domingo, 19 de abril de 2026

El Molino de Cajul (Cajur) en Alcalá de Guadaíra: arqueología hidráulica, propiedad histórica y construcción del paisaje fluvial.

 

Molino de Cajul

Resumen

El Molino de Cajul —documentado también como Cajur—, constituye un elemento significativo del sistema hidráulico preindustrial del río Guadaíra. A partir del análisis combinado de fuentes documentales (especialmente el Boletín de Crédito Público de 1822), estudios historiográficos recientes (Pérez Moreno, 2019), material gráfico (fotografía de González Nandín, c. 1938) y evidencias arqueológicas (Consejería de Cultura, 2011), este trabajo propone una reconstrucción integral de su evolución histórica. Se distinguen tres planos analíticos —toponimia, configuración material y régimen de propiedad— con el fin de resolver aparentes discontinuidades en la documentación. El estudio muestra cómo un enclave de probable origen andalusí fue integrado en redes señoriales y posteriormente monásticas, para acabar siendo desamortizado y privatizado en el siglo XIX. Asimismo, se examina su inserción en un sistema hidráulico complejo y los retos actuales de su conservación.

 

1. Introducción: continuidad hidráulica y lectura histórica del paisaje.

La ribera del río Guadaíra, en su tramo correspondiente a Alcalá de Guadaíra, configura uno de los paisajes hidráulicos más relevantes del sur peninsular. En este contexto, los molinos de Cajul (o Cajur) y La Aceña constituyen un conjunto funcional de especial interés para el estudio de la explotación preindustrial del agua.

La documentación histórica y la toponimia permiten vincular este sistema con tradiciones hidráulicas de origen andalusí. En particular, la denominación «Reha Luet», asociada al molino de La Aceña, remite al árabe raḥā al-wādī («molino del río»)[1], lo que evidencia la continuidad de prácticas técnicas y organizativas en el aprovechamiento del cauce.

El presente trabajo aborda el Molino de Cajul desde una perspectiva integradora, diferenciando entre el origen del enclave, la evolución de su estructura material y las transformaciones en su régimen de propiedad, con el objetivo de ofrecer una lectura coherente de su trayectoria histórica.

 

2. Toponimia y origen: de «Al Caxur» a Cajul

La toponimia de Cajul revela una continuidad histórica desde al menos el siglo XIII. Las primeras menciones, en los repartimientos posteriores a la conquista castellana, registran «Al Caxur» o «Alcaizur»[2], topónimos de raíz árabe que aluden a una instalación hidráulica de época almohade vinculada a un propietario andalusí, Hamet Aben Paxat[3].

Con el tiempo, el nombre evolucionó fonéticamente a «Cajur» y más tarde a «Cajul», siendo esta última la forma fijada en fuentes del siglo XIX. El investigador José Luis Pérez Moreno defiende «Cajur» como la denominación históricamente más precisa[4].

Esta evolución lingüística evidencia la pervivencia del enclave, pese a sus transformaciones materiales. Así lo confirma la web de turismo de Alcalá de Guadaíra, que cita los repartos de 1253 de Alfonso X: junto al molino «Reha Luet» (del árabe Reha al-Wadi, «molino del río»), aparece «Alcaxur, que muele de una fuente», lo que demuestra la integración de los sistemas hidráulicos andalusíes en la organización territorial castellana[5].

 

3. Estructura material y evolución constructiva

Aunque el emplazamiento del molino puede remontarse a época andalusí, el edificio conservado responde fundamentalmente a fases constructivas de época moderna (siglos XVI-XVII), como ocurre en la mayoría de los molinos del Guadaíra.

Las evidencias gráficas del siglo XX, en particular la fotografía tomada por José María González Nandín y Paúl hacia 1938 (conservada en el fondo de la Universidad de Sevilla)[6], permiten reconstruir su fisonomía reciente. González Nandín (1902-1972) fue un destacado fotógrafo sevillano cuya obra constituye un documento gráfico de primer orden para la historia de la ciudad y su provincia. Sus imágenes, custodiadas en la Fototeca de la Universidad de Sevilla, son una fuente recurrente para el estudio del patrimonio andaluz durante la posguerra, y la del Molino de Cajul se inscribe dentro de su interés por documentar las estructuras tradicionales del mundo agrario en vías de desaparición.

En la imagen se aprecia una edificación de paredes encaladas en blanco, con una cubierta a dos aguas de teja cerámica, característica de la arquitectura hidráulica popular andaluza. Destaca en su estructura un área porticada con arcos de medio punto, que funcionaba como espacio de transición entre el exterior y las zonas de trabajo o vivienda. Las pequeñas ventanas con rejas denotan, además, un carácter robusto y semidefensivo, necesario frente a las periódicas crecidas del río.

Las sucesivas reformas y adaptaciones dificultan la identificación de fases constructivas precisas, pero confirman la larga duración funcional del enclave.

 

3.1. El molino como espacio de vida y trabajo

Las fuentes documentales analizadas por Pérez Moreno revelan que el Molino de Cajur no era solo un centro industrial, sino también una vivienda y un centro de explotación diversificada[7]. Los inventarios de finales del siglo XVIII describen un mobiliario modesto que incluía tres camas de palo de encina, una mesa de cuatro pies y bancos, lo que indica que el molinero y su familia residían en el propio edificio.

Una actividad singular vinculada a este molino fue la apicultura. El «laboratorio» de los monjes cartujos en este enclave incluía la presencia de colmenas y corchos para la fabricación de velas destinadas a las liturgias del monasterio[8]. Este dato revela la multifuncionalidad del espacio y la capacidad de los cartujos para integrar distintas actividades productivas en un mismo enclave.

Asimismo, se documenta la existencia de una inscripción en una de las puertas de la planta superior con el nombre «Juan Prida», identificado probablemente como uno de los molineros que trabajaron en el lugar[9]. Este tipo de graffiti histórico, aunque modesto, aporta una dimensión humana y cotidiana al estudio arqueológico del edificio.

 

4. Régimen de propiedad: de la explotación laica a la concentración monástica

El análisis de la propiedad del molino revela una secuencia compleja, que resulta fundamental para comprender las aparentes discontinuidades documentales. La obra de Pérez Moreno proporciona una documentación exhaustiva de esta evolución[10].

