Una pequeña joya gráfica,
conservada en el I.E.S. Conde Diego Porcelos, nos invita a detener el tiempo y
asomarnos a la Alcalá de Guadaíra de principios del siglo XX. Se trata de una
fotografía montada sobre cartulina decorativa, enmarcada con un elegante motivo
ornamental en rojo, característico de la época, que constituye un valioso
testimonio de la memoria visual de la ciudad.
La imagen, obra del prestigioso
fotógrafo sevillano Ramón Almela (1870–1925), ofrece una panorámica excepcional
en la que convergen naturaleza, ingeniería y vida cotidiana. Desde las faldas
del castillo, la composición revela un paisaje que, aunque reconocible, ha
sufrido profundas transformaciones con el paso del tiempo.
En primer término, destaca el
perfil del Arco de San Miguel, testigo silencioso de siglos de historia. Tras
él se alza la imponente estructura del puente conocido popularmente como
“romano”, hoy denominado oficialmente Puente de Carlos III o de Jesús Nazareno.
Aunque la tradición le atribuye un origen antiguo, los estudios históricos
sitúan su fábrica actual en época posterior al siglo XV, probablemente sobre un
antiguo vado donde pudo existir una estructura previa de origen romano. La
fotografía de Almela resulta especialmente valiosa por mostrar el puente antes
de las importantes reformas acometidas en el siglo XX.
Sin embargo, el elemento que
otorga a la imagen un valor histórico singular es el viaducto ferroviario que
discurre paralelo al río Guadaíra. Por él transitaba el célebre “Tren de los
Panaderos”, inaugurado en 1873 para conectar Alcalá con Sevilla. Más que un
simple medio de transporte, este ferrocarril se convirtió en un motor cultural:
facilitó la llegada de pintores, fotógrafos e intelectuales atraídos por la luz
y los paisajes de los pinares y riberas alcalareñas, contribuyendo al
surgimiento de la conocida Escuela Paisajística Alcalareña.
El río Guadaíra, apacible,
atraviesa la escena bajo el puente, mientras que a la derecha se distingue la
silueta del Molino de la Tapada, símbolo de la tradición harinera local. En
primer plano, pitas y olivos enmarcan la composición, aportando un carácter
típicamente mediterráneo. Al fondo, el caserío asciende hacia los Pinares de
Oromana, ya entonces un apreciado espacio de recreo para vecinos y visitantes.
El legado de Ramón Almela
La autoría de la imagen
corresponde a Ramón Almela, heredero de una destacada saga de fotógrafos. Hijo
de Francisco Almela, asumió desde joven la dirección del estudio familiar
«Almela, Fco. e Hijo». Su labor como fotógrafo itinerante contribuyó decisivamente
a difundir la imagen de Sevilla y su provincia a través de tarjetas postales y
álbumes. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro,
empleando virados cálidos que confieren a sus obras el característico tono
sepia. Su producción constituye hoy un archivo visual imprescindible para
comprender la evolución urbana y paisajística del territorio.
Esta fotografía, integrada en el
archivo digital de Antonio Gavira Albarrán —investigador y ecologista
alcalareño recientemente homenajeado—, trasciende su condición de simple imagen
antigua. Es, en esencia, un espejo en el que redescubrir la Alcalá de los
panaderos, de los pintores y de un río que, lejos de separar, articulaba la
vida económica y cultural de la ciudad.
Postal de la colección digital de Antonio Gavira Albarrán
Entre los muchos testimonios
gráficos que ayudan a reconstruir la historia de Alcalá de Guadaíra, las
postales de principios del siglo XX ocupan un lugar especialmente valioso. No
solo difundían la imagen del municipio fuera de sus fronteras, sino que también
captaban escenas del paisaje y de la vida cotidiana.
Una de estas piezas muestra el
“Pinar de Alcalá de Guadaíra”, dentro de la serie titulada Paisajes
andaluces. En el pie de la imagen puede leerse claramente la indicación
editorial: “COLECCIÓN A BLANCO Y NEGRO – NÚM. 2”. Por sus características
tipográficas y técnicas, la imagen puede situarse aproximadamente entre finales
del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, en torno a 1900.
La escena representa el Pinar de
Oromana, uno de los parajes más emblemáticos del entorno de Alcalá. En primer
plano se elevan varios pinos, cuyos troncos verticales organizan la
composición. El terreno aparece rocoso y con charcos de agua retenida entre las
piedras, probablemente de unas recientes lluvias. A un lado del camino avanza
una mujer campesina acompañada de un burro, una imagen sencilla que refleja la
vida rural del entorno alcalareño en aquella época.
El paisaje reproduce una obra del
pintor sevillano Manuel García y Rodríguez (1863-1925), uno de los grandes
paisajistas andaluces del cambio de siglo. Formado en la Escuela de Bellas
Artes de Sevilla, García y Rodríguez obtuvo reconocimiento en varias Exposiciones
Nacionales de Bellas Artes y destacó por sus escenas de campo y de ribera,
caracterizadas por una cuidada atención a la luz y al ambiente natural.
