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lunes, 27 de abril de 2026

Un viaje al pasado de Alcalá: la estampa del Puente Romano y el Tren de los Panaderos desde las faldas del Castillo. VI

 


Una pequeña joya gráfica, conservada en el I.E.S. Conde Diego Porcelos, nos invita a detener el tiempo y asomarnos a la Alcalá de Guadaíra de principios del siglo XX. Se trata de una fotografía montada sobre cartulina decorativa, enmarcada con un elegante motivo ornamental en rojo, característico de la época, que constituye un valioso testimonio de la memoria visual de la ciudad.

La imagen, obra del prestigioso fotógrafo sevillano Ramón Almela (1870–1925), ofrece una panorámica excepcional en la que convergen naturaleza, ingeniería y vida cotidiana. Desde las faldas del castillo, la composición revela un paisaje que, aunque reconocible, ha sufrido profundas transformaciones con el paso del tiempo.

En primer término, destaca el perfil del Arco de San Miguel, testigo silencioso de siglos de historia. Tras él se alza la imponente estructura del puente conocido popularmente como “romano”, hoy denominado oficialmente Puente de Carlos III o de Jesús Nazareno. Aunque la tradición le atribuye un origen antiguo, los estudios históricos sitúan su fábrica actual en época posterior al siglo XV, probablemente sobre un antiguo vado donde pudo existir una estructura previa de origen romano. La fotografía de Almela resulta especialmente valiosa por mostrar el puente antes de las importantes reformas acometidas en el siglo XX.

Sin embargo, el elemento que otorga a la imagen un valor histórico singular es el viaducto ferroviario que discurre paralelo al río Guadaíra. Por él transitaba el célebre “Tren de los Panaderos”, inaugurado en 1873 para conectar Alcalá con Sevilla. Más que un simple medio de transporte, este ferrocarril se convirtió en un motor cultural: facilitó la llegada de pintores, fotógrafos e intelectuales atraídos por la luz y los paisajes de los pinares y riberas alcalareñas, contribuyendo al surgimiento de la conocida Escuela Paisajística Alcalareña.

El río Guadaíra, apacible, atraviesa la escena bajo el puente, mientras que a la derecha se distingue la silueta del Molino de la Tapada, símbolo de la tradición harinera local. En primer plano, pitas y olivos enmarcan la composición, aportando un carácter típicamente mediterráneo. Al fondo, el caserío asciende hacia los Pinares de Oromana, ya entonces un apreciado espacio de recreo para vecinos y visitantes.

El legado de Ramón Almela

La autoría de la imagen corresponde a Ramón Almela, heredero de una destacada saga de fotógrafos. Hijo de Francisco Almela, asumió desde joven la dirección del estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Su labor como fotógrafo itinerante contribuyó decisivamente a difundir la imagen de Sevilla y su provincia a través de tarjetas postales y álbumes. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que confieren a sus obras el característico tono sepia. Su producción constituye hoy un archivo visual imprescindible para comprender la evolución urbana y paisajística del territorio.

Esta fotografía, integrada en el archivo digital de Antonio Gavira Albarrán —investigador y ecologista alcalareño recientemente homenajeado—, trasciende su condición de simple imagen antigua. Es, en esencia, un espejo en el que redescubrir la Alcalá de los panaderos, de los pintores y de un río que, lejos de separar, articulaba la vida económica y cultural de la ciudad.

Francisco José Gavira Albarrán

 

jueves, 5 de marzo de 2026

Una postal del Pinar de Oromana (1905): paisaje, pintura y memoria de Alcalá

 

Postal de la colección digital de Antonio Gavira Albarrán

Entre los muchos testimonios gráficos que ayudan a reconstruir la historia de Alcalá de Guadaíra, las postales de principios del siglo XX ocupan un lugar especialmente valioso. No solo difundían la imagen del municipio fuera de sus fronteras, sino que también captaban escenas del paisaje y de la vida cotidiana.

Una de estas piezas muestra el “Pinar de Alcalá de Guadaíra”, dentro de la serie titulada Paisajes andaluces. En el pie de la imagen puede leerse claramente la indicación editorial: “COLECCIÓN A BLANCO Y NEGRO – NÚM. 2”. Por sus características tipográficas y técnicas, la imagen puede situarse aproximadamente entre finales del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, en torno a 1900.

La escena representa el Pinar de Oromana, uno de los parajes más emblemáticos del entorno de Alcalá. En primer plano se elevan varios pinos, cuyos troncos verticales organizan la composición. El terreno aparece rocoso y con charcos de agua retenida entre las piedras, probablemente de unas recientes lluvias. A un lado del camino avanza una mujer campesina acompañada de un burro, una imagen sencilla que refleja la vida rural del entorno alcalareño en aquella época.

El paisaje reproduce una obra del pintor sevillano Manuel García y Rodríguez (1863-1925), uno de los grandes paisajistas andaluces del cambio de siglo. Formado en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, García y Rodríguez obtuvo reconocimiento en varias Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y destacó por sus escenas de campo y de ribera, caracterizadas por una cuidada atención a la luz y al ambiente natural.

El artista formó parte del grupo de pintores que frecuentaron el entorno del Guadaíra para pintar al aire libre, lo que con el tiempo se conocería como la Escuela de Alcalá de Guadaíra. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el paisaje alcalareño —con sus pinares, molinos, barrancos y orillas del río— se convirtió en un auténtico taller natural para numerosos artistas.

Pero esta postal contiene además un detalle especialmente humano: una dedicatoria manuscrita a lápiz fechada el 11 de marzo de 1905. Bajo el texto aparece la firma Mario Gorostay (parece), probablemente la persona que envió o dedicó la postal.

El verso dice:

Por la senda olvidada del mundo

sigue firme y tranquilo… (la última palabra no distingue)

Que es virtud un tesoro profundo,

Que quien anda por ella, disfruta.

Esta pequeña postal de 1905, que contiene una cuarteta moral de autoría probablemente improvisada por el remitente, se ha convertido hoy en un valioso documento de la memoria local de Alcalá. En ella convergen tres dimensiones de la historia: el paisaje natural del emblemático Pinar de Oromana, la mirada artística de los pintores que lo inmortalizaron y la voz cotidiana de quienes lo recorrían hace más de cien años. Así, una simple imagen dedicada nos recuerda que, más de un siglo después, aquellos caminos y rincones ya inspiraban tanto a artistas como a paseantes, consolidándose como un símbolo eterno de la identidad alcalareña.

lunes, 2 de marzo de 2026

El Molino del Arrabal desde el Castillo del Alcalá. Ramón Almela IV



La fotografía, tomada desde el Castillo de Alcalá de Guadaíra, ofrece una amplia panorámica del río Guadaíra y del Molino del Arrabal, captando con gran detalle el paisaje fluvial y el entorno rural de Alcalá de Guadaíra a comienzos del siglo XX. En primer término, se aprecian restos de muralla y estructuras defensivas del castillo, mientras que en la parte inferior del encuadre se distinguen los tejados y dependencias del molino, rodeados de vegetación de ribera y ballado de pitas.

