendo más fuerte y cercano. Elevamos la vista al cubierto cielo y vimos, primero muy pequeña y poco a poco en toda su amplitud, una enorme bandada de flamencos compuesta por más de trescientas aves, que tal como vinieron siguieron su camino, al igual que hicimos nosotros, pensado en el inesperado regalo con el que la tarde nos obsequiaba.

Bandada de flamencos.

Llegados al arroyo del Juncoso, a la altura de la antigua casa de la huerta del Risquillo, de la que nada era visible salvo un pequeño amontonamiento de piedras bajo unos eucaliptos, iniciamos el recorrido acompañando al arroyo por ese viario ancestral e invisible, que en estos lugares parece olvidado. Caminábamos entre pequeñas praderas y sembrados de cereal, en dirección Sureste acompañando al arroyo que, desde su cabecera, allá por el cerro del Juncoso, viene abriéndose paso, encajado entre los montes y dehesas de la sierra de la Sanguijuela, hasta tributar sus escasas aguas a su hermano mayor, el arroyo Talavera.

Pradera.

La tarde, aún más plomiza, comenzó a dejar caer, por momentos, una suave llovizna, como una primera advertencia de que nuestra presencia no era muy del agrado de estas tierras, sutil sugerencia para que desistiésemos en nuestro propósito. Aún así, continuamos avanzando y disfrutando de la naturaleza que nos rodeaba, arroyo, praderas y cerros, aún más agrestes a medida que la tarde avanzaba. 

Entre el dosel vegetal de adelfas, rosales, lentiscos, aladiernos, fresnos y sauces, manto protector que cubría las cantarinas aguas del Juncoso, buscábamos el verde joven de las hojas de los parrones, buena trepadora que, gracias a sus zarcillos, alcanza los pisos más altos de la vegetación de ribera delatando su presencia. 

Teníamos constancia de la existencia en estas tierras de estas vides silvestres, que, durante cientos de años, quizás miles, han medrado en algunos arroyos y ríos gracias a la presencia de las aguas. Éstas les permitieron superar el gran problema que la filoxera supuso para todas las viñas de la península Ibérica. Pronto, las vides silvestres comenzaron a verse trepando entre la vegetación del arroyo, dejando ver sus frescas hojas coronado el más alto matorral. 

Vides silvestres.

Pasamos a la margen izquierda del Juncoso, para acercarnos a un blanco abrevadero cuyos tres pilones recibían el exiguo caudal de un pequeño manantial que, agazapado en el matorral de la breñosa ladera, parecía querer pasar desapercibido. 

Marchábamos, paso a paso, localizando nuevos parrones, dejando constancia de su presencia, anotando en nuestro cuaderno de campo su ubicación y capturando los ejemplares en nuestras cámaras fotográficas. 

Así alcanzamos la pasada de la Concha cercana a la cual, nos contó Pablo que, en otros tiempos, que ahora parecen de leyenda, se había erigido una posada, signo inequívoco del trasiego que esta vía pecuaria, hoyada por nuestros pies esta tarde, había tenido. 

En este recóndito lugar al que la tarde nos había llevado, recordé haber leído en la prensa decimonónica algunas noticias inquietantes de estas tierras: “15 de marzo de 1842. Bandoleros en la Peñagua Alta”; 29 de noviembre de 1847. “Batidas de lobos en la serranía de morón”; 6 de enero de 1848. “Una horrorosa inundación de lobos tiene atemorizado a los habitantes de los pueblos de la provincia de Sevilla”. 

Con estos pensamientos iniciamos un largo y rápido regreso. Poco a poco, fuimos dejando atrás el arroyo y pronto volvimos a pisar la pradera en la que nos había sorprendido la gran bandada de flamencos. Cruzamos el Talavera e iniciamos una laboriosa subida que nos llevaría hasta un portillo flanqueado por unas enormes vacas retintas que parecían mirarnos amenazadoramente. Cruzamos nuevamente el arroyo de Los Frailes con precaución, pues la llovizna y la escasa luz amenazaban con un traspiés. 

En esos últimos metros que nos separaban de la hacienda de La Victoria, vimos sorprendidos, que el suelo se cubría por momentos de enormes cabrillas que, como por ensalmo, aparecían de debajo de los innumerables cardos que bordeaban el camino. Presagio de una noche lluviosa, vaticinó un compañero. Y no se hicieron esperar ni la lluvia ni la noche. Algunos con el paraguas abierto y otros recibiendo en el rostro la lluvia vespertina, que poco a poco se convertiría en aguacero, llegamos al coche, medio de transporte y refugio, dando por terminada la jornada. 

Así, en la seguridad de un coche, en esos instantes de la tarde que preceden a una prematura y lluviosa noche, alcanzamos la carretera. En el lapso de tiempo que duró la rápida incorporación a la carretera de Coripe, volviendo la mirada a las amenazantes sombras, parece posible ver en los valles más profundos de la serranía, allí donde se encuentra la pasada de la Concha, junto a los parrones, bandoleros y lobos en la serranía del Alto Guadaíra. 

Antonio Gavira Albarrán. 


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