El artista formó parte del grupo
de pintores que frecuentaron el entorno del Guadaíra para pintar al aire libre,
lo que con el tiempo se conocería como la Escuela de Alcalá de Guadaíra.
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, el paisaje
alcalareño —con sus pinares, molinos, barrancos y orillas del río— se convirtió
en un auténtico taller natural para numerosos artistas.
Pero esta postal contiene además
un detalle especialmente humano: una dedicatoria manuscrita a lápiz fechada el
11 de marzo de 1905. Bajo el texto aparece la firma Mario Gorostay (parece),
probablemente la persona que envió o dedicó la postal.
El verso dice:
Por la senda olvidada del
mundo
sigue firme y tranquilo… (la
última palabra no distingue)
Que es virtud un tesoro
profundo,
Que quien anda por ella,
disfruta.
Esta pequeña postal de 1905, que
contiene una cuarteta moral de autoría probablemente improvisada por el
remitente, se ha convertido hoy en un valioso documento de la memoria local de
Alcalá. En ella convergen tres dimensiones de la historia: el paisaje natural
del emblemático Pinar de Oromana, la mirada artística de los pintores que lo
inmortalizaron y la voz cotidiana de quienes lo recorrían hace más de cien
años. Así, una simple imagen dedicada nos recuerda que, más de un siglo
después, aquellos caminos y rincones ya inspiraban tanto a artistas como a
paseantes, consolidándose como un símbolo eterno de la identidad alcalareña.
La fotografía, tomada desde el Castillo
de Alcalá de Guadaíra, ofrece una amplia panorámica del río Guadaíra
y del Molino del Arrabal, captando con gran detalle el paisaje fluvial y
el entorno rural de Alcalá de Guadaíra a comienzos del siglo XX. En primer
término, se aprecian restos de muralla y estructuras defensivas del castillo,
mientras que en la parte inferior del encuadre se distinguen los tejados y
dependencias del molino, rodeados de vegetación de ribera y ballado de pitas.
La imagen fue realizada por Ramón
Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del también fotógrafo Francisco Almela,
quien desde muy joven dirigió el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo».
Especializado en fotografía itinerante, Almela documentó vistas urbanas,
monumentales y escenas costumbristas, difundidas principalmente mediante
tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el
gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dotaron a muchas de sus obras
del característico tono sepia. Su producción constituye hoy una fuente visual
fundamental para el estudio de la evolución urbana, social y paisajística de
Sevilla y su provincia.
La fotografía pertenece al
archivo digital de Antonio Gavira Albarrán, y representa un valioso
testimonio histórico del patrimonio cultural y natural de Alcalá de Guadaíra.
La fotografía muestra una vista
del Castillo de Alcalá de Guadaíra a comienzos del siglo XX, captada
por Ramón Almela. Se trata de una imagen en blanco y negro que documenta
el aspecto del recinto y su avanzado deterioro.
En primer plano se observa un
terreno irregular, cubierto de vegetación baja. Sobre él se alzan
los macizos muros de tapial y mampostería, con grandes volúmenes cúbicos
que corresponden a distintas torres del castillo. Varias de estas estructuras
presentan grandes huecos, derrumbes y grietas, que evidencian el abandono
y el paso del tiempo.
En la parte inferior izquierda
aparecen dos figuras humanas, probablemente vecinos o visitantes, cuya
presencia sirve para dar escala a la monumentalidad de las
ruinas.
La composición transmite una
sensación de silencio, abandono y solemnidad, acentuada por la sobriedad
del blanco y negro. La imagen no solo tiene valor estético, sino
también documental, ya que permite conocer el estado del castillo antes de
su recuperación patrimonial, reflejando su importancia histórica y
arquitectónica dentro del paisaje de Alcalá de Guadaíra.
Ramón Almela (Sevilla,
1870–1925), hijo del fotógrafo Francisco Almela, dirigió desde joven el estudio
familiar «Almela, Fco. e Hijo». Fue un fotógrafo itinerante especializado en
vistas urbanas, monumentales y costumbristas, difundidas principalmente a
través de tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina
tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dieron
tono sepia a muchas de sus obras. Su legado constituye hoy un archivo visual
esencial para estudiar la evolución del urbanismo en Sevilla y su provincia. La
fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán.
Cuando el día 3 de abril, martes Santo, un grupo
de amigos acudimos a las sierras de Morón para conocer el arroyo del
Almendrillo, uno de los arroyos que será objeto de estudio dentro del proyecto
multidisciplinar sobre la cuenca alta del río Guadaíra, no pudimos quedar más
que asombrados ante tanta belleza.