La imagen fue realizada por Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del también fotógrafo Francisco Almela, quien desde muy joven dirigió el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Especializado en fotografía itinerante, Almela documentó vistas urbanas, monumentales y escenas costumbristas, difundidas principalmente mediante tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dotaron a muchas de sus obras del característico tono sepia. Su producción constituye hoy una fuente visual fundamental para el estudio de la evolución urbana, social y paisajística de Sevilla y su provincia.

La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán, y representa un valioso testimonio histórico del patrimonio cultural y natural de Alcalá de Guadaíra.

jueves, 19 de febrero de 2026

El Castillo de Alcalá según Ramón Almela: III

La fotografía muestra una vista del Castillo de Alcalá de Guadaíra a comienzos del siglo XX, captada por Ramón Almela. Se trata de una imagen en blanco y negro que documenta el aspecto del recinto y su avanzado deterioro.

En primer plano se observa un terreno irregular, cubierto de vegetación baja. Sobre él se alzan los macizos muros de tapial y mampostería, con grandes volúmenes cúbicos que corresponden a distintas torres del castillo. Varias de estas estructuras presentan grandes huecos, derrumbes y grietas, que evidencian el abandono y el paso del tiempo. 

En la parte inferior izquierda aparecen dos figuras humanas, probablemente vecinos o visitantes, cuya presencia sirve para dar escala a la monumentalidad de las ruinas. 

La composición transmite una sensación de silencio, abandono y solemnidad, acentuada por la sobriedad del blanco y negro. La imagen no solo tiene valor estético, sino también documental, ya que permite conocer el estado del castillo antes de su recuperación patrimonial, reflejando su importancia histórica y arquitectónica dentro del paisaje de Alcalá de Guadaíra.

Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del fotógrafo Francisco Almela, dirigió desde joven el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Fue un fotógrafo itinerante especializado en vistas urbanas, monumentales y costumbristas, difundidas principalmente a través de tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dieron tono sepia a muchas de sus obras. Su legado constituye hoy un archivo visual esencial para estudiar la evolución del urbanismo en Sevilla y su provincia. La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán.


lunes, 16 de febrero de 2026

Crónica de un Martes Santo: Visita al paraje del Arroyo del Almendrillo, cuenca del río Guadaíra (3 de abril de 2016)

Cuando el día 3 de abril, martes Santo, un grupo de amigos acudimos a las sierras de Morón para conocer el arroyo del Almendrillo, uno de los arroyos que será objeto de estudio dentro del proyecto multidisciplinar sobre la cuenca alta del río Guadaíra, no pudimos quedar más que asombrados ante tanta belleza.

           Accedimos al lugar desde la carretera de Morón de la Frontera a Pruna. Habíamos recorrido unos diez kilómetros cuando nos desviamos por un carril, la vía pecuaria Cordel de Olvera Antigua; unos minutos más tarde, Pablo detuvo el vehículo junto al camino.


Bajamos del todoterreno en medio de una verde llanura cerealista, rodeada de pequeñas elevaciones cubiertas de dehesas de encinas y matorral. El arroyo Delgado, prácticamente deforestado, recorría el lugar buscando una salida entre los cerros circundantes, Los Yesos, La Romanilla, Reina Marín...

Iniciamos el sendero persiguiendo sus escasas y limpias aguas y fuimos penetrando en una hermosa vaguada, solo transitada por animales, donde la vegetación se hizo más densa. El camino discurría junto al arroyo, que ahora lucía majestuoso, donde no faltaba el quejigo, el aladierno, el espino majoleto, la madreselva...

Al poco, un nuevo curso de aguas se sumó al que traíamos, formando el arroyo de Las Mozas, y juntos continuaron su tranquilo discurrir hacia su hermano mayor, el Talavera.


Tras salvar un pequeño vado, donde descubrimos restos de presencia de la esquiva nutria, salimos de este bello rincón dando paso a unos trigales alomados y, reconociendo allá a lo lejos, en el sureste el Cerro de La Plata, nos vino a la memoria la grata jornada de senderismo del 24 de diciembre de 2005, cuando, tras el esfuerzo realizado hasta su cima, pudimos ver a nuestros pies unas praderas verdes moteadas de encinas, numerosos arroyos, pequeños quizás, pero embelleciendo el entorno y, mirando hacia el horizonte nuestras manos parecían alcanzar otras sierras más lejanas, Lijar, Grazalema, El Tablón...

En la tarde soleada de la joven primavera continuamos nuestro recorrido, entre animados comentarios, atravesando el arroyo de La Encarnación, hacia el del Almendrillo, donde una nueva sorpresa, no la última, nos depararía la jornada. Una alta alameda, aún sin cubrir, y a sus pies una exuberante pradera, donde alguna orquídea, poco decidida, despuntaba entre el herbazal y, en cada álamo, un nido de pájaro carpintero.

Tras un breve descanso decidimos retornar, no sin antes visitar otra joya de esta sierra, el arroyo del Lentisquillo. ¡Qué hermosas orquídeas pudimos admirar! ¡Hasta cinco especies distintas, algunas espectaculares!

Así llegamos a un pequeño bosquecillo de quejigos de ribera. Penetramos en él y tuvimos la sensación de haber pasado a otro tiempo, a otro lugar. ¿Serán así los bosques septentrionales? Una capa de hojarascas cubría el suelo, moteado de jacintos.

La tarde ya había envejecido cuando volvimos a cruzar el arroyo de la Encarnación. Lo fuimos acompañando un buen rato, mientras las sombras de tarde se apoderaban de los fresnos y quejigos de la ribera. Tras salvar un pequeño puerto, vimos a lo lejos el todoterreno que debía llevarnos nuevamente a Morón. La jornada estaba llegando a su fin.

