El marqués asumió la dirección de la villa en un
periodo marcado por su decadencia. En 1840, debido a la escasa población, se
suprimió de facto la jurisdicción del término de Gandul, que quedó incorporado
a Alcalá de Guadaíra. Recordemos que la abolición oficial del régimen señorial tuvo
lugar en 1837. Como se ha señalado, Gandul era, en esencia, un cortijo bajo el
control absoluto del marqués. Una de sus primeras acciones fue apropiarse de la
dehesa de propios de la villa. A pesar de los esfuerzos del Cabildo alcalareño
por recuperarla, incluso mediante apelaciones al rey, no lo lograron[1].
El desenlace de este pleito refleja la influencia política y social que el
marqués ejercía en Sevilla, ante todo tipo de estamentos, incluido el judicial.
Su actividad empresarial fue notable. El 25
de mayo de 1846, se constituyó la «Sociedad Ecuestre Sevillana de
Emulación», dedicada a la cría caballar, de la cual encabezó la directiva.
Con el objetivo de promover la mejora de la raza equina, clave para la
aristocracia y el ejército. Al año siguiente, en 1847, actuó como
jurado en un concurso ganadero celebrado en la plaza de toros de Sevilla,
organizado por el Ayuntamiento, donde se mostraron ganados vacuno, caballar y
lanar.
A finales de 1850, presidió la junta de acreedores censualistas del
caudal de propios de la villa de Osuna.
En 1854, participó en la creación de
la Junta de Mayores Contribuyentes y Propietarios del término de Alcalá
de Guadaíra, cuyo objetivo era gestionar el paso del ferrocarril
Cádiz-Sevilla por la localidad. Se formó una comisión integrada por el marqués,
Félix del Castillo, la Casa Portilla Hermanos y Manuel Masa Rosillo, quienes
viajaron a Cádiz para negociar con el concesionario del proyecto, Sánchez
Mendoza, ofreciendo una subvención para garantizar la variante.
Ese mismo año, fue jurado en la Exposición Agrícola, Industrial y de
Bellas Artes de Sevilla (15-25 de abril), función que repitió en 1858 en
una nueva edición del evento.
Para entonces, ya era reconocido como uno
de los principales criadores de caballos de la provincia de Sevilla,
aunque había abandonado la ganadería brava. Un artículo del Boletín de
Loterías y de Toros (1859) analizó el declive de las ganaderías
andaluzas, entre ellas, la del marqués, atribuyéndolo a la pérdida de tierras de
propios y comunales de los pueblos:
«con solo un módico canon
anual satisfacían sus vecinos ganaderos, sostenían las piaras llamadas de
consejo, valían en renta las dehesas y cerrados de dominio particular
insignificantes sumas , porque aquellos no tenían necesidad de ocuparlas con
sus ganados, y sí solo las poseían los tenedores de gran número de cabezas, que
de tiempo inmemorial las disfrutaban; pero desde el momento en que se roturaron
los terrenos del común y se repartieron para pan sembrar á los braceros
licenciados del ejército, faltó, como era consiguiente , la mancomunidad de
pastos, y obligó á aquellos que tenían recursos y contaban con suficiente
número de ganados á solicitar con gran empeño los terrenos eriazados de dominio
libre. Visto por sus poseedores las instancias y ofertas de grandes sumas,
pusieron en juego las subastas en sus contratos, resultando, como era de
esperar, que la dehesa ó cerrado que hace treinta y cinco años ganaba en
arrendamiento ocho ó diez mil reales, en la actualidad vale la friolera de
treinta ó cuarenta mil.»
«Como es
consiguiente, los cerrados deben estar cercados de gavia y vallas: estas
costaban antiguamente el módico precio de cuatro ó cinco reales una, y en la
actualidad, debido al extraordinario valor que ha tomado la madera de pino,
cuesta cada valla de diez y ocho á veinte reales, por cuyas razones han
disminuido considerablemente las ganaderías vacunas con destino a la crianza de
toros, y es la causa principal de la carestía de ellos.»