Accedimos al lugar desde la carretera de Morón de la Frontera a Pruna. Habíamos
recorrido unos diez kilómetros cuando nos desviamos por un carril, la vía
pecuaria Cordel de Olvera Antigua; unos minutos más tarde, Pablo detuvo el
vehículo junto al camino.
Bajamos del todoterreno en medio de una verde
llanura cerealista, rodeada de pequeñas elevaciones cubiertas de dehesas de
encinas y matorral. El arroyo Delgado, prácticamente deforestado, recorría el
lugar buscando una salida entre los cerros circundantes, Los Yesos, La
Romanilla, Reina Marín...
Iniciamos el sendero
persiguiendo sus escasas y limpias aguas y fuimos penetrando en una hermosa
vaguada, solo transitada por animales, donde la vegetación se hizo más densa.
El camino discurría junto al arroyo, que ahora lucía majestuoso, donde no faltaba
el quejigo, el aladierno, el espino majoleto, la madreselva...
Al poco, un nuevo curso
de aguas se sumó al que traíamos, formando el arroyo de Las Mozas, y juntos
continuaron su tranquilo discurrir hacia su hermano mayor, el Talavera.
Tras salvar un pequeño
vado, donde descubrimos restos de presencia de la esquiva nutria, salimos de
este bello rincón dando paso a unos trigales alomados y, reconociendo allá a lo
lejos, en el sureste el Cerro de La Plata, nos vino a la memoria la grata jornada
de senderismo del 24 de diciembre de 2005, cuando, tras el esfuerzo realizado
hasta su cima, pudimos ver a nuestros pies unas praderas verdes moteadas de
encinas, numerosos arroyos, pequeños quizás, pero embelleciendo el entorno y,
mirando hacia el horizonte nuestras manos parecían alcanzar otras sierras más
lejanas, Lijar, Grazalema, El Tablón...
En la tarde soleada de la
joven primavera continuamos nuestro recorrido, entre animados comentarios,
atravesando el arroyo de La Encarnación, hacia el del Almendrillo, donde una
nueva sorpresa, no la última, nos depararía la jornada. Una alta alameda, aún
sin cubrir, y a sus pies una exuberante pradera, donde alguna orquídea, poco
decidida, despuntaba entre el herbazal y, en cada álamo, un nido de pájaro
carpintero.
Tras un breve descanso decidimos retornar, no sin
antes visitar otra joya de esta sierra, el arroyo del Lentisquillo. ¡Qué
hermosas orquídeas pudimos admirar! ¡Hasta cinco especies distintas, algunas
espectaculares!
Así llegamos a un pequeño
bosquecillo de quejigos de ribera. Penetramos en él y tuvimos la sensación de
haber pasado a otro tiempo, a otro lugar. ¿Serán así los bosques
septentrionales? Una capa de hojarascas cubría el suelo, moteado de jacintos.
La tarde ya había
envejecido cuando volvimos a cruzar el arroyo de la Encarnación. Lo fuimos
acompañando un buen rato, mientras las sombras de tarde se apoderaban de los fresnos y quejigos de la ribera. Tras salvar un pequeño puerto, vimos a lo
lejos el todoterreno que debía llevarnos nuevamente a Morón. La jornada estaba
llegando a su fin.
La tarde había sido
magnífica; en buena compañía habíamos disfrutado, en plena naturaleza, del río
Guadaíra, pero comprendíamos que era muy difícil que otras personas llegaran a
conocer algún día estos parajes. Nosotros habíamos tenido que salvar cuatro vallados
metálicos y aun así, había sido necesario que Pablo consiguiera permiso para
transitar por aquellos lugares. No podíamos olvidar las palabras de Pablo a
cerca de los propietarios de las fincas serranas. Estos se consideran dueños de
toda la sierra, de los caminos, vías pecuarias, riberas e incluso de los
animales.
La labor de George Bonsor, aunque
excepcional en su contexto, se desarrolló dentro de un panorama arqueológico
andaluz caracterizado por profundas limitaciones teóricas, metodológicas y
éticas. Una crítica estructural a esta etapa revela varias problemáticas
fundamentales:
1. Paradigma
"Anticuaria" y Busca del Objeto Museable
La arqueología se entendía
principalmente como una "caza de tesoros" (treasure
hunting). El valor se medía por la belleza, completitud y potencial
expositivo de las piezas (cerámica pintada, joyas, esculturas), ignorándose
sistemáticamente los materiales "no nobles" (líticos,
huesos, fragmentos cerámicos comunes) y los contextos de hábitat. Esto
generó una visión sesgada y monumental de las culturas pasadas, centrada en la
muerte (necrópolis) y el arte, y ciega a la economía, la vida cotidiana y la
organización social.
