sábado, 1 de enero de 2022
Ruta: Matallana, El cortijo de La Viuda, el cordel de Mairena, el arroyo de Guadairilla, el Cordel de Gallegos, la hacienda de La Palma, el cortijo de La Armada, Guadalperal, un yacimiento arqueológico y los proyectos fotovoltaicos que afectarán a la zona.
sábado, 26 de junio de 2021
El arroyo de El Novillero y un pozo artesiano como testigo de la cultura del agua.
La ruta que te
proponemos tiene siete kilómetros, es circular y
la puedes realizar tres horas, incluyendo las paradas. Desde Alcalá
de Guadaíra, tomaremos la carretera de Morón. Una vez que hemos pasado el
puente de La Vega, a la altura del rancho de Bulnes, que lo veremos a la
izquierda, cruza la Cañada Real de Morón. En este punto giraremos a la derecha
para acceder a la parte alta del descansadero de Trujillo, donde se puede dejar
estacionado el coche. [1]
Dependiendo de la
estación, la ruta presenta más o menos dificultades. En un invierno lluvioso
resultará más complicado seguir el curso del arroyo; y en verano, dadas
las altas temperaturas, aconsejamos aprovechar las primeas horas del día.
Nosotros anduvimos por allí a primeros de mayo, con una temperatura agradable y
un cielo completamente despejado.
El primer tramo, de un
kilómetro y medio, discurre por el camino de El Pozo de la Bomba,
que comienza inmediatamente a la izquierda de donde hemos dejado el coche. A
nuestro paso, la tierra calma la vimos cubierta de trigales ya granados que
empezaban a amarillear, y de girasoles, con un verde intenso, aún sin las
panochas que los caracterizan. Después de dejar atrás una granja y algunas
palmas en los bordes del camino llegamos al arroyo de El Novillero,
que, en este punto, como casi siempre, no llevaba agua.
Ese día tomamos el
margen derecho del arroyo, en dirección a la corriente. En los primeros 200
metros, en la fresca hierba, abundaban los caracolillos que conocemos
popularmente como blanquillos y las cabrillas. La inexistente vegetación
arbórea y arbustiva, salvo algún taraje solitario, permitía que los
cardos, el carrizo y la avena loca fueran los protagonistas y el
refugio para jilgueros, verdones y una gama de insectívoros, que, con su canto,
amenizaron nuestra marcha. Alguna perdiz levantó el vuelo a nuestro paso.
En la orilla opuesta a
nuestra marcha, la presencia de un olivar nos motivó a cambiar de margen, cosa
que hicimos sin dificultad. El arroyo continuaba sin agua. En el siguiente
kilómetro, la vegetación se hizo cada vez más abundante. Después de dejar atrás
una “pasá”, que permitía vadearlo, y un imponente eucalipto que
divisábamos ya desde lejos, llegamos al cortijo de Las Llamas o del
Estanquero, como aparece en el topográfico de 1872 y otros posteriores,
aunque algunos lo conocen como el rancho de Manuel Lara. Aquí tuvimos que
cambiar de margen debido a un vallado del cortijo que se prolongaba
internándose en la cerrada vegetación del arroyo.
En este nuevo tramo,
de 1,3 kilómetros, abundan las zarzas, las higueras y los eucaliptos,
el espino majuelo, algunos almendros, olmos, rosales, entre otras especies que
conforman un entorno selvático impenetrable. El agua se hizo presente en el
cauce en aquellos puntos donde la maleza nos permitió aproximarnos. En estos
puntos pudimos observar el lodo revuelto y huellas que delataban la presencia
de jabalíes en la zona.
En la espesura
distinguíamos, con dificultad, unos paredones de tapial, a los que nos fue
imposible acercarnos debido a la impenetrable pantalla vegetal donde
predominaban las zarzas. Según parece, pertenecieron a una
antigua zahúrda [3],
ya en ruinas en los años cuarenta del pasado siglo [4].
Unos metros más adelante, también invisible desde el margen de la espesura,
resistiendo el paso del tiempo, aún permanecen en pie unos paredones de lo que
pudo ser la casa, conservándose el hueco de una ventana con su marco de madera,
abrazada por higueras y olmos.
A poco metros de allí,
a la derecha del arroyo, entre olivos, el cortijo de Los Manantiales,
un nombre muy apropiado dada la abundancia de agua en la zona [5].
El arroyo cruza la cañada de Benagila, que, a modo de presa,
permite allí la presencia de una lámina de agua casi todo el año. Desde la
cañada, hasta la desembocadura en el río Guadaíra, el agua discurre
exclusivamente en los períodos de lluvias. [6]
Después de abandonar
su curso, durante unos metros, continuamos hasta su desembocadura en el
Guadaíra. Este tramo conserva algunos olmos y tarajes. El 3 de febrero de
2013, el grupo ecologista Alwadi-ira-Ecologistas en Acción, plantó en la zona
190 ejemplares de almeces, fresnos y acebuches, que no llegaron a prosperar
debido a un incendio intencionado que tuvo lugar unos meses más tarde.