 

4.1. La etapa andalusí y el repartimiento castellano (siglos XIII-XIV)

Como ya hemos indicado, tras la conquista de Alcalá de Guadaíra por Fernando III en 1248, el territorio fue objeto de un proceso de repartimiento entre los caballeros y colonos castellanos. En estos repartimientos aparece mencionada una partida denominada «Al Caxur» o «Alcaizur» , vinculada a Hamet Aben Paxat[11]. No es posible identificar con certeza la estructura mencionada en el siglo XIII con el edificio actual, dado que las continuas reformas y reconstrucciones han modificado sustancialmente su fisonomía original. Lo que sí queda claro es la continuidad del enclave como punto de aprovechamiento del agua a lo largo de los siglos.

 

4.2. La propiedad privada en los siglos XV y XVI

A comienzos del siglo XVI, el molino era una propiedad compartida entre varios titulares. En 1506 se documenta esta situación de copropiedad, que fue resuelta mediante sucesivas operaciones de compra por parte de la Cartuja de Sevilla (Monasterio de Santa María de las Cuevas)[12]. La consolidación definitiva de la propiedad cartuja se produjo en 1511, cuando el monasterio realizó una operación de 500.000 maravedís para adquirir siete séptimas partes del molino[13].

Este proceso de concentración patrimonial no fue excepcional, sino que responde a la política sistemática de la orden cartuja por controlar los recursos hidráulicos del valle del Guadalquivir, esenciales para su red de abastecimiento y comercialización de harina.

 

4.3. Los arrendamientos y la gestión cartuja (siglos XVI-XVIII)

Una vez en manos de la Cartuja, el molino fue explotado mediante un sistema de arrendamiento. Las fuentes documentales permiten conocer algunas de las rentas pagadas por los molineros:

  • En 1562, el molino se arrendó por 28.200 maravedís y un par de gallinas[14].
  • En 1652, la renta había ascendido ligeramente hasta los 28.400 maravedís[15].

Estas cifras, aunque modestas en términos absolutos, deben contextualizarse en la economía de la época y en el hecho de que el molino era una de las múltiples fuentes de ingreso del monasterio.

 

4.4. La capacidad técnica y el rendimiento productivo

El complejo molinero varió su capacidad operativa según el estado de conservación de su maquinaria. Aunque originalmente disponía de tres paradas de piedra, su rendimiento fluctuó a lo largo del tiempo:

  • En 1519 funcionaban solo dos paradas[16].
  • A principios del siglo XVII alcanzó su pleno rendimiento, con las tres paradas completas y un «sobajano» muy abundante (el caudal de agua sobrante que alimentaba los rodeznos)[17].

Las piedras de moler, elemento esencial para la calidad de la harina, se traían de lugares relativamente lejanos, como Teba (Málaga) o Portugal (Cantera Nueva)[18]. Este dato indica la existencia de redes de suministro especializadas y la importancia que se concedía a la calidad del instrumental de molienda.

Un documento excepcional es la declaración de molienda de 1738, que cubre un periodo de 52 semanas. Según este registro, el molino procesó un total aproximado de 93.748 kg de grano en ese año, distribuidos en diferentes periodos de intensidad productiva[19]. Esta cifra permite dimensionar la capacidad real del molino y su importancia en el abastecimiento harinero de la comarca y de la propia Sevilla.

 

5. El sistema hidráulico: manantiales, acequias y riqueza hídrica

El Molino de Cajul debe entenderse como parte de un sistema hidráulico complejo, basado en la regulación y distribución del caudal del Guadaíra. Una de las particularidades de este molino es que, aunque sus aguas vertían al río Guadaíra, su fuente de energía provenía fundamentalmente de los manantiales de la ermita de Santa Lucía[20]. Esta dependencia de manantiales, y no solo del cauce principal, es un rasgo distintivo que lo diferencia de otros molinos de la ribera.

Un informe técnico de la Consejería de Cultura de 2011 (Delegación Provincial de Sevilla, ref. DPPH/JCJB, 3 de agosto de 2011)[21] documenta la existencia de una atarjea o acequia que conducía el agua desde el molino de Cajul hacia el Molino de La Aceña.

La riqueza hídrica de estos manantiales era tal que en 1753 la ciudad de Sevilla pleiteó con la Cartuja para que el agua sobrante de los rodeznos no se desperdiciara y pudiera abastecer a la ciudad a través de «Los Caños»[22]. Este litigio evidencia la importancia estratégica del agua como recurso y las tensiones entre distintos usos (molinero, agrícola y de abastecimiento urbano).

Este complejo sistema incluía:

  • Aliviaderos: Canalizaciones diseñadas para derivar el exceso de agua del cauce de Cajul, con el fin de gestionar el caudal de forma estacional y evitar los daños por avenidas.
  • Pavimentos de carga: Áreas de empedrados y «derretidos» (morteros de cal y arena) situadas en la explanada adyacente, destinadas a las maniobras de transporte de grano y harina, así como al secado de cereales.
  • Conexión con otros molinos: Una de las derivaciones del alivio de Cajul finalizaba en un malecón adyacente al Molino de La Aceña, demostrando una planificación integral del uso del agua a lo largo de la ribera.

Según el citado informe, la acequia se halla parcialmente labrada en el sustrato rocoso, con paredes de ladrillo que alivian directamente sobre el terreno. Su presencia evidencia una organización espacial orientada a la logística productiva, lo que refuerza la interpretación del conjunto como un sistema integrado más que como una unidad aislada.

 

6. Desamortización y declive de la actividad (siglos XIX-XX)

El Boletín de Crédito Público del 6 de junio de 1822 documenta la subasta del molino, descrito como procedente de la Cartuja de Sevilla[23]. En ese momento, el inmueble contaba con tres paradas de piedra y se hallaba inmediato al molino de «la Seña» (denominación antigua de La Aceña). Su tasación alcanzaba los 203.720 reales de vellón, con una renta estimada de 6.111 reales.

 

Texto

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Es preciso señalar, no obstante, que las ventas del Trienio Liberal (1820-1823) fueron anuladas tras la restauración absolutista de Fernando VII en 1823, por lo que el molino retornó a manos eclesiásticas. Su salida definitiva del patrimonio religioso se produciría años más tarde, durante la Desamortización de Mendizábal (1836-1837), momento en el que pasó a propietarios privados de forma irreversible[24].