2. Método Excavador Destructivo y
Falta de Sistematicidad
Aunque Bonsor fue una excepción
relativa, la norma era la excavación en trinchera o por pozos, sin control
estratigráfico real. Se priorizaba llegar rápidamente a los "niveles
interesantes" (enterramientos, cimientos), destruyendo sin registro las
secuencias superiores. La documentación era anecdótica: escasos diarios,
planos imprecisos y una casi nula descripción de los estratos. Esto hizo que
innumerables yacimientos fueran irreversiblemente perdidos para la
ciencia, aunque sus "tesoros" acabaran en museos.
3. Marco Teórico: Difusionismo y
Prejuicios Coloniales
La interpretación dominante
era difusionista y jerárquica. Cualquier avance cultural (urbanismo,
escritura, cerámica a torno) se atribuía automáticamente a
colonizadores fenicios o griegos, considerados "civilizadores".
Las poblaciones autóctonas (tartesias, íberas) eran vistas como receptoras
pasivas, negándoseles capacidad de innovación. Este enfoque reflejaba los
prejuicios coloniales de la época y obstaculizó durante décadas el estudio de
los procesos de aculturación, resistencia y desarrollo interno.
4. Ética Patrimonial: Expolio,
Coleccionismo y Mercado
No existía una legislación
protectora efectiva. El expolio era una práctica generalizada y
socialmente aceptada, tanto por aficionados locales como por "viajeros
románticos" y coleccionistas extranjeros. Se creó un floreciente
mercado negro de antigüedades que alimentó museos europeos y
norteamericanos, desvinculando los objetos de su contexto y significado.
Incluso arqueólogos serios, como el propio Bonsor, participaban en este mercado
para financiar sus trabajos, una contradicción ética inconcebible hoy.
5. Falta de Institucionalización
y Cientificidad
La arqueología era una actividad
de eruditos aficionados, anticuarios y aventureros, sin formación reglada
ni vínculos universitarios sólidos. No había proyectos de investigación
planificados a largo plazo, sino campañas puntuales dependientes del mecenazgo
o el interés individual. La falta de una escuela arqueológica
andaluza hacía que los avances fueran personales y no se transmitieran de
forma sistemática.
6. Visión Fragmentada y
Descontextualizada del Paisaje
No existía el concepto
de "paisaje arqueológico". Los yacimientos se estudiaban
como islas aisladas, sin comprender sus interrelaciones territoriales,
económicas o culturales. Esto impidió entender a Los Alcores, por ejemplo, como
un sistema complejo de poblados, necrópolis, canteras y vías de comunicación.
Conclusión: El Contexto de Bonsor
En este contexto, la figura
de George Bonsor destaca como una notable excepción, pero no como una
ruptura. Sus críticas deben dirigirse, por tanto, más al paradigma general
de su tiempo que a su persona. Su mérito radica en haber aplicado, dentro
de ese marco deficiente, un nivel de rigor, documentación gráfica y voluntad de
conservación in situ (con el museo de Carmona) que lo sitúan
muy por encima de la media de sus contemporáneos.
La crítica a la arqueología de su
época subraya que, aunque se salvaron muchos objetos, se perdió
irremediablemente una ingente cantidad de información contextual. Este es el
gran drama científico del periodo: se coleccionaron piezas, pero se destruyeron
yacimientos. La evolución posterior de la disciplina hacia la arqueología
estratigráfica, procesual y contextual es, en gran medida, una reacción contra
las limitaciones de este modelo "antiguario" que dominaba en la
Andalucía de finales del siglo XIX.
La fotografía del Castillo de
Alcalá de Guadaíra tomada en 1932 por José Ramón Mélida y Alinari representa
mucho más que una simple imagen arquitectónica. Esta instantánea en blanco y
negro, con su composición enmarcada por un arco que dirige la mirada hacia la
fortaleza, captura un momento crucial en la historia del patrimonio alcalareño.
Las figuras humanas visibles a pie de muralla, al menos diez, testimonian la vida cotidiana que
transcurría junto al monumento en los albores de la Segunda República.
Mélida (1856-1933) representaba
la culminación de la tradición erudita decimonónica española y su transición
hacia la arqueología científica moderna. Como director del Museo Arqueológico
Nacional (1916-1930) en los años previos a la República, había impulsado la
profesionalización de la disciplina. Su fotografía del castillo formaba parte
de un trabajo sistemático de documentación que publicaría ese mismo año en el
Boletín de la Real Academia de la Historia. «Arqueólogo, historiador y
novelista. Fue el séptimo de once hermanos, algunos de ellos con buenas dotes
artísticas como Arturo arquitecto y escultor o Enrique, pintor, lo que le hizo
estar en contacto con el arte desde muy pequeño.»[1]
A los 76 años, Mélida encarnaba
la continuidad institucional en un momento de profunda transformación política.
Su enfoque metodológico combinaba el rigor documental con una sensibilidad
histórica que valoraba tanto el monumento como su contexto humano y
paisajístico.