La tarde había sido magnífica; en buena compañía habíamos disfrutado, en plena naturaleza, del río Guadaíra, pero comprendíamos que era muy difícil que otras personas llegaran a conocer algún día estos parajes. Nosotros habíamos tenido que salvar cuatro vallados metálicos y aun así, había sido necesario que Pablo consiguiera permiso para transitar por aquellos lugares. No podíamos olvidar las palabras de Pablo a cerca de los propietarios de las fincas serranas. Estos se consideran dueños de toda la sierra, de los caminos, vías pecuarias, riberas e incluso de los animales.

 Antonio Gavira Albarrán


sábado, 7 de febrero de 2026

Crítica a la Arqueología Andaluza en la Época de Bonsor (Finales del Siglo XIX - Inicios del XX)

 


La labor de George Bonsor, aunque excepcional en su contexto, se desarrolló dentro de un panorama arqueológico andaluz caracterizado por profundas limitaciones teóricas, metodológicas y éticas. Una crítica estructural a esta etapa revela varias problemáticas fundamentales:

1. Paradigma "Anticuaria" y Busca del Objeto Museable

La arqueología se entendía principalmente como una "caza de tesoros" (treasure hunting). El valor se medía por la belleza, completitud y potencial expositivo de las piezas (cerámica pintada, joyas, esculturas), ignorándose sistemáticamente los materiales "no nobles" (líticos, huesos, fragmentos cerámicos comunes) y los contextos de hábitat. Esto generó una visión sesgada y monumental de las culturas pasadas, centrada en la muerte (necrópolis) y el arte, y ciega a la economía, la vida cotidiana y la organización social.

2. Método Excavador Destructivo y Falta de Sistematicidad

Aunque Bonsor fue una excepción relativa, la norma era la excavación en trinchera o por pozos, sin control estratigráfico real. Se priorizaba llegar rápidamente a los "niveles interesantes" (enterramientos, cimientos), destruyendo sin registro las secuencias superiores. La documentación era anecdótica: escasos diarios, planos imprecisos y una casi nula descripción de los estratos. Esto hizo que innumerables yacimientos fueran irreversiblemente perdidos para la ciencia, aunque sus "tesoros" acabaran en museos.

3. Marco Teórico: Difusionismo y Prejuicios Coloniales

La interpretación dominante era difusionista y jerárquica. Cualquier avance cultural (urbanismo, escritura, cerámica a torno) se atribuía automáticamente a colonizadores fenicios o griegos, considerados "civilizadores". Las poblaciones autóctonas (tartesias, íberas) eran vistas como receptoras pasivas, negándoseles capacidad de innovación. Este enfoque reflejaba los prejuicios coloniales de la época y obstaculizó durante décadas el estudio de los procesos de aculturación, resistencia y desarrollo interno.

4. Ética Patrimonial: Expolio, Coleccionismo y Mercado

No existía una legislación protectora efectiva. El expolio era una práctica generalizada y socialmente aceptada, tanto por aficionados locales como por "viajeros románticos" y coleccionistas extranjeros. Se creó un floreciente mercado negro de antigüedades que alimentó museos europeos y norteamericanos, desvinculando los objetos de su contexto y significado. Incluso arqueólogos serios, como el propio Bonsor, participaban en este mercado para financiar sus trabajos, una contradicción ética inconcebible hoy.

5. Falta de Institucionalización y Cientificidad

La arqueología era una actividad de eruditos aficionados, anticuarios y aventureros, sin formación reglada ni vínculos universitarios sólidos. No había proyectos de investigación planificados a largo plazo, sino campañas puntuales dependientes del mecenazgo o el interés individual. La falta de una escuela arqueológica andaluza hacía que los avances fueran personales y no se transmitieran de forma sistemática.

6. Visión Fragmentada y Descontextualizada del Paisaje

No existía el concepto de "paisaje arqueológico". Los yacimientos se estudiaban como islas aisladas, sin comprender sus interrelaciones territoriales, económicas o culturales. Esto impidió entender a Los Alcores, por ejemplo, como un sistema complejo de poblados, necrópolis, canteras y vías de comunicación.

Conclusión: El Contexto de Bonsor

En este contexto, la figura de George Bonsor destaca como una notable excepción, pero no como una ruptura. Sus críticas deben dirigirse, por tanto, más al paradigma general de su tiempo que a su persona. Su mérito radica en haber aplicado, dentro de ese marco deficiente, un nivel de rigor, documentación gráfica y voluntad de conservación in situ (con el museo de Carmona) que lo sitúan muy por encima de la media de sus contemporáneos.

La crítica a la arqueología de su época subraya que, aunque se salvaron muchos objetos, se perdió irremediablemente una ingente cantidad de información contextual. Este es el gran drama científico del periodo: se coleccionaron piezas, pero se destruyeron yacimientos. La evolución posterior de la disciplina hacia la arqueología estratigráfica, procesual y contextual es, en gran medida, una reacción contra las limitaciones de este modelo "antiguario" que dominaba en la Andalucía de finales del siglo XIX.

 

sábado, 31 de enero de 2026

El Castillo de Alcalá de Guadaíra en 1932. Fotografía de José Ramón Mélida y Alinari.


La fotografía del Castillo de Alcalá de Guadaíra tomada en 1932 por José Ramón Mélida y Alinari representa mucho más que una simple imagen arquitectónica. Esta instantánea en blanco y negro, con su composición enmarcada por un arco que dirige la mirada hacia la fortaleza, captura un momento crucial en la historia del patrimonio alcalareño. Las figuras humanas visibles a pie de muralla, al menos diez, testimonian la vida cotidiana que transcurría junto al monumento en los albores de la Segunda República.

Mélida (1856-1933) representaba la culminación de la tradición erudita decimonónica española y su transición hacia la arqueología científica moderna. Como director del Museo Arqueológico Nacional (1916-1930) en los años previos a la República, había impulsado la profesionalización de la disciplina. Su fotografía del castillo formaba parte de un trabajo sistemático de documentación que publicaría ese mismo año en el Boletín de la Real Academia de la Historia. «Arqueólogo, historiador y novelista. Fue el séptimo de once hermanos, algunos de ellos con buenas dotes artísticas como Arturo arquitecto y escultor o Enrique, pintor, lo que le hizo estar en contacto con el arte desde muy pequeño.»[1]

A los 76 años, Mélida encarnaba la continuidad institucional en un momento de profunda transformación política. Su enfoque metodológico combinaba el rigor documental con una sensibilidad histórica que valoraba tanto el monumento como su contexto humano y paisajístico.