En la desembocadura del arroyo estuvimos parados un momento disfrutando del cauce del río Guadaíra, rodeados de una abundante vegetación.
Finalmente,
continuamos por su margen en dirección al puente de La Vega o Trujillo.
Es de destacar la estampa desconocida que, desde aquí, se tiene del castillo
de Marchenilla. Constatamos que la vegetación de ribera ha prosperado:
sauces, álamos, olmos, tarajes, entre otros, que combinando con una abundante
flora se propagaba desde la orilla a los trigales, margaritas, amapolas,
carihuelas, cardos, entre otras.
Desde el puente de La
Vega o Trujillo, subiremos en dirección a la fuente del El Perro y desde allí
al coche.
Desembocadura de El Novillero en el Guadaíra.
[1] Desde
aquí parten tres vías pecuarias: el cordel de Marchenilla, la cañada Real de
Morón y la cañada de Benagila; también el camino de El Pozo de la Bomba.
[2] Que
debería estar catalogado y protegido en el PGOU.
[3] Según
el Mapa Nacional Topográfico y Parcelario, elaborado por el Instituto
Geográfico y Catastral en 1945.
[4] Mi
padre cuenta que a mediados del pasado siglo ya estaba en ruinas.
[5] Frente
al cortijo de Los Manantiales se encontraba el conocido como Rancho Cueto, que
contaba con pozo, pilón, pila y horno, según el Mapa Nacional Topográfico y
Parcelario, elaborado por el Instituto Geográfico y Catastral en 1945, y que,
al parecer, sería vendido a Pedro Gutiérrez por los Cuetos.
[6] Ídem, se le nombra arroyo de La Estrella.
martes, 13 de abril de 2021
Por la cañada de Benagila y los caminos de Guadalperal a la dehesa de Gallegos
La
ruta tiene nueve kilómetros, es circular y no presenta ninguna dificultad. Se puede realizar en tres horas incluyendo las
paradas para sacar fotos y disfrutar de los parajes agrícolas y naturales.
Desde
Alcalá tomaremos la antigua A-376, dirección Utrera. A dos kilómetros y medio
se encuentra la hacienda de Mateo Pablo [i].
El coche hay que dejarlo en un descansadero situado frente a la hacienda. Desde
allí parten, en direcciones opuestas, el cordel del Rayo, la cañada de
Matalageme y la cañada de Benagila.
Hay que aprovechar este tiempo de finales de invierno y comienzo de la primavera, con temperaturas más agradables, para recorrer un itinerario con paisajes únicos.
El primer tramo discurre en dirección noreste por la cañada de Benagila [ii]. A nuestra espalda, dejaremos la hacienda; a la derecha, la gañanía, distante de nosotros unos 150 metros; y a nuestra izquierda, un padrón compuesto por tuyas, acacias, chumberas, lentiscos, acebuches y cipreses, que dejan entrever un añejo naranjal.
A poco de comenzar veremos un pozo distante unos 40 metros de la vía pecuaria. Luego, un núcleo vegetal compuesto por higueras, acebuches y palmas, coronando un talud, vestigio de una antigua calera, casi imperceptible entre el follaje, que fue utilizada para satisfacer las necesidades de óxido de calcio de la hacienda, la cal. Desde esta atalaya, sembrada de restos cerámicos que pudieran pertenecer a una villa romana, la vega aparece ante nosotros cubierta con un manto verde de trigales. Donde no es así, diferentes tonos de ocres esperan las sementeras del garbanzo y el girasol. Y distinguiremos, en la cornisa de Los Alcores, el color albero de la hacienda de Zafra y el cortijo de Maestre.
También
nos impactará un imponente palomar cilíndrico, de estilo barroco,
jalonado con una veleta, del que se dice fue construido para satisfacer a la
realeza en sus visitas y estancias a la hacienda de Mateo Pablo, centradas en
la cacería. Sea como fuere, lo cierto es que aún tenemos la oportunidad de
contemplar algo insólito, que debería ser catalogado y protegido. [iii]
Continuando
nuestra marcha, flanqueados por olmos, llegaremos a un humedal plagado de
acebuches, lentiscos, eucaliptos y una abundante tipología de herbáceas, donde
antaño estuvo la conocida como huerta de Benagila. Este oasis de
vida vegetal, refugio de numerosas aves, tiene una extensión aproximada de
cuatro hectáreas y, dadas las incursiones del arado en su perímetro, no parece
que tenga garantizada su permanencia. [iv]
Estamos
transitando por una antigua dehesa que perteneció al Consejo de Alcalá,
conocida con el nombre de Guadalperal y que se extendía a
ambos lados del arroyo de Guadairilla. En este tramo, la anchura de la cañada
de Benagila se ha visto reducida a su mínima expresión, dos o tres metros,
cuando deberían ser 90 varas castellanas, 75,22 metros [v].