El Castillo de Alcalá, declarado
Monumento de Interés Histórico-Artístico en 1924 durante la dictadura de Primo
de Rivera, llegaba a la República con protección legal, pero con los desafíos
propios de un país en transformación. Andalucía, con su riqueza patrimonial, se
convertía en laboratorio de las políticas culturales republicanas.
La Ley del Tesoro Artístico
Nacional de 1933, promovida por el gobierno republicano, establecía por primera
vez un sistema integral de protección del patrimonio. Esta legislación
coincidía temporalmente con el trabajo de Mélida, reflejando un nuevo enfoque
donde la documentación fotográfica sistemática se convertía en herramienta
fundamental de conservación.
El año 1932 se situaba en el
período reformista de la República, caracterizado por:
-Intensos debates sobre la reforma agraria,
especialmente relevante en Andalucía
-Aprobación del Estatuto de Cataluña, que
impulsaba debates autonómicos
-Tensiones entre modernización y tradición que
afectaban a la percepción del patrimonio
-Desarrollo de políticas educativas y culturales
que incluían la protección monumental
En este contexto, el castillo
representaba no solo un vestigio histórico, sino un símbolo de identidad local
en proceso de redefinición. La fotografía de Mélida capturaba el monumento en
un momento de relativa estabilidad antes de los convulsos años que seguirían.
El Castillo de Alcalá de
Guadaíra se alzaba como testimonio de siglos de historia andaluza:
-Orígenes islámicos:
Construcción principalmente almohade (siglos XI-XII)
-Adaptación cristiana:
Reformas tras la conquista en 1247
-Función estratégica:
Control del camino entre Sevilla y Granada
-Sistema defensivo integrado:
Formaba parte de un conjunto más amplio con murallas urbanas
Su valor patrimonial residía no
solo en su arquitectura, sino en su integración con el paisaje del valle del
Guadaíra y su relación con el desarrollo urbano de Alcalá.
La fotografía de 1932 representa
un punto de equilibrio entre:
Contexto político de
reforzamiento de la protección patrimonial
Continuidad vital del
monumento en la vida cotidiana
Tristemente, esta etapa de
documentación y protección quedaría interrumpida por el golpe de estado y la
Guerra Civil (1936-1939), durante la cual muchos monumentos andaluces sufrirían
daños o abandono.
La imagen del Castillo de Alcalá
nos llega así, como testimonio de un momento en que España intentaba conciliar
modernidad y tradición, documentando su patrimonio para las generaciones
futuras en un contexto de profundas transformaciones políticas y sociales.
Esta fotografía, producida por
el sello editorial CLICHÉ COTÁN, representa una vista del Molino de San
Juan y constituye un ejemplo significativo de la producción masiva de postales
ilustradas de comienzos del siglo XX. La imagen muestra el edificio en un
estado previo a las restauraciones acometidas a lo largo del siglo XX,
permitiendo apreciar con claridad la solidez de su arquitectura y su
integración natural en el paisaje. El molino se alza junto al propio cauce del
río, rodeado de vegetación de ribera, bajo un cielo despejado que refuerza la
sensación de serenidad y permanencia. Podemos observar el arranque del canal que construyó la familia de La Portilla para encauzar el agua del río hasta la fábrica de harinas.
La postal posee un notable valor
documental y patrimonial, ya que:
Documenta un estado pretérito del monumento:
fija la apariencia del Molino de San Juan en las primeras décadas del
siglo XX, mostrando su silueta erosionada por el paso del tiempo, pero aún
imponente, antes de las intervenciones de restauración.
Forma parte de la memoria visual colectiva:
gracias a la amplia difusión de las postales de CLICHÉ COTÁN, imágenes
como esta se consolidaron como referentes visuales de Alcalá de Guadaíra,
contribuyendo de manera decisiva a la construcción de su identidad
paisajística y patrimonial.
Constituye un testimonio de una práctica
editorial histórica: ejemplifica el papel fundamental de
la fotografía como medio de difusión del patrimonio monumental y
paisajístico en una época anterior a la fotografía digital, al turismo de
masas y a los actuales sistemas de comunicación visual.
El característico tono azulado o
sepia de la copia —dependiente de la técnica de reproducción empleada— añade
una dimensión evocadora que intensifica la sensación de nostalgia y distancia
temporal, subrayando su condición de ventana abierta a un pasado ya
desaparecido.
CLICHÉ COTÁN fue uno
de los principales editores de postales del ámbito andaluz, especialmente
activo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Su producción
se caracterizó por una cuidada selección de vistas urbanas, monumentales y
paisajísticas, así como por una notable capacidad de distribución, lo que
permitió que sus imágenes circularan ampliamente tanto a nivel local como
nacional. Gracias a esta labor editorial, hoy se conservan valiosos testimonios
gráficos de edificios, entornos y escenas cotidianas que, en muchos casos, han
sufrido profundas transformaciones o han desaparecido.