El Castillo de Alcalá, declarado Monumento de Interés Histórico-Artístico en 1924 durante la dictadura de Primo de Rivera, llegaba a la República con protección legal, pero con los desafíos propios de un país en transformación. Andalucía, con su riqueza patrimonial, se convertía en laboratorio de las políticas culturales republicanas.

La Ley del Tesoro Artístico Nacional de 1933, promovida por el gobierno republicano, establecía por primera vez un sistema integral de protección del patrimonio. Esta legislación coincidía temporalmente con el trabajo de Mélida, reflejando un nuevo enfoque donde la documentación fotográfica sistemática se convertía en herramienta fundamental de conservación.

El año 1932 se situaba en el período reformista de la República, caracterizado por:

  1. -        Intensos debates sobre la reforma agraria, especialmente relevante en Andalucía
  2. -        Aprobación del Estatuto de Cataluña, que impulsaba debates autonómicos
  3. -        Tensiones entre modernización y tradición que afectaban a la percepción del patrimonio
  4. -        Desarrollo de políticas educativas y culturales que incluían la protección monumental

En este contexto, el castillo representaba no solo un vestigio histórico, sino un símbolo de identidad local en proceso de redefinición. La fotografía de Mélida capturaba el monumento en un momento de relativa estabilidad antes de los convulsos años que seguirían.

El Castillo de Alcalá de Guadaíra se alzaba como testimonio de siglos de historia andaluza:

  1. -        Orígenes islámicos: Construcción principalmente almohade (siglos XI-XII)
  2. -        Adaptación cristiana: Reformas tras la conquista en 1247
  3. -        Función estratégica: Control del camino entre Sevilla y Granada
  4. -        Sistema defensivo integrado: Formaba parte de un conjunto más amplio con murallas urbanas

Su valor patrimonial residía no solo en su arquitectura, sino en su integración con el paisaje del valle del Guadaíra y su relación con el desarrollo urbano de Alcalá.

La fotografía de 1932 representa un punto de equilibrio entre:

  1. Tradición erudita representada por Mélida
  2. Modernización técnica mediante la fotografía documental
  3. Contexto político de reforzamiento de la protección patrimonial
  4. Continuidad vital del monumento en la vida cotidiana

Tristemente, esta etapa de documentación y protección quedaría interrumpida por el golpe de estado y la Guerra Civil (1936-1939), durante la cual muchos monumentos andaluces sufrirían daños o abandono.

La imagen del Castillo de Alcalá nos llega así, como testimonio de un momento en que España intentaba conciliar modernidad y tradición, documentando su patrimonio para las generaciones futuras en un contexto de profundas transformaciones políticas y sociales.

Foto digital archivo Antonio Gavira Albarrán



[1] Biblioteca Nacional de España.


domingo, 18 de enero de 2026

Molino de San Juan

 

Esta fotografía, producida por el sello editorial CLICHÉ COTÁN, representa una vista del Molino de San Juan y constituye un ejemplo significativo de la producción masiva de postales ilustradas de comienzos del siglo XX. La imagen muestra el edificio en un estado previo a las restauraciones acometidas a lo largo del siglo XX, permitiendo apreciar con claridad la solidez de su arquitectura y su integración natural en el paisaje. El molino se alza junto al propio cauce del río, rodeado de vegetación de ribera, bajo un cielo despejado que refuerza la sensación de serenidad y permanencia. Podemos observar el arranque del canal que construyó la familia de La Portilla para encauzar el agua del río hasta la fábrica de harinas.

La postal posee un notable valor documental y patrimonial, ya que:

  1. Documenta un estado pretérito del monumento: fija la apariencia del Molino de San Juan en las primeras décadas del siglo XX, mostrando su silueta erosionada por el paso del tiempo, pero aún imponente, antes de las intervenciones de restauración.
  2. Forma parte de la memoria visual colectiva: gracias a la amplia difusión de las postales de CLICHÉ COTÁN, imágenes como esta se consolidaron como referentes visuales de Alcalá de Guadaíra, contribuyendo de manera decisiva a la construcción de su identidad paisajística y patrimonial.
  3. Constituye un testimonio de una práctica editorial histórica: ejemplifica el papel fundamental de la fotografía como medio de difusión del patrimonio monumental y paisajístico en una época anterior a la fotografía digital, al turismo de masas y a los actuales sistemas de comunicación visual.

El característico tono azulado o sepia de la copia —dependiente de la técnica de reproducción empleada— añade una dimensión evocadora que intensifica la sensación de nostalgia y distancia temporal, subrayando su condición de ventana abierta a un pasado ya desaparecido.

CLICHÉ COTÁN fue uno de los principales editores de postales del ámbito andaluz, especialmente activo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Su producción se caracterizó por una cuidada selección de vistas urbanas, monumentales y paisajísticas, así como por una notable capacidad de distribución, lo que permitió que sus imágenes circularan ampliamente tanto a nivel local como nacional. Gracias a esta labor editorial, hoy se conservan valiosos testimonios gráficos de edificios, entornos y escenas cotidianas que, en muchos casos, han sufrido profundas transformaciones o han desaparecido.

Así, esta imagen no es únicamente una representación del Molino de San Juan, sino un fragmento esencial de la memoria visual e histórica de Alcalá de Guadaíra, y un ejemplo destacado del papel que la fotografía y la postal ilustrada desempeñaron en la conservación simbólica del patrimonio. Archivo digital de Antonio Gavira Albarrán.

jueves, 8 de enero de 2026

El Castillo de Alcalá según Ramón Almela: II

 

La fotografía del Castillo de Alcalá de Guadaíra captada por Ramón Almela a comienzos del siglo XX es un ejemplo elocuente de su manera de entender la fotografía como documento histórico. Lejos de la postal pintoresca o del encuadre efectista, Almela opta por una visión directa, sobria y estructural, en la que la arquitectura se impone al paisaje sin desligarse de él.

La imagen muestra una vista lateral y elevada del Castillo de Alcalá de Guadaíra, recortado con fuerza sobre el cielo. La fortaleza se despliega horizontalmente a lo largo de la cresta del cerro, con sus torres macizas, lienzos de muralla almenados y volúmenes prismáticos claramente definidos. La ausencia de edificaciones modernas refuerza la lectura monumental del conjunto.

En primer plano se extiende la ladera natural del cerro, cubierta de vegetación baja y terreno irregular, sin caminos ni intervenciones visibles, lo que subraya el carácter aislado y defensivo del castillo. La composición es sobria y equilibrada: el paisaje ocupa casi dos tercios de la imagen y conduce la mirada hacia la arquitectura, que se presenta desnuda, sólida y atemporal. Podemos distinguir tres personas.