Tras la desamortización, la actividad del molino decayó progresivamente. Pérez Moreno documenta el último registro de actividad en 1919, con una renta anual de 91 pesetas[25]. Esta cifra, significativamente más baja que las rentas del siglo XVI (ajustadas por inflación y cambios monetarios), refleja el declive irreversible de la molienda hidráulica tradicional frente a las nuevas tecnologías de la Revolución Industrial.

Es preciso señalar, no obstante, que las ventas del Trienio Liberal (1820-1823) fueron anuladas tras la restauración absolutista de Fernando VII en 1823, por lo que el molino retornó a manos eclesiásticas. Su salida definitiva del patrimonio religioso se produciría años más tarde, durante la Desamortización de Mendizábal (1836-1837), momento en el que pasó a propietarios privados de forma irreversible[26].

 

7. Arqueología y leyenda: la inscripción de San Hermenegildo

Un aspecto singular de la arqueología del Molino de Cajur es el hallazgo de una supuesta inscripción romana vinculada a San Hermenegildo. Según las fuentes documentales, en 1624, durante unas obras de limpieza en las minas de agua subterráneas del molino, se informó del hallazgo de una lápida de piedra con una inscripción referente a la prisión y muerte de San Hermenegildo[27].

Los historiadores modernos citados por Pérez Moreno no han podido confirmar la veracidad de este hallazgo, que probablemente forma parte de las tradiciones legendarias asociadas a la presencia de reliquias y mártires en la región[28]. Con independencia de su autenticidad, el episodio es relevante porque muestra cómo el molino y su entorno fueron percibidos, ya en el siglo XVII, como un lugar cargado de significación histórica y simbólica. La supuesta inscripción, de haber existido, se habría reutilizado como material de construcción en el propio edificio, práctica común en la arquitectura tradicional andaluza.

 

8. Conservación y criterios de intervención

El estado actual del molino, caracterizado por un notable deterioro (ruinas, escombros, acumulación de residuos), plantea importantes desafíos en términos de conservación patrimonial. La plataforma ciudadana «Salvemos el Guadaíra» ha denunciado en repetidas ocasiones esta situación de abandono.

La aparición casual de las estructuras hidráulicas durante las obras de reposición de daños en las márgenes (proyecto financiado por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y el Ayuntamiento de Alcalá) planteó un dilema técnico: ¿restaurar y hacer visibles los restos, o protegerlos sin recrear un «falso histórico»?

La recomendación de los arqueólogos Enrique Luis Domínguez Berenjeno y Lara Cervera Pozo, directores del estudio sistemático del patrimonio de la ribera desde 2003[29], fue clara: documentación y protección puntual, respetando la estructura, pero sin visibilizarla artificialmente. Dado que es probable que en origen esta acequia no se hallase visible (sino bajo la solera de la explanada de carga), su «recuperación» escenográfica conduciría inevitablemente a una reconstrucción especulativa.

Por el contrario, las actuaciones previstas en el proyecto —habilitación de un camino de uso público y adecuación integral del espacio— redundan más en la recuperación del entorno para el disfrute ciudadano, sin comprometer la integridad científica de los restos. La integración del molino en proyectos de recuperación ambiental de la ribera ofrece una oportunidad para compatibilizar conservación y uso público, siempre que se respeten los principios de autenticidad y rigor científico.

 

9. Conclusiones

El Molino de Cajul (Cajur) constituye un ejemplo paradigmático de la complejidad histórica del paisaje hidráulico andaluz. Su análisis pone de relieve la necesidad de distinguir entre continuidad del enclave, transformación de las estructuras y cambios en la propiedad.

Lejos de presentar una evolución lineal, su trayectoria refleja la superposición de distintos sistemas económicos y sociales: desde la ingeniería andalusí (con su primer propietario conocido, Hamet Aben Paxat), pasando por la explotación privada y la concentración patrimonial de la Cartuja de Sevilla (que consolidó su propiedad en 1511 mediante una inversión de 500.000 maravedís), hasta la reconfiguración liberal del siglo XIX (con la desamortización y el posterior declive documentado en 1919).

La obra de José Luis Pérez Moreno ha sido fundamental para restaurar su nombre histórico, «Cajur», y para integrar su estudio en una historia global del territorio[30]. Sus investigaciones han aportado datos concretos sobre la capacidad productiva del molino (93.748 kg de grano procesados en 1738), las redes de suministro de piedras de moler (Teba y Portugal), las rentas de arrendamiento (desde 28.200 maravedís en 1562 hasta 91 pesetas en 1919) y las actividades complementarias como la apicultura.

El estado ruinoso del molino contrasta con el rigor técnico de los informes arqueológicos y con la belleza evocadora de la fotografía de González Nandín, un testimonio visual que, gracias al legado de este fotógrafo, perdura como memoria de un paisaje que ya es historia[31].

En la actualidad, su conservación plantea el reto de preservar un patrimonio que es, al mismo tiempo, material, histórico y paisajístico. Protegerlo no implica necesariamente reconstruirlo; a veces, documentar, consolidar e integrar sus restos en el paisaje es la forma más honesta de honrar su memoria y su función originaria. En este sentido, la documentación rigurosa y la integración territorial se perfilan como las estrategias más adecuadas para garantizar su transmisión futura.

 

P.D. Otro de los aspectos relevantes del molino es su conexión con las galerías subterráneas, en particular la galería de Cajul y la denominada galería de Las Pañuelas–Cajul. Estas conducciones forman parte de un sistema más amplio cuya comprensión requiere un análisis específico.

Galería Cajul

 

Galería Cajul – Las Pañuelas



[1] Turismo de Alcalá de Guadaíra, “Molino de la Aceña”. Disponible en: https://www.turismoalcaladeguadaira.es/molino-de-la-acena/

[2] Pérez Moreno, J. L. (2019). Los molinos de Alcalá de Guadaíra: Orígenes, expansión y ocaso (siglos XIII al XX). Alcalá de Guadaíra: Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra. pp. 239-242 y 412.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Turismo de Alcalá de Guadaíra, “Molino de la Aceña”. Disponible en: https://www.turismoalcaladeguadaira.es/molino-de-la-acena/

[6] Fotografía de José María González Nandín y Paúl, c. 1938. Fondo Fotográfico de la Universidad de Sevilla. Sobre el autor: González Nandín (1902-1972) fue un prolífico fotógrafo sevillano cuyo fondo, conservado en la Universidad de Sevilla, abarca desde vistas urbanas y monumentales hasta escenas rurales y etnográficas. 