Así, esta imagen no es
únicamente una representación del Molino de San Juan, sino un fragmento
esencial de la memoria visual e histórica de Alcalá de Guadaíra, y un
ejemplo destacado del papel que la fotografía y la postal ilustrada
desempeñaron en la conservación simbólica del patrimonio. Archivo digital de
Antonio Gavira Albarrán.
La fotografía del Castillo de Alcalá de Guadaíra captada por Ramón Almela a comienzos del siglo XX es un ejemplo elocuente de su manera de entender la fotografía como documento histórico. Lejos de la postal pintoresca o del encuadre efectista, Almela opta por una visión directa, sobria y estructural, en la que la arquitectura se impone al paisaje sin desligarse de él.
La imagen muestra una vista lateral y elevada del Castillo de Alcalá de Guadaíra, recortado con fuerza sobre el cielo. La fortaleza se despliega horizontalmente a lo largo de la cresta del cerro, con sus torres macizas, lienzos de muralla almenados y volúmenes prismáticos claramente definidos. La ausencia de edificaciones modernas refuerza la lectura monumental del conjunto.
En primer plano se extiende la ladera natural del cerro, cubierta de vegetación baja y terreno irregular, sin caminos ni intervenciones visibles, lo que subraya el carácter aislado y defensivo del castillo. La composición es sobria y equilibrada: el paisaje ocupa casi dos tercios de la imagen y conduce la mirada hacia la arquitectura, que se presenta desnuda, sólida y atemporal. Podemos distinguir tres personas.
La fotografía está realizada en blanco y negro, con una gama tonal rica y contrastada, lo que permite apreciar la textura de los muros, las huellas del paso del tiempo y la integración del monumento en el entorno. No hay figuras humanas ni elementos anecdóticos: el protagonismo absoluto es del castillo y su emplazamiento.
Nacido en Sevilla en 1870 y fallecido en 1925, Ramón Almela fue heredero de una saga fotográfica iniciada por su padre, Francisco Almela, y desde 1891 dirigió el estudio familiar bajo la firma «Almela, Fco. e Hijo». Especializado en fotografía urbana y monumental, se convirtió en uno de los grandes cronistas visuales de Sevilla y su provincia en el tránsito del siglo XIX al XX.
En esta imagen del castillo, Almela demuestra su dominio del punto de vista: elige una posición baja y lateral que permite leer el conjunto defensivo como una secuencia de volúmenes, resaltando su función militar y su adaptación a la topografía. La ausencia de elementos contemporáneos convierte la fotografía en un documento casi arqueológico, donde el castillo aparece como símbolo intemporal del poder y la historia de Alcalá.
Trabajando con técnicas como el gelatinobromuro y característicos virados cálidos o neutros, Almela consiguió imágenes de gran nitidez y riqueza tonal. Muchas de ellas fueron difundidas como tarjetas postales, contribuyendo a fijar una memoria colectiva del patrimonio andaluz antes de las grandes transformaciones urbanas del siglo XX.
Hoy, esta fotografía no solo permite apreciar el estado del castillo antes de intervenciones posteriores, sino que confirma el valor del legado de Ramón Almela como archivo visual esencial para comprender la relación entre paisaje, arquitectura y ciudad en la Andalucía histórica. Su obra, silenciosa y precisa, sigue dialogando con el presente desde la solidez de la piedra y la claridad de la mirada.
Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del fotógrafo Francisco Almela, dirigió desde joven el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Fue un fotógrafo itinerante especializado en vistas urbanas, monumentales y costumbristas, difundidas principalmente a través de tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dieron tono sepia a muchas de sus obras. Su legado constituye hoy un archivo visual esencial para estudiar la evolución del urbanismo en Sevilla y su provincia. La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán.
La
fotografía estereoscópica de Alcalá de Guadaíra, producida por la H.C.
White Co., constituye un ejemplo paradigmático del uso de la imagen
tridimensional como herramienta de divulgación cultural, documental y comercial
en el tránsito del siglo XIX al XX. Este artículo analiza la figura de H.C.
White, el contexto histórico y técnico de la toma y el valor visual y
patrimonial de la escena representada.
La
H.C. White Company, fundada en Estados Unidos por Henry C. White en la década
de 1890, fue una de las principales productoras y distribuidoras de fotografías
estereoscópicas a escala internacional.
White
no fue únicamente un fotógrafo, sino un editor visual en el sentido moderno del
término: seleccionaba temas, encargaba tomas a operadores especializados y
diseñaba el producto final para ser consumido mediante visores estereoscópicos,
convirtiendo la fotografía en una experiencia inmersiva antes de la era del
cine.
La
imagen de Alcalá de Guadaíra puede fecharse con bastante seguridad entre 1895 y
1905, un periodo clave caracterizado por:
La consolidación del
proceso de gelatina de plata, que permitió mayor nitidez y estabilidad.