La fotografía está realizada en blanco y negro, con una gama tonal rica y contrastada, lo que permite apreciar la textura de los muros, las huellas del paso del tiempo y la integración del monumento en el entorno. No hay figuras humanas ni elementos anecdóticos: el protagonismo absoluto es del castillo y su emplazamiento.

Nacido en Sevilla en 1870 y fallecido en 1925, Ramón Almela fue heredero de una saga fotográfica iniciada por su padre, Francisco Almela, y desde 1891 dirigió el estudio familiar bajo la firma «Almela, Fco. e Hijo». Especializado en fotografía urbana y monumental, se convirtió en uno de los grandes cronistas visuales de Sevilla y su provincia en el tránsito del siglo XIX al XX.

En esta imagen del castillo, Almela demuestra su dominio del punto de vista: elige una posición baja y lateral que permite leer el conjunto defensivo como una secuencia de volúmenes, resaltando su función militar y su adaptación a la topografía. La ausencia de elementos contemporáneos convierte la fotografía en un documento casi arqueológico, donde el castillo aparece como símbolo intemporal del poder y la historia de Alcalá.

Trabajando con técnicas como el gelatinobromuro y característicos virados cálidos o neutros, Almela consiguió imágenes de gran nitidez y riqueza tonal. Muchas de ellas fueron difundidas como tarjetas postales, contribuyendo a fijar una memoria colectiva del patrimonio andaluz antes de las grandes transformaciones urbanas del siglo XX.

Hoy, esta fotografía no solo permite apreciar el estado del castillo antes de intervenciones posteriores, sino que confirma el valor del legado de Ramón Almela como archivo visual esencial para comprender la relación entre paisaje, arquitectura y ciudad en la Andalucía histórica. Su obra, silenciosa y precisa, sigue dialogando con el presente desde la solidez de la piedra y la claridad de la mirada.

Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del fotógrafo Francisco Almela, dirigió desde joven el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Fue un fotógrafo itinerante especializado en vistas urbanas, monumentales y costumbristas, difundidas principalmente a través de tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dieron tono sepia a muchas de sus obras. Su legado constituye hoy un archivo visual esencial para estudiar la evolución del urbanismo en Sevilla y su provincia. La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán.


sábado, 20 de diciembre de 2025

H.C. White y la estereoscopía como ventana al mundo: Alcalá de Guadaíra a finales del siglo XIX

 


La fotografía estereoscópica de Alcalá de Guadaíra, producida por la H.C. White Co., constituye un ejemplo paradigmático del uso de la imagen tridimensional como herramienta de divulgación cultural, documental y comercial en el tránsito del siglo XIX al XX. Este artículo analiza la figura de H.C. White, el contexto histórico y técnico de la toma y el valor visual y patrimonial de la escena representada. 

La H.C. White Company, fundada en Estados Unidos por Henry C. White en la década de 1890, fue una de las principales productoras y distribuidoras de fotografías estereoscópicas a escala internacional.

White no fue únicamente un fotógrafo, sino un editor visual en el sentido moderno del término: seleccionaba temas, encargaba tomas a operadores especializados y diseñaba el producto final para ser consumido mediante visores estereoscópicos, convirtiendo la fotografía en una experiencia inmersiva antes de la era del cine.

La imagen de Alcalá de Guadaíra puede fecharse con bastante seguridad entre 1895 y 1905, un periodo clave caracterizado por:

La consolidación del proceso de gelatina de plata, que permitió mayor nitidez y estabilidad.

El auge del turismo visual: viajar sin moverse del salón.

El interés europeo y norteamericano por el sur de España como territorio “pintoresco”, heredero del imaginario romántico.

En este contexto, Andalucía se presenta como un espacio de tradición, naturaleza y pasado histórico, en contraste con la industrialización acelerada del norte de Europa y Estados Unidos. La estereoscopía reforzaba esta percepción al añadir profundidad y realismo, haciendo que el espectador “entrara” literalmente en el paisaje.

La fotografía está concebida específicamente para la visión tridimensional. La escena se estructura en tres planos muy claros:

Primer plano: vegetación autóctona (pitas o chumberas), que sobresale visualmente al mirarla con visor.

Plano medio: sendero sinuoso y arbolado, que guía la mirada.

Plano lejano: el caserío de Alcalá, con elementos arquitectónicos dominantes (iglesia, castillo o torre).

Esta disposición no es casual: maximiza el efecto estereoscópico y demuestra una planificación consciente del espacio.

Amplia profundidad de campo, fruto de diafragmas cerrados.

Exposición equilibrada, con detalle tanto en luces como en sombras.

Nitidez notable para una toma realizada con negativos de vidrio.

Todo ello evidencia un operador experimentado y un estándar de calidad elevado por parte de la editorial.

Más allá de su valor estético, la imagen es un documento histórico de primer orden:

Registra un paisaje previo a la urbanización moderna.

Muestra la relación entre núcleo urbano y entorno natural.

Refleja la importancia económica de Alcalá como centro harinero, explícitamente mencionada en el pie de foto.

La ausencia de figuras humanas refuerza la idea de un paisaje intemporal, casi arquetípico, pensado para representar “lo andaluz” ante un público extranjero.

Esta estereoscópica de H.C. White cumple una doble función:

Objeto cultural, producto de una industria visual global.

Documento territorial, hoy de gran interés para historiadores, urbanistas y estudiosos del paisaje.

Su conservación y estudio permiten comprender no solo cómo era Alcalá de Guadaíra a finales del siglo XIX, sino también cómo se construyó visualmente la imagen de Andalucía en el exterior.

La fotografía estereoscópica de Alcalá de Guadaíra producida por la H.C. White Co. es mucho más que una vista pintoresca: es el resultado de una época, de una tecnología y de una mirada concreta. A través de ella, H.C. White se consolida como un actor clave en la historia de la fotografía estereoscópica, capaz de transformar paisajes locales en experiencias visuales globales y tridimensionales.

Colección digital de Antonio Gavira Albarrán

 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Presentación del libro "Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y cuatro relatos." 21 de noviembre de 2025.

 


Buenas tardes a todas y todos. 

Muchas gracias por estar hoy aquí acompañándonos. 

Este libro, Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y cuatro relatos, nace con el propósito de dar a conocer nuestro término municipal y la cuenca del río Guadaíra a través de las rutas que Antonio diseñó, así como de otras que tuve el privilegio de recorrer, entre 2019 y 2024, junto a un grupo de amigos.