«Varios
son los motivos que asisten á la mala calidad do los toros que se lidian hoy,
comparados con los que so lidiaban en la época que llevo citada.».
«El
primero es el valor fabuloso á que se vende un toro, cansa porque, en lugar de
destinar á la labor la mitad del número de becerros que se tientan, se, destina
un corto número, á veces los que entera -monta son mansos, porque sabido es que
un novillo domado vale cincuenta y cinco ó sesenta duros, y un toro se realiza
en cuatro mil reales.».
«El
segundo consiste en que ese gran valor le da impulso al ganadero para que venda
sus toros antes de cumplir la edad competente para su buena lidia, y como dista
poco tiempo desde el en que se tentaron hasta la época en que se corren, en el
momento de probar el hierro recuerdan lo que les hicieron en aquella y se huyen
del castigo.».
«Y el
tercero lo motivan la pérdida de las buenas castas y de los terrenos selectos
por su buena yerba para la cría de toros, que hoy están roturados y destinados
á la labor, corroborando este aserto el adjunto catálogo de las antiguas
ganaderías andaluzas, comparadas con las que hoy existen.
El texto también señalaba el
encarecimiento de los materiales para cercados y la disminución de la calidad
de los toros, debido a su venta prematura y la pérdida de tierras aptas para
cría.
Finalmente, en 1863,
la prensa publicó un anuncio sobre el arrendamiento de un molino de
aceite en Arahal y un cercado de olivar de 76 aranzadas, gestionado
por el marqués en su residencia sevillana de la calle Murillo, 18. La oferta se
repitió durante varios días, evidenciando su continua actividad en la
administración de propiedades rurales.
Este periodo refleja la
transición del marqués de Gandul de un modelo señorial a uno empresarial,
adaptándose a los cambios económicos y legales de la época mientras consolidaba
su influencia en la región.
La entrevista amorosa.
Del castillo de Gandul,
con marlota y albornoz,
sale el arrogante Abdalla
en un fogoso trotón.
Se dirige al de la Mota,
donde lo espera su amor:
la bellísima Algasania,
joven de gracia y candor.
Ya atravesó el río Corbones
con su alazán nadador;
ya se mira en el castillo,
a los pies de un torreón.
Saluda a Algasania bella,
embargado en ilusión,
diciéndole con voz clara,
expresiva y de pasión:
"Tengo huerta de naranjos,
anchas vegas de labor,
de higuerales cuerdas mil,
de olivas, larga porción.
Blancos rebaños sin cuento,
yeguadas de gran valor,
muchos graneros henchidos
de rubio trigo precoz.
Tengo lechos de marfil,
más bellos que el mismo sol;
termas de alabastro fino,
labradas con gran primor.
Tengo sofaes de oro,
sobre alfombras de Sidón,
ricos brocados soberbios,
con brillantes del Mongol.
Tengo grandes territorios
que mi padre conquistó
con los filos de su alfanje
en los campos del honor.
¡Algasania de mi vida!
¿Quién más dichoso que yo?
Ni el arrogante Boabdil,
ni el intrépido Almanzor.
Todo es tuyo, linda mora,
y también mi corazón,
que nació para quererte,
que para amarte nació."
Esto dijo el rey Abdalla,
y alegre a Gandul volvió
cuando asomaba entre flores
de la aurora el claro albor.
En 1870, Gandul seguía figurando
dentro de los límites fiscales de Sevilla,
aunque su importancia política y económica había menguado notablemente. Sin
embargo, en un intento por recuperar parte de su antiguo esplendor, el
marqués retomó la actividad ganadera de reses bravas.