El auge del turismo
visual: viajar sin moverse del salón.
El interés europeo y
norteamericano por el sur de España como territorio “pintoresco”, heredero del
imaginario romántico.
En
este contexto, Andalucía se presenta como un espacio de tradición, naturaleza y
pasado histórico, en contraste con la industrialización acelerada del norte de
Europa y Estados Unidos. La estereoscopía reforzaba esta percepción al añadir
profundidad y realismo, haciendo que el espectador “entrara” literalmente en el
paisaje.
La
fotografía está concebida específicamente para la visión tridimensional. La
escena se estructura en tres planos muy claros:
Primer plano: vegetación
autóctona (pitas o chumberas), que sobresale visualmente al mirarla con visor.
Plano medio: sendero
sinuoso y arbolado, que guía la mirada.
Plano lejano: el caserío
de Alcalá, con elementos arquitectónicos dominantes (iglesia, castillo o
torre).
Esta
disposición no es casual: maximiza el efecto estereoscópico y demuestra una
planificación consciente del espacio.
Amplia profundidad de
campo, fruto de diafragmas cerrados.
Exposición equilibrada,
con detalle tanto en luces como en sombras.
Nitidez notable para una
toma realizada con negativos de vidrio.
Todo
ello evidencia un operador experimentado y un estándar de calidad elevado por
parte de la editorial.
Más
allá de su valor estético, la imagen es un documento histórico de primer orden:
Registra un paisaje
previo a la urbanización moderna.
Muestra la relación entre
núcleo urbano y entorno natural.
Refleja la importancia
económica de Alcalá como centro harinero, explícitamente mencionada en el pie
de foto.
La
ausencia de figuras humanas refuerza la idea de un paisaje intemporal, casi
arquetípico, pensado para representar “lo andaluz” ante un público extranjero.
Esta
estereoscópica de H.C. White cumple una doble función:
Objeto cultural, producto
de una industria visual global.
Documento territorial,
hoy de gran interés para historiadores, urbanistas y estudiosos del paisaje.
Su
conservación y estudio permiten comprender no solo cómo era Alcalá de Guadaíra
a finales del siglo XIX, sino también cómo se construyó visualmente la imagen
de Andalucía en el exterior.
La
fotografía estereoscópica de Alcalá de Guadaíra producida por la H.C. White Co.
es mucho más que una vista pintoresca: es el resultado de una época, de una
tecnología y de una mirada concreta. A través de ella, H.C. White se consolida
como un actor clave en la historia de la fotografía estereoscópica, capaz de
transformar paisajes locales en experiencias visuales globales y
tridimensionales.
Este libro, Alcalá
de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y cuatro relatos, nace con
el propósito de dar a conocer nuestro término municipal y la cuenca del río
Guadaíra a través de las rutas que Antonio diseñó, así como de otras que tuve
el privilegio de recorrer, entre 2019 y 2024, junto a un grupo de
amigos.
A través
de las páginas de este libro
recorreremos vías pecuarias, caminos y riberas del río Guadaíra y
sus arroyos, sumergiéndonos en paisajes de singular belleza y en lugares que,
aunque cercanos, siguen siendo desconocidos para la mayoría. Son espacios
que han sido testigos durante generaciones del paso de agricultores, ganaderos
y cazadores, y que hoy son frecuentados también por senderistas y, sobre todo,
ciclistas.
El libro se organiza
en nueve ámbitos geográficos que van desde el Monumento Natural Riberas del
Guadaíra; y las Terrazas del Guadalquivir en nuestro T.M.; hasta el curso del
río Guadaíra entre el Molino del Boticario y el Molino de Ojeda, una zona
que discurre ya entre los TM de Arahal y Morón de la Frontera.
Cada ruta se
complementa con un mapa del itinerario donde se señalan los
principales elementos patrimoniales del recorrido, lo que enriquece la
experiencia tanto del lector como del caminante.
Además, muchas de
estas rutas incluyen notas a pie de página que aportan datos, anécdotas y
reflexiones que nos ayudan a comprender y valorar plenamente la situación
actual de nuestro patrimonio. Como información práctica, cada itinerario indica
de antemano su grado de dificultad —alto, medio o bajo—, el tiempo aproximado
para recorrerlo y la distancia total en kilómetros.
El libro
cuenta con un prólogo compartido en el que los autores nos presentan a
Antonio y al senderismo a través de sus propias vivencias junto a él en las
rutas.
Joaquín
Ordóñez señala que quien participaba
en una ruta con Antonio sabía perfectamente que todo estaba cuidadosamente
organizado; que no se caminaba con prisa para terminar
antes que nadie; que se hacían las paradas necesarias tanto para
reagruparse como para escuchar explicaciones; y que siempre iban a
aprender algo: a conocer un camino vecinal, una vía pecuaria desconocida o a
descubrir restos arqueológicos en el lugar más inesperado.