A través de las páginas de este libro recorreremos vías pecuarias, caminos y riberas del río Guadaíra y sus arroyos, sumergiéndonos en paisajes de singular belleza y en lugares que, aunque cercanos, siguen siendo desconocidos para la mayoría. Son espacios que han sido testigos durante generaciones del paso de agricultores, ganaderos y cazadores, y que hoy son frecuentados también por senderistas y, sobre todo, ciclistas.

El libro se organiza en nueve ámbitos geográficos que van desde el Monumento Natural Riberas del Guadaíra; y las Terrazas del Guadalquivir en nuestro T.M.; hasta el curso del río Guadaíra entre el Molino del Boticario y el Molino de Ojeda, una zona que discurre ya entre los TM de Arahal y Morón de la Frontera.

Cada ruta se complementa con un mapa del itinerario donde se señalan los principales elementos patrimoniales del recorrido, lo que enriquece la experiencia tanto del lector como del caminante.

Además, muchas de estas rutas incluyen notas a pie de página que aportan datos, anécdotas y reflexiones que nos ayudan a comprender y valorar plenamente la situación actual de nuestro patrimonio. Como información práctica, cada itinerario indica de antemano su grado de dificultad —alto, medio o bajo—, el tiempo aproximado para recorrerlo y la distancia total en kilómetros. 

El libro cuenta con un prólogo compartido en el que los autores nos presentan a Antonio y al senderismo a través de sus propias vivencias junto a él en las rutas.

Joaquín Ordóñez señala que quien participaba en una ruta con Antonio sabía perfectamente que todo estaba cuidadosamente organizado; que no se caminaba con prisa para terminar antes que nadie; que se hacían las paradas necesarias tanto para reagruparse como para escuchar explicaciones; y que siempre iban a aprender algo: a conocer un camino vecinal, una vía pecuaria desconocida o a descubrir restos arqueológicos en el lugar más inesperado.

Rafael Robles dice de Antonio que su conexión con la tierra no era solo un acto de contemplación, sino un diálogo constante con el paisaje que amaba, donde cada humilde arbusto y cada sendero parecían reflejar su gratitud y cuidado.

David Cristel nos revela que cada excursión al campo con Antonio se transformaba en una lección continua. Un proceso de aprendizaje que, además, se retroalimentaba en intensos debates científicos donde el intercambio de ideas nos impulsaba a dudar, a reflexionar y, en definitiva, a no cesar en el camino del conocimiento.

Manuel López García recuerda que el senderismo va más allá del simple hecho de caminar: implica mirar con ojos renovados, redescubrir lo que creíamos conocer y atesorar cada paisaje como parte inseparable de nuestra propia historia. Lo expresa en el prólogo con las siguientes palabras: «Cuántas veces habremos recorrido el trecho entre la torre de la Membrilla y la barranca del río… y nunca fue la misma ruta». Y añade, con acierto: «No hace falta alejarse de Alcalá para disfrutar del paisaje. Aunque caminar solo tiene su encanto, una ruta siempre será más rica en compañía».

José Rodríguez destaca en Antonio la figura del auténtico descubridor de rutas. Yo me atrevería a ir más allá: Antonio no solo trazó caminos físicos, sino también simbólicos.

Pero, efectivamente, recorrió una y otra vez las veredas, trazó itinerarios, recopiló datos con meticulosidad y rescató del olvido historias y leyendas —como las de “El Bigotes de Alcalá”, “El niño ahogado en la Cruz de Otívar” o la de la Encina del Cura— que le fueron transmitidas por nuestro padre.

Curro López, a quien Antonio consideraba la persona más idónea para guiar algunas de las rutas que organizaba con tanto esmero, afirma: «Doy fe de que ser invitado a sus salidas al campo llegaba a convertirse en una auténtica experiencia, en la que se intercambiaban conocimientos, se disfrutaba con los cinco sentidos y se convivía a unos niveles poco comunes».

Félix Ventero define —con gran acierto y citando a Reyes Bernal— las rutas de Antonio como «el legado del mago».

Sin duda, poseía una mirada capaz de descubrir belleza y significado donde otros apenas veríamos un simple sendero. Ante un olivar, unos setos vivos, unas hazas de tierra o un arroyo seco la mayor parte del año, él sabía descifrar una historia completa: un paisaje que pedía ser contado y rescatado del olvido.

José Manuel Castro, biólogo, dice de Antonio que, pese a no haber estudiado Biología, contaba con una de las voluntades más firmes y apasionadas, que le permitió adquirir un enorme conocimiento sobre toda nuestra flora; no solo conocía los nombres científicos y comunes, sino que sabía si tenían un uso medicinal, tradicional o una historia asociada para contarte, por lo que siempre era un disfrute estar con él.

Antonio García Mora nos revela en su prólogo el propósito de este libro: por un lado, mostrar las rutas que Antonio diseñó y, por otro, dar a conocer otros parajes de nuestro término municipal mediante itinerarios que no forman parte de aquellas rutas originales. Explica que formamos «un grupo muy variopinto en formación, experiencia vital y conocimiento de la cuenca fluvial, pero todos coincidimos en nuestro amor por la Naturaleza y en la curiosidad por descubrir rincones ignotos del término municipal».

Bueno, pues de todas las personas que he mencionado —y de muchas otras que quedan en el tintero, a las que pido disculpas por que son muchos—, Antonio supo aprender con una humildad auténtica. 

Esta publicación quiere evidenciar también que el patrimonio de Alcalá de Guadaíra trasciende ampliamente sus emblemas más conocidos —el castillo, el Parque de Oromana o los molinos—.

Alcalá, con cerca de 290 km² de término municipal, atesora un patrimonio histórico y natural vasto y diverso: más de 30 molinos harineros, dos castillos, un palacio, iglesias y ermitas; decenas de cortijos y haciendas; innumerables yacimientos arqueológicos de distintas épocas; y un entramado hídrico compuesto por kilómetros de ríos y arroyos como La Torrecilla, Los Sastres, Zacatín, Marchenilla, Guadairilla o Gandul. A ello se suman manantiales —el Mal Nombre, El Perro, Cañiveralejos, Fontanal o Cajul— y extensas galerías subterráneas que recorren el alcor, como las del camino de las Aceñas, Gallegos, Nuestra Señora del Águila, Otívar, Fuensanta o La Retama.

