El tiempo transforma los
paisajes, pero la fotografía tiene el poder de detenerlo. Una imagen tomada
hacia 1930 del castillo de Alcalá de Guadaíra nos ofrece una ventana a un
momento en que este monumento emblemático lucía un aspecto muy distinto al actual:
más cercano a la ruina romántica que al espacio patrimonial restaurado que
conocemos hoy.
La fotografía, atribuida al
entorno del reconocido editor y fotógrafo Lucien Roisin Besnard, presenta una
amplia panorámica del recinto fortificado. En primer plano, las murallas y las
torres, en evidente estado ruinoso, se alzan sobre lo que hoy llamamos patio de
armas, entonces surcado por caminos de tierra entre la maleza. En el centro, un
burro pastando refuerza la idea de un uso cotidiano y rural del espacio, muy
alejado de su actual función cultural y turística.
Al fondo, el caserío de Alcalá
se extiende sobre suaves alcores, con viviendas bajas y dispersas. Destaca el
Santuario de Nuestra Señora del Águila, componiendo una estampa que resume la
estructura tradicional de tantas localidades andaluzas: castillo, iglesia y
pueblo.
Más allá de su valor estético,
esta imagen posee un profundo interés documental. Refleja el estado del
castillo antes de las grandes intervenciones de restauración emprendidas en
décadas posteriores, cuando aún conservaba ese aire de abandono que, paradójicamente,
hoy nos fascina. Imágenes como esta permiten reconstruir la evolución del
monumento y comprender mejor su historia reciente.
El nombre de Roisin va ligado a
la difusión masiva de imágenes de España durante la primera mitad del siglo XX.
Instalado en Barcelona, su empresa —conocida como “La Casa de la Postal”— llegó
a distribuir miles de fotografías de ciudades, pueblos y monumentos. Aunque no
todas fueran tomadas directamente por él, su archivo constituye una de las
fuentes visuales más importantes para conocer el país de aquella época.
En el caso de Alcalá, estas
imágenes no solo documentan el patrimonio, sino también la vida cotidiana que
lo rodeaba. El castillo, hoy símbolo identitario y punto de encuentro cultural,
fue durante años un espacio integrado en la rutina de los vecinos, ajeno aún a
la feria y a su futura revalorización turística.
Recuperar y difundir este tipo
de fotografías es, en definitiva, un ejercicio de memoria colectiva. Nos invita
a reflexionar sobre cómo ha cambiado nuestro entorno y a valorar la importancia
de conservar tanto el patrimonio material como el legado visual que lo
acompaña.
Porque en cada imagen antigua no
solo hay un paisaje, sino también una historia que sigue viva en la mirada de
quienes la contemplan hoy.
Francisco J. Gariva Albarrán
