La
reciente plantación de algo más de cinco hectáreas —protagonizada
principalmente por pinos piñoneros, junto a otras especies en menor medida— que
se extiende desde el antiguo camping de Oromana hasta el cortijo de Olivera,
frente a la hacienda homónima, merece no solo una felicitación, sino también un
análisis pormenorizado. Y es que esta actuación puede marcar una senda a seguir
para todo el municipio.
Que
se haya decidido incrementar la masa arbórea en esta zona es, sin duda, una
medida muy positiva. Sin embargo, su verdadera importancia trasciende el número
de ejemplares plantados. Nos encontramos ante una pieza clave que comienza a
consolidar un área fundamental para el futuro cinturón verde de Alcalá. Ese
anillo de sostenibilidad que durante años ha sido más un anhelo —y una
reivindicación de colectivos como Alwadiira— que una realidad, empieza por fin
a tomar forma gracias a decisiones como esta.
Pero
la responsabilidad no termina con el acto de plantar. El éxito de esta
inversión de futuro depende ahora de la gestión inmediata y de los cuidados
posteriores. La administración local debe ser consciente de que la naturaleza
no perdona la improvisación ni el abandono. En este sentido, surgen varios
interrogantes que requieren respuestas urgentes para evitar que el esfuerzo
económico y humano caiga en saco roto.
El
primer gran reto es el riego. No basta con dejar los ejemplares a merced
de los rigores climáticos. Las altas temperaturas, cada vez más prolongadas, no
perdonarán la plantación si no se garantiza un riego sistemático y suficiente
durante este primer año crítico. Los técnicos advierten que, de no hacerlo,
podríamos perder más del 80 % de las plantas. El primer año es determinante
para el establecimiento de las raíces; obviar esta necesidad sería un fracaso
ambiental y un despilfarro de recursos públicos.
El
segundo reto, igualmente vital, es la protección frente al ganado. Con una
altura máxima de treinta centímetros de media, estos jóvenes pinos son
extremadamente vulnerables. La presencia de ovejas en la zona, si no se regula
adecuadamente, podría convertir en pocos días el sueño del cinturón verde en un
rastro de destrucción. Resulta imprescindible establecer una coordinación con
los pastores y buscar soluciones que compatibilicen el pastoreo con la
supervivencia de esta repoblación.
Por
otro lado, aunque la elección del pino piñonero es adecuada por su buena
adaptación al territorio y su valor paisajístico, no podemos pasar por alto una
oportunidad desaprovechada. Habría sido muy beneficioso combinar esta masa con
especies autóctonas del monte mediterráneo —como encinas, lentiscos, acebuches
o palmitos—, ya que no solo habrían incrementado la biodiversidad, sino que
también habrían contribuido a generar un ecosistema más resiliente.
Sin
embargo, hemos constatado que estas especies se han concentrado en una única
zona del ámbito de actuación. Muchas de ellas, además, no han resistido los
recientes episodios de calor, agravados por la falta de riego, lo que ha
provocado su pérdida.
En
conclusión, la plantación de estos pinos es una magnífica noticia y un paso
firme hacia el Alcalá sostenible que todos deseamos. Pero para que no quede en
una mera anécdota, debemos exigir riego, protección frente al ganado, una
visión ecológica más amplia y la limpieza integral de los espacios aledaños,
como las ruinas del camping de Oromana. Esperemos que esta administración esté
a la altura. Porque Alcalá merece que su cinturón verde no sea solo un proyecto
sobre el papel, sino una realidad que perdure para las próximas generaciones.
Francisco José Gavira Albarrán

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