Del mismo modo, más de ciento treinta kilómetros de vías pecuarias —como el Cordel del Gallego, el de Pelay Correa, la Cañada de Benagila o la Cañada Real de Morón— que conforman una amplia red que estructura el paisaje. A ellas se suman antiguos descansaderos y dehesas —Mateos Pablo, la Dehesa Nueva o la de Bucarest—, donde aún hoy es posible contemplar en invierno las bandadas de grullas, un verdadero espectáculo de naturaleza viva.

El paisaje se enriquece, además, con valiosos bosques de galería que acompañan arroyos como el Guadairilla, Rosalejos, La Madre o Gallegos.

En nuestro término prosperan más de mil especies vegetales típicamente mediterráneas, junto a otras propias de zonas serranas —fresas, orquídeas, helechos, entre muchas más—.

Como testigos silenciosos del devenir histórico, pervive un destacado conjunto de cortijos, haciendas y ranchos —La Soledad, Los Ángeles, San José, Zafra, La Piñera, Guadalupe, Majada Alta, Matallana…— que aún resisten la degradación patrimonial de las últimas décadas y relatan, con su sola presencia, el pasado agrícola y económico de estas tierras.

Finalmente, la zona de Gandul constituye uno de los paisajes culturales más valiosos de la provincia: alberga uno de los conjuntos megalíticos más relevantes de Sevilla, restos romanos, un despoblado con elementos medievales, arquitectura señorial, vestigios de infraestructuras rurales y ferroviarias, y un entorno natural singular integrado en el paisaje protegido de Los Alcores: el Toruño, la Mesa, el escarpe y su entorno. 

Hay dos momentos clave que marcaron la relación de Antonio con el senderismo.

El primero fue la primera ruta que organizó para el grupo ecologista Alwadi-ira. Aquella caminata nos llevó al corazón del Parque de Oromana y, entre sus senderos, comenzó todo. Joaquín Ordóñez formaba parte de aquel pequeño grupo —poco más de media docena de personas— que caminamos por primera vez guiados de la mano de Antonio.

El segundo momento llegó muchos años después, en 2018, nuevamente en una ruta organizada por el grupo ecologista: la que sería su última. En esta ocasión caminamos desde el paso de la Nena, junto a la base de Morón, en el término municipal de Arahal, hasta el Puente de Hornillo, sobre el río Guadaíra, ya dentro del término municipal de Morón de la Frontera. 

Para Antonio, como ya hemos visto, cada ruta era mucho más que un simple recorrido. Era, en esencia, una lección de respeto hacia nuestra tierra; una oportunidad para transmitir conocimiento; un espacio de encuentro y, al mismo tiempo, un acto de denuncia frente a su abandono.

Como bien recordaréis, muchas de las personas que estáis aquí, con voz firme y convencida reclamaba en sus rutas una acción decidida por parte de las administraciones para proteger y recuperar nuestra herencia cultural, histórica y ambiental. En cada una de sus palabras latía su filosofía más profunda: «Solo se valora lo que se conoce, y solo se protege lo que se valora».

De ese espíritu de descubrimiento, de valoración, de colaboración, de comunidad y de mirada renovada nace Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y cuatro relatos. En estos cuatro relatos se recogen vivencias de Antonio en la cuenca alta del río Guadaíra, un territorio aún más desconocido para quienes somos de Alcalá. 

Para concluir, como estamos viendo, este libro trasciende la mera función de una guía de senderos para convertirse también en un verdadero compendio de notas históricas, catálogo patrimonial, vivencias, reflexiones, denuncias y relatos.

Los invito no solo a leer estas páginas, sino a recorrer sus rutas, a sentirlas y a dejarse llevar por ellas, trazando nuevos itinerarios.

Deseo expresar mi gratitud a Félix Ventero y a mi familia por sus correcciones al texto, y muy especialmente a mi hija Rocío por su colaboración en la elaboración de los mapas que acompañan cada una de las rutas de este libro, así como del vídeo proyectado. Mi agradecimiento se extiende también a los prologuistas aquí presentes y a quienes, por distintas circunstancias, no han podido acompañarnos. Joaquín Ordóñez, por su colaboración en la nota de prensa y José Torres, por dirigir esta presentación.

Muchas gracias.



Inauguración del Paseo: Antonio Gavira Albarrán, ecologista 8 de noviembre




Buenos días a todas y a todos.

Señora alcaldesa, Ana Isabel;

delegada del Monumento Natural, Medio Ambiente y Sostenibilidad, Luisa;

Familiares:
Compañeras y compañeros de la Sociedad Ecologista Alwadi-ira-Ecologistas en Acción;

Amigas y amigos:

Gracias por estar hoy aquí.

En nombre de toda la familia, deseo expresar nuestro más sincero agradecimiento a la corporación municipal y a todas las personas que han hecho posible este emotivo homenaje.

Nos sentimos profundamente agradecidos por este reconocimiento a la figura de Antonio, que perpetúa su nombre y su legado en la memoria colectiva de Alcalá.

Deseo destacar igualmente la elección de este recorrido: un trazado que discurre en paralelo a la antigua vía del Tren de los Panaderos, atraviesa los terrenos que en su día acogieron la fábrica de harinas de La Portilla, se asoma a los restos del molino de La Caja y al molino de El Algarrobo, y acompaña el curso del río Guadaíra entre antiguas huertas, hasta llegar a lo que fue vivero municipal.

A lo largo del camino, el paisaje se embellece con una variada diversidad arbórea y arbustiva que convierten este sendero en un auténtico paseo botánico.

Es, sin duda, un espacio donde la historia industrial, molinera y hortelana de Alcalá se funde con la belleza del paisaje natural, invitando al paseo, al recuerdo y a la contemplación de nuestro rico patrimonio.

Antonio describió magistralmente este recorrido y su entorno a través de varias rutas interpretativas, algunas de las cuales han sido recogidas en su obra póstuma recientemente publicada: Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y cuatro relatos.  

Hoy es también una buena ocasión para recordar su valiosa labor en el campo de la botánica.

Junto a David Cristel, colaboró en la obra Árboles y arbustos singulares del término municipal de Alcalá de Guadaíra, que recoge ejemplares presentes en este mismo entorno; también colaboró con él en la Guía de campo de las orquídeas silvestres de Alcalá de Guadaíra. Además, junto a José Rodríguez, publicó la Guía de campo de las orquídeas silvestres de la cuenca alta del río Guadaíra.