[7] Pérez Moreno, J. L. (2019). Los molinos de Alcalá de Guadaíra: Orígenes, expansión y ocaso (siglos XIII al XX). Alcalá de Guadaíra: Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra. pp. 239-242 y 412.

[8] Ibidem.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem. 

[13] Ibidem.

[14] Ibidem.

[15] Ibidem.

[16] Ibidem.

[17] Ibidem.

[18] Ibidem.

[19] Ibidem.

[20] Ibidem.

[21] Informe técnico de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Delegación Provincial de Sevilla, 3 de agosto de 2011 (ref. DPPH/JCJB).

[22] Pérez Moreno, J. L. (2019). Los molinos de Alcalá de Guadaíra: Orígenes, expansión y ocaso (siglos XIII al XX). Alcalá de Guadaíra: Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra. 

[23] Boletín de Crédito Público, 6 de junio de 1822 (Subasta de bienes de la Cartuja de Sevilla). Biblioteca Nacional de España.

[24] Pérez Moreno, J. L. (2019). Los molinos de Alcalá de Guadaíra: Orígenes, expansión y ocaso (siglos XIII al XX). Alcalá de Guadaíra: Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra. pp. 239-242 y 412.

[25] Ibidem.

[26] Ibidem.

[27] Ibidem.

[28] Ibidem.

[29] Domínguez Berenjeno, E. L. y Cervera Pozo, L. (2003-2011). *Estudio sistemático del Patrimonio Histórico de la ribera urbana del río Guadaíra* (inédito). Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra.

[30] Pérez Moreno, J. L. (2019). Los molinos de Alcalá de Guadaíra: Orígenes, expansión y ocaso (siglos XIII al XX). Alcalá de Guadaíra: Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra. pp. 239-242 y 412.

[31] Fotografía de José María González Nandín y Paúl, c. 1938. Fondo Fotográfico de la Universidad de Sevilla. Sobre el autor: González Nandín (1902-1972) fue un prolífico fotógrafo sevillano cuyo fondo, conservado en la Universidad de Sevilla, abarca desde vistas urbanas y monumentales hasta escenas rurales y etnográficas.

domingo, 12 de abril de 2026

Aciertos y retos en la plantación de pinos frente a la hacienda de Oromana

 


La reciente plantación de algo más de cinco hectáreas —protagonizada principalmente por pinos piñoneros, junto a otras especies en menor medida— que se extiende desde el antiguo camping de Oromana hasta el cortijo de Olivera, frente a la hacienda homónima, merece no solo una felicitación, sino también un análisis pormenorizado. Y es que esta actuación puede marcar una senda a seguir para todo el municipio.

Que se haya decidido incrementar la masa arbórea en esta zona es, sin duda, una medida muy positiva. Sin embargo, su verdadera relevancia va más allá del número de ejemplares plantados. Nos encontramos ante una actuación clave que comienza a consolidar un área estratégica para el futuro cinturón verde de Alcalá.

Ese anillo de sostenibilidad, que durante años ha sido más un anhelo —y una reivindicación de colectivos como Alwadiira— que una realidad, empieza por fin a tomar forma gracias a decisiones como esta.

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿ha asumido realmente el Ayuntamiento esta reivindicación como propia, o se trata de una actuación aislada? Habrá que seguir de cerca los próximos pasos para comprobar si estamos ante el inicio de un ambicioso proyecto de reforestación o ante una intervención puntual.

Pero la responsabilidad no termina con el acto de plantar. El éxito de esta inversión de futuro depende ahora de la gestión inmediata y de los cuidados posteriores. La administración local debe ser consciente de que la naturaleza no perdona la improvisación ni el abandono. En este sentido, surgen varios interrogantes que requieren respuestas urgentes para evitar que el esfuerzo económico y humano caiga en saco roto.

El primer gran reto es el riego. No basta con dejar los ejemplares a merced de los rigores climáticos. Las altas temperaturas, cada vez más prolongadas, no perdonarán la plantación si no se garantiza un riego sistemático y suficiente durante este primer año crítico. Los técnicos advierten que, de no hacerlo, podríamos perder más del 80 % de las plantas. El primer año es determinante para el establecimiento de las raíces; obviar esta necesidad sería un fracaso ambiental y un despilfarro de recursos públicos.

El segundo reto, igualmente vital, es la protección frente al ganado. Con una altura máxima de sesenta centímetros de media, estos jóvenes pinos son extremadamente vulnerables. La presencia de ovejas en la zona, si no se regula adecuadamente, podría convertir en pocos días el sueño del cinturón verde en un rastro de destrucción. Resulta imprescindible establecer una coordinación con los pastores y buscar soluciones que compatibilicen el pastoreo con la supervivencia de esta repoblación.

Por otro lado, aunque la elección del pino piñonero es adecuada por su buena adaptación al territorio y su valor paisajístico, no podemos pasar por alto una oportunidad desaprovechada. Habría sido muy beneficioso combinar esta masa con especies autóctonas del monte mediterráneo —como encinas, lentiscos, acebuches o palmitos—, ya que no solo habrían incrementado la biodiversidad, sino que también habrían contribuido a generar un ecosistema más resiliente.

Sin embargo, hemos constatado que estas especies se han concentrado en una única zona del ámbito de actuación. Muchas de ellas, además, no han resistido los recientes episodios de calor, agravados por la falta de riego, lo que ha provocado su pérdida.

En conclusión, la plantación de estos pinos es una magnífica noticia y un paso firme hacia el Alcalá sostenible que todos deseamos. Pero para que no quede en una mera anécdota, debemos exigir riego, protección frente al ganado, una visión ecológica más amplia y la limpieza integral de los espacios aledaños, como las ruinas del camping de Oromana. Esperemos que esta administración esté a la altura. Porque Alcalá merece que su cinturón verde no sea solo un proyecto sobre el papel, sino una realidad que perdure para las próximas generaciones.

