Un antiguo plano, trazado a
escala 1:2500, nos asoma a un fragmento del río Guadaíra que ya no existe tal
como fue plasmado en el mapa. El documento, titulado Hacienda de Las
Aceñas, es mucho más que un testimonio cartográfico: constituye un
inventario de la memoria, un catastro y la prueba fehaciente de cómo el agua y
el trabajo humano se entrelazaron para esculpir un paisaje único.
Gracias a la reinterpretación de
sus anotaciones, hoy podemos reconstruir virtualmente este territorio y
sumergirnos en su historia. Lo que el plano desvela no es únicamente un río,
sino un auténtico museo al aire libre de arqueología rural.
La escala elegida —1:2500—
resulta especialmente reveladora. No nos hallamos ante una visión panorámica de
grandes territorios, sino ante un levantamiento minucioso, casi catastral.
Probablemente fue elaborado —como sugiere el sello de EMASESA— por la compañía
inglesa de aguas con fines eminentemente prácticos: la gestión del caudal, la
delimitación de propiedades y el control de los aprovechamientos hidráulicos.
Esta precisión topográfica nos
permite conocer no solo la toponimia de los lugares —en ocasiones puede que
equivocada—, sino también su función y su vínculo directo con el río.
El Guadaíra vertebra el plano, y
a su alrededor se despliega una impresionante constelación de arquitectura del
agua. El Molino de Aceña de Cartuja, el Callejón de San
Juan —que conducía primero al molino homónimo y después al de
Berarosa—, o el Molino de Cahuz (o Cajul) aprovechaban la
fuerza motriz de la corriente, este último de un arroyo.
Junto al cauce principal, el
plano dibuja una compleja red de irrigación que delata la existencia de una
agricultura de huerta intensiva. Se señala expresamente una atarjea —canal
o acequia principal, a menudo cubierta— y sus correspondientes tomas de agua.
Este trazado evidencia un sistema organizado de reparto, aún reconocible sobre
el terreno, donde cada propietario tenía derecho a abrir un caz para desviar el
caudal hacia sus tierras.
El documento menciona también una
acequia y una noria. Pero la referencia más enigmática es, sin duda, la de
un túnel. Podría tratarse del acceso a una galería o mina de agua
destinada a conducirla hacia la acequia.
La ribera del Guadaíra aparecía
parcelada en distintas huertas, cada una con su personalidad y su historia: huerta
de Santa Lucía, que toma su nombre de la desaparecida ermita homónima, cuyas
ruinas estaban desaparecidas cuando se levantó el plano, huerta de Ballesteros,
topónimo vinculado probablemente a una familia propietaria, que hoy la
conocemos como Huerta de la Joaquinita y huerta de Pañuelas y Olivar
Bajo, que reflejan la diversidad de cultivos y aprovechamientos característica
de la ribera.
El plano también consigna
el Olivar de la Portilla, ligado a una familia que llegó a poseer
importantes propiedades en el entorno: el convento de San Francisco, los
molinos del Algarrobo, San Juan y las Heras, además de los pinares de Oromana.
Por último, la Hospedería de
Cartuja actúa como un punto de referencia fundamental en la planimetría.
No era un molino ni una huerta, sino un lugar evoca acogida para viajeros y,
muy probablemente, para los propios monjes de la cartuja cuando se desplazaban
a inspeccionar sus propiedades. En esos momentos, probablemente, residencia de Carlos
A. Friend, de la Water Work Company.
Su presencia subraya el papel del
río no solo como fuente de riqueza económica, sino también como corredor de
comunicación y espacio de tránsito, donde lo sagrado y lo cotidiano convivían.
Este plano, con su escala de
1:2500 y su caligrafía esmerada, constituye en realidad un auténtico
palimpsesto. Bajo sus trazas se ocultan siglos de historia: el impulso
económico de la orden cartuja, el ingenio de los molineros, el trabajo paciente
de los hortelanos, la enigmática ermita Santa Lucía y la vida cotidiana que
discurría por el callejón de San Juan.
Reconstruir este paisaje a partir
de sus nombres es, en cierto modo, un ejercicio de arqueología. Nos recuerda
que el territorio que hoy pisamos es solo la última capa de una larga historia
y que, bajo el albero o el abandono, aún resuenan los ecos de un mundo que supo
aprovechar cada gota del Guadaíra para convertir su ribera en un vergel de
industria y agricultura.
Francisco José Gavira Albarrán

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