El 7 de octubre de 1877,
seis toros de su hierro se lidiaron en la plaza de Sevilla, pero la función no
tuvo el éxito esperado. Esta corrida se enmarcaba dentro la romería del Santo
Cristo de Torrijo, que aprovecharía el nuevo arzobispo para organizar una
«procesión a la catedral con toda la pompa y majestad que su elevado cargo
exige; a cuyo acto el Excmo. Ayuntamiento, gobernador de la provincia y demás
autoridades concurrieron.». Los aficionados más veteranos aún recordaban la
mala calidad de sus reses en el pasado, y la plaza quedó medio
vacía.
La crónica del diría lo siguiente de la corrida:
«La corrida celebrada el domingo
último en Sevilla valió poco por lo que respecta al ganado, del señor marqués
de Gandul, estando Jaqueta poco trabajador, y saliendo del paso de cualquier
modo. Fernando Gómez Gallito, que tomó la alternativa, demostró gran deseo y
bregó sin descanso, pasando bien de muleta y aprovechando para herir. Dio un
gran cambio á cuerpo limpio que le valió muchísimas palmas. Los banderilleros,
sin hacer nada notable, sobresaliendo Cuatrodedos y de los picadores, ninguno
castigó, llegando los toros á la muerte casi sin sangre en el morrillo.»
En 1884 continúa con el negocio de los toros,
dado que la prensa recoge que un toro del marqués de Gandul es el responsable
de la cogida de D. Antonio Miura en su cortijo del Cuarto, en Tablada.
Unos días más tarde de su fallecimiento, la tarde
del 12 de mayo, D. Antonio Miura tuvo la desgracia de ser cogido por un toro
que le había vendido el marqués de Gandul. El accidente se produjo en el
cortijo de Cuarto, sito en Tablada, Sevilla.
A pesar de las malas críticas, el marqués
persistió en el negocio taurino. En 1884, la prensa recogió un
suceso trágico: un toro de su ganadería corneó a D. Antonio Miura en
el cortijo del Cuarto (Tablada), demostrando una vez más la imprevisibilidad y
peligrosidad de sus reses. Al parecer:
«…no podía ser amarrado por los hombres a
quienes esto se les había encargado. Miura, tratando de ayudarles, desmontó del
caballo, y al ir a coger al toro por la cola, éste le embistió y le cogió
repetidas veces. A consecuencia de los golpes, Miura perdió el conocimiento, y
en grave estado se le condujo a la venta de Guadaíra, donde se le sangró;
pasado algún tiempo, se le llevó a su casa de Sevilla…»;
Otra versión nos dice que:
«…Miura se apeó del caballo que montaba con el
objeto de derribar un toro de la ganadería del señor marqués de Gandul, que se
encontraba sujeto por una cuerda y que se trataba de conducir al matadero: pero
en el momento de cogerle la cola el Sr. Miura, el toro rompió la cuerda y
volviéndose con la velocidad del rayo, lo volteó por tres veces consecutivas,
ocasionándole terribles golpes en la cabeza, que le privaron del conocimiento.
Según un telegrama de última hora, el Sr. Miura se encuentra fuera de peligro.»
Este periodo refleja el declive
definitivo de la ganadería de Gandul, que, pese a los esfuerzos por
revitalizarla, nunca logró recuperar el prestigio perdido. Su historia quedó
como un eco lejano de un pasado más glorioso, en el que el marquesado había
sido sinónimo de poder y riqueza.
El VI marqués de Gandul ejemplifica la adaptación
de la aristocracia terrateniente al liberalismo económico. Aunque perdió
privilegios señoriales, supo mantener su estatus mediante la gestión
empresarial de sus propiedades, la participación en proyectos modernizadores y
el aprovechamiento de las oportunidades que ofrecían las desamortizaciones. Su
legado no fue el de un gran magnate, sino el de un noble pragmático que
supo navegar los cambios de su tiempo.
Francisco José Gavira Albarrán.
Boletín de loterías y de toros (Madrid) 8-11-1859, n.º
454, p.2.