Francisco José Gavira Albarrán


viernes, 3 de abril de 2026

El Castillo de Alcalá en la lente de Roisin (c. 1930). nº 12


El tiempo transforma los paisajes, pero la fotografía tiene el poder de detenerlo. Una imagen tomada hacia 1930 del castillo de Alcalá de Guadaíra nos ofrece una ventana a un momento en que este monumento emblemático lucía un aspecto muy distinto al actual: más cercano a la ruina romántica que al espacio patrimonial restaurado que conocemos hoy.

La fotografía, atribuida al entorno del reconocido editor y fotógrafo Lucien Roisin Besnard, presenta una amplia panorámica del recinto fortificado. En primer plano, las murallas y las torres, en evidente estado ruinoso, se alzan sobre lo que hoy llamamos patio de armas, entonces surcado por caminos de tierra entre la maleza. En el centro, un burro pastando refuerza la idea de un uso cotidiano y rural del espacio, muy alejado de su actual función cultural y turística.

Al fondo, el caserío de Alcalá se extiende sobre suaves alcores, con viviendas bajas y dispersas. Destaca el Santuario de Nuestra Señora del Águila, componiendo una estampa que resume la estructura tradicional de tantas localidades andaluzas: castillo, iglesia y pueblo.

Más allá de su valor estético, esta imagen posee un profundo interés documental. Refleja el estado del castillo antes de las grandes intervenciones de restauración emprendidas en décadas posteriores, cuando aún conservaba ese aire de abandono que, paradójicamente, hoy nos fascina. Imágenes como esta permiten reconstruir la evolución del monumento y comprender mejor su historia reciente.

El nombre de Roisin va ligado a la difusión masiva de imágenes de España durante la primera mitad del siglo XX. Instalado en Barcelona, su empresa —conocida como “La Casa de la Postal”— llegó a distribuir miles de fotografías de ciudades, pueblos y monumentos. Aunque no todas fueran tomadas directamente por él, su archivo constituye una de las fuentes visuales más importantes para conocer el país de aquella época.

En el caso de Alcalá, estas imágenes no solo documentan el patrimonio, sino también la vida cotidiana que lo rodeaba. El castillo, hoy símbolo identitario y punto de encuentro cultural, fue durante años un espacio integrado en la rutina de los vecinos, ajeno aún a la feria y a su futura revalorización turística.

Recuperar y difundir este tipo de fotografías es, en definitiva, un ejercicio de memoria colectiva. Nos invita a reflexionar sobre cómo ha cambiado nuestro entorno y a valorar la importancia de conservar tanto el patrimonio material como el legado visual que lo acompaña.

Porque en cada imagen antigua no solo hay un paisaje, sino también una historia que sigue viva en la mirada de quienes la contemplan hoy.

Francisco J. Gariva Albarrán

martes, 24 de marzo de 2026

Un mapa de 1920 revela el paisaje del río Guadaíra en Alcalá y el núcleo de las infraestructuras de la Sevilla Water Works.

A veces, la historia no se esconde en grandes monumentos, sino en documentos olvidados que esperan, pacientemente, a que alguien les devuelva la voz. Es el caso de un mapa excepcional, un plano técnico dibujado a mano en 1920 que nos permite asomarnos a las entrañas del sistema que condujo el agua a Sevilla. No es solo un dibujo: es una ventana al pasado industrial, social y paisajístico de Alcalá de Guadaíra, una tierra moldeada por el líquido elemento.

Este mapa, elaborado por la compañía inglesa The Seville Water Works Company Limited, no es una simple pieza de archivo. Es la crónica de una transformación. En su esquina superior izquierda, aún puede leerse su título original: «Conducción desde las Aceñas hasta Adufe».

A pesar del desgaste de más de un siglo, el plano conserva una calidad asombrosa. El río Guadaíra serpentea con detalle milimétrico, rodeado de nombres como son los molinos medievales: Las Aceñas, Cahuz, San Juan, Vadalejo, Realaje, del Fraile o del Álamo. Estos ingenios, que durante siglos usaron la fuerza del río para moler grano, fueron un motor económico de Alcalá desde la Edad Media.

Pero lo que hace este documento fascinante no es solo lo que muestra, sino cómo lo muestra. El mapa contiene algunas imperfecciones: algunos molinos están mal situados o incluso duplicados. El de Cahuz aparece donde debería estar el de Las Aceñas, y el de San Juan se dibuja en dos sitios distintos; donde le corresponde y en el lugar del molino de Benarosa.

Sin embargo, el elemento más llamativo es una línea roja continua que cruza el mapa de punta a punta. No es un capricho del delineante: representa la columna vertebral del proyecto. Su destino final era el Adufe, una estación de bombeo que se convertiría en la pieza clave de todo el engranaje hidráulico que permitía abastecer de agua a Sevilla.

Junto a ella, el plano dibuja un paisaje hoy en parte desaparecido que va mucho más allá de las infraestructuras. No solo vemos galerías, sino la vida que palpitaba a su alrededor: una venta, el chalé de "El Recreo", un vivero, el imponente castillo de Alcalá, la estación de tren y una red de caminos rurales. También aparecen propiedades con nombre propio, como el olivar y huerta de la familia La Portilla, una fábrica de harinas, de la misma familia, pionera en la provincia, o la huerta de Las Pañuelas. El mapa es, en definitiva, un retrato complejo de un territorio vivo, indisolublemente unido al río.

Este extraordinario plano no puede entenderse sin su contexto: la huella británica en Sevilla. A finales del siglo XIX, la ciudad dependía de un sistema obsoleto de pozos, fuentes y los medievales Caños de Carmona. La población crecía, pero el agua no.

Fue entonces cuando The Seville Water Works Company Limited consiguió la concesión. Los ingenieros británicos modernizaron por completo el ciclo del agua, captando manantiales en Alcalá y Mairena del Alcor. Su obra maestra fue la Estación de Bombeo de Adufe Bajo (1885), una joya de la arquitectura industrial. Su misión: elevar el agua desde los depósitos secundarios de Zacatín, La Judía y Villalba hasta el gran depósito de Adufe Alto. Este último, conocido popularmente como La Catedral del Agua o La Catedral Sumergida, se convirtió en el corazón del sistema, desde donde el agua viajaba por gravedad hasta las fuentes de Sevilla.

