A veces, la historia no se
esconde en grandes monumentos, sino en documentos olvidados que esperan,
pacientemente, a que alguien les devuelva la voz. Es el caso de un mapa
excepcional, un plano técnico dibujado a mano en 1920 que nos permite asomarnos
a las entrañas del sistema que condujo el agua a Sevilla. No es solo un
dibujo: es una ventana al pasado industrial, social y paisajístico de Alcalá de
Guadaíra, una tierra moldeada por el líquido elemento.
Este mapa,
elaborado por la compañía inglesa The Seville Water Works Company
Limited, no es una simple pieza de archivo. Es la crónica de una
transformación. En su esquina superior izquierda, aún puede leerse su título original: «Conducción desde las Aceñas
hasta Adufe».
A pesar del desgaste de más de un siglo,
el plano conserva una calidad asombrosa. El río Guadaíra serpentea con
detalle milimétrico, rodeado de nombres como son los molinos medievales: Las Aceñas, Cahuz, San Juan, Vadalejo, Realaje, del Fraile o del Álamo. Estos
ingenios, que durante siglos usaron la fuerza del río para moler grano, fueron
un motor económico de Alcalá desde la Edad Media.
Pero lo que hace este documento
fascinante no es solo lo que muestra, sino cómo lo muestra. El mapa contiene
algunas imperfecciones: algunos molinos están mal
situados o incluso duplicados. El de Cahuz aparece donde debería estar el de
Las Aceñas, y el de San Juan se dibuja en dos sitios distintos; donde le corresponde y en el lugar del molino de Benarosa.
Sin embargo, el elemento más
llamativo es una línea roja continua que cruza el mapa de punta a punta. No es
un capricho del delineante: representa la columna vertebral del proyecto. Su destino final era el Adufe, una estación de bombeo que se convertiría en la
pieza clave de todo el engranaje hidráulico que permitía abastecer de agua a Sevilla.
Junto a ella, el plano dibuja un
paisaje hoy en parte desaparecido que va mucho más allá de las infraestructuras. No solo
vemos galerías, sino la vida que palpitaba a su alrededor: una venta, el chalé
de "El Recreo", un vivero, el imponente castillo de Alcalá, la
estación de tren y una red de caminos rurales. También aparecen propiedades con
nombre propio, como el olivar y huerta de la familia La Portilla, una fábrica
de harinas, de la misma familia, pionera en la provincia, o la huerta de Las
Pañuelas. El mapa es, en definitiva, un retrato complejo de un territorio vivo,
indisolublemente unido al río.
Este extraordinario plano no
puede entenderse sin su contexto: la huella británica en Sevilla. A finales del
siglo XIX, la ciudad dependía de un sistema obsoleto de pozos, fuentes y los
medievales Caños de Carmona. La población crecía, pero el agua no.
Fue entonces cuando The
Seville Water Works Company Limited consiguió la concesión. Los ingenieros
británicos modernizaron por completo el ciclo del agua, captando manantiales en
Alcalá y Mairena del Alcor. Su obra maestra fue la Estación de Bombeo de Adufe
Bajo (1885), una joya de la arquitectura industrial. Su misión: elevar el agua
desde los depósitos secundarios de Zacatín, La Judía y Villalba hasta el gran
depósito de Adufe Alto. Este último, conocido popularmente como La
Catedral del Agua o La Catedral Sumergida, se convirtió en
el corazón del sistema, desde donde el agua viajaba por gravedad hasta las
fuentes de Sevilla.
El plano de 1920 es el testimonio
gráfico de aquella epopeya. Sus líneas rojas nos hablan de galerías, tuberías y
bombas, sí, pero también de inteligencia, de ambición y de la lucha por dominar
un recurso esencial, eso sí, a costa de nuestras aguas, las del acuífero de Los Alcores o Sevilla - Carmona.
Hoy, cuando el agua vuelve a
estar en el centro de todos los debates, recuperar documentos como este no es
un mero ejercicio de nostalgia. Es un acto de memoria necesario. Mirar al
pasado nos ayuda a comprender los desafíos que nuestras ciudades enfrentaron, con acierto o no, para garantizar un derecho tan básico como el acceso al agua potable.
El plano de la Conducción
desde las Aceñas hasta Adufe permanece, un siglo después, como una
ventana abierta a ese mundo perdido. Sus trazos nos hablan de un río
domesticado, de un paisaje en transformación y de un pasado hidráulico que,
gracias a estos documentos, podemos recuperar antes de que el agua (y el
tiempo) se lo lleven para siempre.
Francisco José Gavira Albarrán

No hay comentarios:
Publicar un comentario