En el apasionante mundo de las orquídeas, merece especial mención el descubrimiento que realizó, junto a sus amigos, en el entorno de este Monumento Natural, de la orquídea: Ophrys bombyliflora var. albarranii, una auténtica joya natural que lleva su nombre.

Antonio había reunido, además, una amplia colección de fotografías de plantas de la zona, resultado de un trabajo sistemático de observación y registro. Su colección constituye un valioso testimonio de la diversidad vegetal local y del rigor con que desarrollaba su labor.

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla, Antonio sintió siempre una profunda pasión por la historia contemporánea de Alcalá. Su curiosidad intelectual y su compromiso con la investigación le llevaron a mantener abiertas diversas líneas de estudio. Por poner algunos ejemplos:

Fue coautor del libro El patrimonio de Los Alcores. Una propuesta de Parque Cultural, una obra que refleja la sensibilidad hacia la conservación y puesta en valor del territorio.

En el Primer Congreso de Historia y Cultura de Alcalá, presentó junto a José Rodríguez el trabajo El legado subterráneo de la Compañía Inglesa de Aguas: el caso de los depósitos, galerías y conducciones de La Fuensanta, La Judía y La Retama, un ejemplo más de su incansable interés por rescatar y divulgar el patrimonio histórico local. En el mismo congreso presentó: El Tren de los Panaderos. Primeras iniciativas y proceso de construcción visto a través de los medios de comunicación del siglo XIX.

Fruto de esa investigación, en 2023 vio la luz su obra póstuma: El tren de los panaderos. Una aproximación a la Compañía de Ferrocarriles de Sevilla a Alcalá y Carmona.

Pero no se quedaba solo en el ámbito del TM de Alcalá.

En el Aula Miguel Cala Sánchez, de Morón de la Frontera, entidad que promueve, entre otros fines, la protección de la cuenca alta del río Guadaíra, participó activamente en diversos trabajos de investigación y divulgación.

Del mismo modo, en el marco de la Sociedad Ecologista Alwadi-ira-Ecologistas en Acción, elaboró y colaboró en numerosos estudios, denuncias y propuestas que fueron presentados ante distintas administraciones públicas.

En todas estas iniciativas destacó por su entusiasmo y por la generosidad con la que compartía sus conocimientos.

Todo este legado nos habla de un hombre que supo ver en cada rincón de esta tierra una historia digna de ser contada y protegida.

Cuando Antonio llegó al grupo ecologista Alwadi-ira, a mediados de los noventa, encontró una trinchera donde proteger y dignificar nuestro patrimonio.

En un momento difícil para el grupo, trabajó con entusiasmo para darle un nuevo impulso.

Fue Antonio quien se convirtió —a través de sus rutas— en el alma de aquel renacer.

Fue la mente que dio vida a la revista Acebuche y el autor de aquel pequeño gran libro que cambió para siempre la forma de mirar los senderos más próximos a nuestro pueblo: Alcalá de Guadaíra. Diez rutas alternativas. 2003

Aquel libro no fue solo una guía de senderos: fue una verdadera declaración de amor a Alcalá. Como solía decir Antonio: “Solo se defiende y se ama lo que se conoce.”

Antonio nos abrió los ojos. Nos reveló los secretos del Parque de Oromana, del arroyo de Guadairilla, de la Dehesa Nueva o de El Acebuchal.

Nos enseñó a recorrer el Camino de Matatoros, Cañada Real de Morón, el Cordel de Gallegos o el de Pelay Correa, revelándonos en cada paso la belleza escondida de nuestro entorno más cercano y las historias y leyendas que los habitan: El Bigotes de Alcalá, el niño ahogado en la Cruz de Otívar o la Encina del Cura.

¿Quién no recuerda aquellas rutas inolvidables en las que Antonio nos guiaba por el Guadaíra, Gandul o la Torre de la Membrilla?

También nos ayudó a mirar con otros ojos las haciendas y cortijos que siempre habían estado ahí, pero que solo él sabía contar, con esa mezcla de conocimiento, respeto y cariño que lo caracterizaba.

No exagero al decir que fue uno de los mayores conocedores de nuestro término municipal. Tal vez el que mejor lo conocía.

Sintetizando su postura ante el mundo, para Antonio, los retos ambientales, patrimoniales o sociales de nuestro tiempo no eran solo un desafío técnico, sino un imperativo ético y social que encuentra su campo de acción más inmediato en lo local.

Terminando.

Confieso que, cuando se propuso esta distinción, dudé si él la hubiese aceptado. Antonio era una persona sencilla, discreta y reacia a cualquier protagonismo.

Pero comprendí que precisamente a quienes rehúyen los honores personales debemos reconocerlos más, porque representan los valores que dignifican a una comunidad.

Este homenaje me lleva inevitablemente a recordar también a los padres de Antonio, mis padres.

A Antonio le gustaba decir que fue de la mano de nuestro padre, Francisco Gavira Márquez, como conocimos el campo (el Camino de la Venta de Las Caleras, Los Pastores, Matatoros, Piedra Hincada, Palito Hincado, La Lapa, el arroyo de Las Desgreñas, Rosalejos, El Novillero, El Infierno...) Él nos enseñó a escuchar sus sonidos, a descubrir sus historias y, sobre todo, a amarlo.

Mi madre, Salud Albarrán Gallardo, fue una mujer excepcional que, en los años difíciles que nos tocó vivir, mantuvo firme el rumbo de nuestra familia. Encarnaba el equilibrio perfecto entre bondad, carácter e inteligencia, y supo transformar cada dificultad en una lección de fortaleza y esperanza.

Con su ejemplo, su temple y su incansable dedicación, nos enseñó que la dignidad y el esfuerzo son los verdaderos caminos hacia cualquier logro. A su constancia debemos, en gran medida, lo que somos. 

A mi cuñada Mercedes y a mi sobrina Laura:


Este es también el paseo de ustedes. El reconocimiento de un pueblo al hombre extraordinario que tuvisteis en casa. Él siempre estará aquí. Su amor por Alcalá queda, para siempre, inscrito en este lugar.

Este paseo no es solo un tramo de tierra con su nombre. Es un símbolo: El símbolo del camino que él nos enseñó a recorrer; de la huella que dejó en la geografía y en el corazón de Alcalá.

Y también, una invitación permanente a seguir sus pasos: a caminar, a observar, a aprender y a comprometernos.

Esta distinción la familia la recibe de la corporación municipal con profundo orgullo y gratitud.

https://www.youtube.com/watch?v=vPi0YFqXkXA

Muchas gracias.