El plano de 1920 es el testimonio gráfico de aquella epopeya. Sus líneas rojas nos hablan de galerías, tuberías y bombas, sí, pero también de inteligencia, de ambición y de la lucha por dominar un recurso esencial, eso sí, a costa de nuestras aguas, las del acuífero de Los Alcores o Sevilla - Carmona.

Hoy, cuando el agua vuelve a estar en el centro de todos los debates, recuperar documentos como este no es un mero ejercicio de nostalgia. Es un acto de memoria necesario. Mirar al pasado nos ayuda a comprender los desafíos que nuestras ciudades enfrentaron, con acierto o no, para garantizar un derecho tan básico como el acceso al agua potable.

El plano de la Conducción desde las Aceñas hasta Adufe permanece, un siglo después, como una ventana abierta a ese mundo perdido. Sus trazos nos hablan de un río domesticado, de un paisaje en transformación y de un pasado hidráulico que, gracias a estos documentos, podemos recuperar antes de que el agua (y el tiempo) se lo lleven para siempre.

Francisco José Gavira Albarrán

 

martes, 17 de marzo de 2026

VIII Un documento notarial de 1854 revela cómo se resolvían las deudas agrarias contraídas con el Marqués de Gandul, D. José Pacheco y Aragón.

 

Escritura notarial

Un documento notarial fechado el 17 de marzo de 1854 en Sevilla permite conocer con detalle cómo se gestionaban las deudas, las propiedades agrícolas y los arrendamientos en la campiña sevillana a mediados del siglo XIX. La escritura, recientemente transcrita a partir de un manuscrito original, recoge un acuerdo entre el Marqués de Gandul, D. José Pacheco y Aragón, el propietario D. Manuel Taboada y el colono D. Francisco de Paula Reyna, en torno a un molino de aceite y varias fincas situadas en el término de Arahal.

El documento se redactó para poner fin a un litigio judicial. El Marqués de Gandul había iniciado un procedimiento contra Manuel Taboada en el Juzgado de Primera Instancia de Marchena por el impago de los réditos de un censo que gravaba varias propiedades, entre ellas un molino de aceite situado en la calle Sevilla de Arahal. La deuda acumulada incluía más de nueve años de pagos atrasados.

Ante la posibilidad de que el proceso judicial terminara con la ejecución de los bienes, las partes decidieron llegar a un acuerdo amistoso que posteriormente se formalizó ante notario. Este tipo de acuerdos, conocidos como transacciones, eran habituales en la época para evitar largos y costosos pleitos.

La solución: entregar la gestión de las fincas

El acuerdo establecía que Manuel Taboada reconocía la deuda y entregaba temporalmente la posesión de sus bienes al Marqués de Gandul mediante una figura jurídica conocida como prenda pretoria. En la práctica, esto significaba que el Marqués pasaba a administrar las propiedades —el molino, olivares y algunas casas— y a percibir sus rentas hasta recuperar el dinero que se le debía.

La deuda total fijada en el acuerdo ascendía a 25.000 reales, suma que incluía tanto los atrasos como los gastos necesarios para reparar el molino de aceite, que según el documento se encontraba en mal estado de conservación.

Mientras durara esta situación, Taboada conservaría el título sobre los bienes, pero el Marqués tendría el control de su explotación económica.

Un arrendamiento para mantener el molino en funcionamiento

Para asegurar la actividad de la finca, el Marqués arrendó el molino y los olivares a Francisco de Paula Reyna, vecino de Arahal. El contrato se estableció por seis años, con una renta anual de 5.000 reales.

El documento describe con detalle las obligaciones del arrendatario, que debía encargarse del mantenimiento del olivar y del molino. Entre otras tareas, debía labrar la tierra, limpiar los olivos periódicamente y realizar pequeñas reparaciones en la maquinaria del molino. Además, asumía los riesgos derivados de malas cosechas o fenómenos naturales, algo frecuente en los contratos agrarios del siglo XIX.

El texto también incluye una liquidación de cuentas de las rentas anteriores del molino. Tras descontar diversos pagos y contribuciones, el arrendatario entregó 18.426 reales al Marqués de Gandul, cantidad que se incorporó al proceso de pago de la deuda.

Firma del Marqués de Gandul

Un reflejo de la economía local del siglo XIX

Más allá de su valor jurídico, el documento ofrece una interesante ventana al pasado económico de Arahal. La presencia de olivares, molinos de aceite y arrendamientos agrícolas confirma la importancia del olivar en la economía local ya en el siglo XIX.

Asimismo, el texto muestra cómo convivían diferentes actores sociales: grandes propietarios vinculados a la nobleza, administradores o poseedores de bienes vinculados y colonos encargados de trabajar la tierra.

La transcripción del documento no ha estado exenta de dificultades. Al tratarse de un manuscrito del siglo XIX, algunas palabras resultan difíciles de interpretar y podrían haber sido copiadas de forma imprecisa. No obstante, el contenido general permite reconstruir con bastante claridad las relaciones económicas y jurídicas que articulaban la vida rural de la época.

AHP

Signatura 16545 f. 219r

Oficio 23. Juan Fernández Santa Cruz

17.03.1854

Transacción y arrendamiento de molino y olivar. Marqués de Gandul y Manuel Taboada a Fco. de Paula Reyna. 

Francisco José Gavira Albarrán


domingo, 8 de marzo de 2026

Un mapa de Las Aceñas: paseo por un tramo de la ribera histórica del Guadaíra

Un antiguo plano, trazado a escala 1:2500, nos asoma a un fragmento del río Guadaíra que ya no existe tal como fue plasmado en el mapa. El documento, titulado Hacienda de Las Aceñas, es mucho más que un testimonio cartográfico: constituye un inventario de la memoria, un catastro y la prueba fehaciente de cómo el agua y el trabajo humano se entrelazaron para esculpir un paisaje único.

Gracias a la reinterpretación de sus anotaciones, hoy podemos reconstruir virtualmente este territorio y sumergirnos en su historia. Lo que el plano desvela no es únicamente un río, sino un auténtico museo al aire libre de arqueología rural.

La escala elegida —1:2500— resulta especialmente reveladora. No nos hallamos ante una visión panorámica de grandes territorios, sino ante un levantamiento minucioso, casi catastral. Probablemente fue elaborado —como sugiere el sello de EMASESA— por la compañía inglesa de aguas con fines eminentemente prácticos: la gestión del caudal, la delimitación de propiedades y el control de los aprovechamientos hidráulicos.