De paso, también, han fulminado cualquier tipo de vegetación arbórea y
arbustiva.
Cuando
alcancemos el camino de Cuesta Carretilla, lo cogeremos a la
derecha, abandonando la vía pecuaria. El arroyo de Guadairilla lo vamos a tener
a nuestra izquierda durante 1,7 km., hasta un punto donde es posible
aproximarnos a su cauce.
En
la ribera predominan los eucaliptos, aunque también es
significativa la presencia de olmos, álamos, acebuches, lentiscos, zarzas,
rosales silvestres, espinos majuelos… Entre los árboles y arbustos es posible
ver zarzaparrilla, aristoloquia, rubia peregrina, amor del hortelano,
candilitos, arum, acelga silvestre, nueza negra, brionia… y un manto de nidos
de gorrión moruno desprendidos por el viento desde lo alto de los eucaliptos.
Bosque de galería en el arroyo de Guadairilla.
Después
de adentrarnos unos minutos en la tupida arboleda del arroyo, desandaremos unos
200 metros, hasta situarnos en la entrada de un camino particular,
perpendicular al de Carretilla, cuya entrada es custodiada por un
longevo piruétano o peral silvestre, Pyrus bourgaeana.
Con
el permiso oportuno, tomaremos este camino. Vamos en dirección sureste, con
tierra calma a ambos lados y una atarjea a la derecha, vestigio de pretéritos
regadíos. Ocasionalmente, contaremos con la presencia de alguna acacia. A estas
hazas se las conocen con el sugerente nombre de El Pozancón.
Así,
sin darnos cuenta, iremos tomando altura hasta llegar a un naranjal,
perimetralmente abrazado por una hilera de cipreses. Aquí merece la
pena hacer un alto en el camino para disfrutar, una vez más, de las vistas de
Guadalperal, ya con una luz renovada y un ángulo diferente. Un cielo azul
surcado por el vuelo de alguna rapaz.
En
este punto giraremos a la izquierda para ir bordeando los naranjos hasta
adentrarnos en la dehesa de Gallegos. [vi]
La
dehesa de Gallegos cuenta con un importante núcleo de encinas bien
conservadas y rebosantes de salud. Al pie de cada una de ellas han prosperado
lentiscos y acebuches, mostrando una estampa poco común en nuestro término
municipal. En un extremo, algunos ejemplares de pino piñonero, dignos de ser
incluidos en el catálogo de árboles singulares, constituyen el soporte ideal
para el tic-tac del picapinos, el único ruido que altera la paz entre olores a
jara y menta poleo, en un espacio verdaderamente hermoso. Cuenta con una
antigua vivienda, custodiada por un par de almendros y una higuera, una
cochinera aneja y un pozo con una trágica leyenda, únicos vestigios de otra
época mucho más rural.
Regresaremos junto a los cipreses, para continuar por el camino que traíamos, hasta salir de la finca. Los naranjos permanecerán a nuestra izquierda, luego unos olivos y, a nuestra derecha, tierra calma. Dejaremos la gañanía, la hacienda de Mateo Pablo, una antigua venta, quedarán atrás la cañada de Benagila, los caminos de Guadalperal, el Guadairilla y nos emplazaremos para regresar, sin duda, en otro momento. Saramago dejó dicho que “un viaje no es más que el inicio de otro”.
[i] La hacienda debe su nombre a su primer
dueño, Mateo Pablo Díaz de Lavadero, marqués de Torre
Nueva, título que le fue concedido por Felipe V, del que fue ministro de
Hacienda, entre otros muchos cargos. Se casa con Manuela Petronila
Urtusáustegui y Fernández Hidalgo, de una familia natural del valle vizcaíno de
Gordejuela. “El origen de la hacienda se remonta a comienzos del siglo XVIII,
en concreto a 1722, cuando debió iniciarse la construcción de su caserío, que
se concluiría hacia 1733. Tiene 500 hectáreas. Estando la Corte en Sevilla, por
complacencia, venían SS.MM. a esta hacienda a cazar y solazarse (Lampérez)”.
En: Cortijos, haciendas y lagares de la provincia de Sevilla, p.368.
“Tradicionalmente
ha sido una explotación mixta, con una importante presencia del olivar, tierra
calma, huerta y ganado, e incluso una pequeña extensión de pastizales y monte”.
[ii] La vía pecuaria Cañada de Benagila discurre
entre la antigua carretera Madrid – Cádiz (A-376) hasta el Descansadero de
Trujillo. https://juntadeandalucia.es/boja/2002/127/71
[iii] Dentro del artículo 445 del PGOU: “Relación y
fichas de edificios y elementos con Protección Estructural.”
[iv] También debería protegerse en el PGOU.
[vi] En 1918 contaba con una extensión de 7
kilómetros cuadrados, prolongándose hasta el lugar conocido como Bujadillo.



