Esta precisión topográfica nos permite conocer no solo la toponimia de los lugares —en ocasiones puede que equivocada—, sino también su función y su vínculo directo con el río.

El Guadaíra vertebra el plano, y a su alrededor se despliega una impresionante constelación de arquitectura del agua. El Molino de Aceña de Cartuja, el Callejón de San Juan —que conducía primero al molino homónimo y después al de Berarosa—, o el Molino de Cahuz (o Cajul) aprovechaban la fuerza motriz de la corriente, este último de un arroyo.

Junto al cauce principal, el plano dibuja una compleja red de irrigación que delata la existencia de una agricultura de huerta intensiva. Se señala expresamente una atarjea —canal o acequia principal, a menudo cubierta— y sus correspondientes tomas de agua. Este trazado evidencia un sistema organizado de reparto, aún reconocible sobre el terreno, donde cada propietario tenía derecho a abrir un caz para desviar el caudal hacia sus tierras.

El documento menciona también una acequia y una noria. Pero la referencia más enigmática es, sin duda, la de un túnel. Podría tratarse del acceso a una galería o mina de agua destinada a conducirla hacia la acequia.

La ribera del Guadaíra aparecía parcelada en distintas huertas, cada una con su personalidad y su historia: huerta de Santa Lucía, que toma su nombre de la desaparecida ermita homónima, cuyas ruinas estaban desaparecidas cuando se levantó el plano, huerta de Ballesteros, topónimo vinculado probablemente a una familia propietaria, que hoy la conocemos como Huerta de la Joaquinita y huerta de Pañuelas y Olivar Bajo, que reflejan la diversidad de cultivos y aprovechamientos característica de la ribera.

El plano también consigna el Olivar de la Portilla, ligado a una familia que llegó a poseer importantes propiedades en el entorno: el convento de San Francisco, los molinos del Algarrobo, San Juan y las Heras, además de los pinares de Oromana.

Por último, la Hospedería de Cartuja actúa como un punto de referencia fundamental en la planimetría. No era un molino ni una huerta, sino un lugar evoca acogida para viajeros y, muy probablemente, para los propios monjes de la cartuja cuando se desplazaban a inspeccionar sus propiedades. En esos momentos, probablemente, residencia de Carlos A. Friend, de la Water Work Company.

Su presencia subraya el papel del río no solo como fuente de riqueza económica, sino también como corredor de comunicación y espacio de tránsito, donde lo sagrado y lo cotidiano convivían.

Este plano, con su escala de 1:2500 y su caligrafía esmerada, constituye en realidad un auténtico palimpsesto. Bajo sus trazas se ocultan siglos de historia: el impulso económico de la orden cartuja, el ingenio de los molineros, el trabajo paciente de los hortelanos, la enigmática ermita Santa Lucía y la vida cotidiana que discurría por el callejón de San Juan.

Reconstruir este paisaje a partir de sus nombres es, en cierto modo, un ejercicio de arqueología. Nos recuerda que el territorio que hoy pisamos es solo la última capa de una larga historia y que, bajo el albero o el abandono, aún resuenan los ecos de un mundo que supo aprovechar cada gota del Guadaíra para convertir su ribera en un vergel de industria y agricultura.

Francisco José Gavira Albarrán


jueves, 5 de marzo de 2026

Una postal del Pinar de Oromana (1905): paisaje, pintura y memoria de Alcalá

 

Postal de la colección digital de Antonio Gavira Albarrán

Entre los muchos testimonios gráficos que ayudan a reconstruir la historia de Alcalá de Guadaíra, las postales de principios del siglo XX ocupan un lugar especialmente valioso. No solo difundían la imagen del municipio fuera de sus fronteras, sino que también captaban escenas del paisaje y de la vida cotidiana.

Una de estas piezas muestra el “Pinar de Alcalá de Guadaíra”, dentro de la serie titulada Paisajes andaluces. En el pie de la imagen puede leerse claramente la indicación editorial: “COLECCIÓN A BLANCO Y NEGRO – NÚM. 2”. Por sus características tipográficas y técnicas, la imagen puede situarse aproximadamente entre finales del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, en torno a 1900.

La escena representa el Pinar de Oromana, uno de los parajes más emblemáticos del entorno de Alcalá. En primer plano se elevan varios pinos, cuyos troncos verticales organizan la composición. El terreno aparece rocoso y con charcos de agua retenida entre las piedras, probablemente de unas recientes lluvias. A un lado del camino avanza una mujer campesina acompañada de un burro, una imagen sencilla que refleja la vida rural del entorno alcalareño en aquella época.

El paisaje reproduce una obra del pintor sevillano Manuel García y Rodríguez (1863-1925), uno de los grandes paisajistas andaluces del cambio de siglo. Formado en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, García y Rodríguez obtuvo reconocimiento en varias Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y destacó por sus escenas de campo y de ribera, caracterizadas por una cuidada atención a la luz y al ambiente natural.

El artista formó parte del grupo de pintores que frecuentaron el entorno del Guadaíra para pintar al aire libre, lo que con el tiempo se conocería como la Escuela de Alcalá de Guadaíra. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el paisaje alcalareño —con sus pinares, molinos, barrancos y orillas del río— se convirtió en un auténtico taller natural para numerosos artistas.

Pero esta postal contiene además un detalle especialmente humano: una dedicatoria manuscrita a lápiz fechada el 11 de marzo de 1905. Bajo el texto aparece la firma Mario Gorostay (parece), probablemente la persona que envió o dedicó la postal.

El verso dice:

Por la senda olvidada del mundo

sigue firme y tranquilo… (la última palabra no distingue)

Que es virtud un tesoro profundo,

Que quien anda por ella, disfruta.

Esta pequeña postal de 1905, que contiene una cuarteta moral de autoría probablemente improvisada por el remitente, se ha convertido hoy en un valioso documento de la memoria local de Alcalá. En ella convergen tres dimensiones de la historia: el paisaje natural del emblemático Pinar de Oromana, la mirada artística de los pintores que lo inmortalizaron y la voz cotidiana de quienes lo recorrían hace más de cien años. Así, una simple imagen dedicada nos recuerda que, más de un siglo después, aquellos caminos y rincones ya inspiraban tanto a artistas como a paseantes, consolidándose como un símbolo eterno de la identidad alcalareña.

lunes, 2 de marzo de 2026

NOTA DE PRENSA LA PLATAFORMA EN DEFENSA DE LOS ALCORES VALORA MUY POSITIVAMENTE LA CESIÓN DE TERRENOS DEL CAMPAMENTO DE LAS CANTERAS AL AYUNTAMIENTO DE ALCALÁ DE GUADAÍRA

 


Los colectivos ecologistas y patrimonialistas celebramos el acuerdo y felicitamos al equipo de gobierno, a la espera de conocer los detalles definitivos.

La Plataforma en Defensa de Los Alcores, integrada por colectivos ecologistas y patrimonialistas de la comarca, valora de forma muy positiva el reciente acuerdo anunciado por el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra para la obtención de dos parcelas del antiguo Campamento de Las Canteras, situadas en la zona arqueológica de Gandul.

La recuperación de estos terrenos, que albergan elementos tan singulares como la Cueva del Vaquero, el Tholos de Las Canteras y el Mausoleo Circular, supone un avance histórico, largamente esperado y absolutamente necesario para la ciudadanía. Desde la Plataforma queremos felicitar al equipo de gobierno por este importante logro, a la espera de conocer los detalles concretos del acuerdo para poder realizar una valoración completa y asegurar que el proceso culmine con la protección integral y efectiva del enclave.

El antiguo campamento militar conserva un patrimonio arqueológico de primer orden. En su subsuelo se localizan cinco villas romanas, enterramientos de época romana, enterramientos tartésicos orientalizantes —como los túmulos de Bencarrón— y sepulturas calcolíticas, entre ellas la Cueva de los Vaqueros y los Tholos de Las Canteras.

A este extraordinario valor histórico se suma un notable patrimonio natural, con presencia de eucaliptos, naranjos, higueras, moreras, chumberas, retamas, palmitos y lentiscos, así como una destacada riqueza florística en la que sobresalen cuatro especies de orquídeas del género Ophrys y dos del género Orchis, entre ellas la rara variedad Orchis collina flavescens, de muy escasa presencia en Andalucía. Esta diversidad vegetal favorece, además, la presencia de aves poco habituales en otros puntos del término municipal, como el pico picapinos y el pito real.

Desde el punto de vista geológico, el enclave alberga un sobresaliente sistema kárstico, con la mayor dolina de Los Alcores y un pequeño pero notable torcal, lo que incrementa su valor científico, educativo y paisajístico.

Para la Plataforma, el conjunto del antiguo campamento representa un extraordinario espacio de disfrute público que, junto a la Vía Verde, La Mesa, El Toruño y Gandul, conforma una pieza estratégica del futuro Parque Cultural de Los Alcores. Un proyecto clave para poner en valor, desde criterios de sostenibilidad, el inmenso legado patrimonial, histórico y natural de la comarca, generando nuevas oportunidades culturales, educativas y turísticas.

MEDIDAS URGENTES: CONDICIONES IMPRESCINDIBLES

A la espera de conocer los pormenores del acuerdo, recordamos que esta cesión debe ir acompañada de una serie de actuaciones imprescindibles para garantizar la conservación real y efectiva del enclave:

  • Culminación del expediente BIC: Exigimos a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía que finalice, 35 años después, el procedimiento de declaración de la Zona Arqueológica de Gandul como Bien de Interés Cultural (BIC), iniciado en 1991 y aún inconcluso.
  • Estudio arqueológico exhaustivo: No existe una recopilación completa y actualizada de la información arqueológica disponible. Reclamamos la elaboración de una nueva carta arqueológica integral, con la participación de la Universidad y de las asociaciones especializadas.
  • Plan Especial de Protección: La zona debe contar con un instrumento urbanístico y patrimonial específico que integre sus valores arqueológicos, naturales y paisajísticos, y que se articule con la futura declaración de Los Alcores como Zona Patrimonial.
  • Garantía de uso público: El objetivo último debe ser la apertura controlada del espacio al estudio, la divulgación y la visita ciudadana, garantizando que no primen intereses especulativos ni usos privativos.

La Plataforma recuerda que el extraordinario patrimonio arqueológico del entorno de Gandul no ha sido estudiado con la profundidad que merece y que, desde los puntos de vista antropológico, social, económico, estético e informativo, persiste una preocupante falta de investigación y una casi nula puesta en valor de este legado.

En estos momentos, el principal obstáculo para articular una gran ruta cultural y natural que permita disfrutar plenamente de nuestro patrimonio más valioso sigue siendo la presión de la industria armamentística, unida a décadas de inacción institucional en defensa del patrimonio y del medio ambiente. Por ello, celebramos este avance, pero permaneceremos vigilantes para que no se quede en un mero cambio de titularidad sin consecuencias reales.

 

Fecha: 25 de febrero de 2026

Para más información o gestión de entrevistas:

Plataforma en Defensa de Los Alcores

parqueculturallosalcores@gmail.com
Facebook:https://www.facebook.com/people/Plataforma-en-Defensa-de-Los-Alcores/61576719926660/

 

 

El Molino del Arrabal desde el Castillo del Alcalá. Ramón Almela. nº 10



La fotografía, tomada desde el Castillo de Alcalá de Guadaíra, ofrece una amplia panorámica del río Guadaíra y del Molino del Arrabal, captando con gran detalle el paisaje fluvial y el entorno rural de Alcalá de Guadaíra a comienzos del siglo XX. En primer término, se aprecian restos de muralla y estructuras defensivas del castillo, mientras que en la parte inferior del encuadre se distinguen los tejados y dependencias del molino, rodeados de vegetación de ribera y ballado de pitas.

La imagen fue realizada por Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del también fotógrafo Francisco Almela, quien desde muy joven dirigió el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Especializado en fotografía itinerante, Almela documentó vistas urbanas, monumentales y escenas costumbristas, difundidas principalmente mediante tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dotaron a muchas de sus obras del característico tono sepia. Su producción constituye hoy una fuente visual fundamental para el estudio de la evolución urbana, social y paisajística de Sevilla y su provincia.

La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán, y representa un valioso testimonio histórico del patrimonio cultural y natural de Alcalá de Guadaíra.