Rafael
Robles dice de Antonio que su
conexión con la tierra no era solo un acto de contemplación, sino un diálogo
constante con el paisaje que amaba, donde cada humilde arbusto y cada sendero
parecían reflejar su gratitud y cuidado.
David
Cristel nos revela que cada
excursión al campo con Antonio se transformaba en una lección continua.
Un proceso de aprendizaje que, además, se retroalimentaba en
intensos debates científicos donde el intercambio de ideas nos impulsaba a
dudar, a reflexionar y, en definitiva, a no cesar en el camino del
conocimiento.
Manuel
López García recuerda
que el senderismo va más allá del simple hecho de caminar: implica mirar con
ojos renovados, redescubrir lo que creíamos conocer y atesorar cada paisaje
como parte inseparable de nuestra propia historia. Lo expresa en el prólogo con
las siguientes palabras: «Cuántas veces habremos recorrido el trecho entre la
torre de la Membrilla y la barranca del río… y nunca fue la misma ruta». Y
añade, con acierto: «No hace falta alejarse de Alcalá para disfrutar del
paisaje. Aunque caminar solo tiene su encanto, una ruta siempre será más rica
en compañía».
José
Rodríguez destaca en Antonio la
figura del auténtico descubridor de rutas. Yo me atrevería a ir más allá:
Antonio no solo trazó caminos físicos, sino también simbólicos.
Pero, efectivamente,
recorrió una y otra vez las veredas, trazó itinerarios, recopiló datos con meticulosidad
y rescató del olvido historias y leyendas —como las de “El Bigotes de Alcalá”,
“El niño ahogado en la Cruz de Otívar” o la de la Encina del Cura— que le
fueron transmitidas por nuestro padre.
Curro
López, a quien Antonio
consideraba la persona más idónea para guiar algunas de las rutas que
organizaba con tanto esmero, afirma: «Doy fe de que ser invitado a sus salidas
al campo llegaba a convertirse en una auténtica experiencia, en la que se
intercambiaban conocimientos, se disfrutaba con los cinco sentidos y se
convivía a unos niveles poco comunes».
Félix
Ventero define —con gran
acierto y citando a Reyes Bernal— las rutas de Antonio como «el legado del
mago».
Sin duda, poseía una
mirada capaz de descubrir belleza y significado donde otros apenas veríamos un
simple sendero. Ante un olivar, unos setos vivos, unas hazas de tierra o un
arroyo seco la mayor parte del año, él sabía descifrar una historia completa:
un paisaje que pedía ser contado y rescatado del olvido.
José
Manuel Castro, biólogo,
dice de Antonio que, pese a no haber estudiado Biología, contaba con una de las
voluntades más firmes y apasionadas, que le permitió adquirir un enorme conocimiento
sobre toda nuestra flora; no solo conocía los nombres científicos y comunes, sino
que sabía si tenían un uso medicinal, tradicional o una historia asociada para
contarte, por lo que siempre era un disfrute estar con él.
Antonio
García Mora nos
revela en su prólogo el propósito de este libro: por un lado, mostrar las rutas
que Antonio diseñó y, por otro, dar a conocer otros parajes de nuestro término
municipal mediante itinerarios que no forman parte de aquellas rutas
originales. Explica que formamos «un grupo muy variopinto en formación,
experiencia vital y conocimiento de la cuenca fluvial, pero todos coincidimos
en nuestro amor por la Naturaleza y en la curiosidad por descubrir rincones
ignotos del término municipal».
Bueno, pues de todas
las personas que he mencionado —y de muchas otras que quedan en el tintero, a
las que pido disculpas por que son muchos—, Antonio supo aprender con una
humildad auténtica.
Esta
publicación quiere evidenciar también que el patrimonio de Alcalá de Guadaíra
trasciende ampliamente sus emblemas más conocidos —el castillo, el Parque de
Oromana o los molinos—.
Alcalá, con cerca de
290 km² de término municipal, atesora un patrimonio histórico y natural
vasto y diverso: más de 30 molinos harineros, dos castillos, un palacio,
iglesias y ermitas; decenas de cortijos y haciendas; innumerables yacimientos
arqueológicos de distintas épocas; y un entramado hídrico compuesto por
kilómetros de ríos y arroyos como La Torrecilla, Los Sastres, Zacatín,
Marchenilla, Guadairilla o Gandul. A ello se suman manantiales —el Mal Nombre,
El Perro, Cañiveralejos, Fontanal o Cajul— y extensas galerías subterráneas que
recorren el alcor, como las del camino de las Aceñas, Gallegos, Nuestra Señora
del Águila, Otívar, Fuensanta o La Retama.
Del mismo modo, más de
ciento treinta kilómetros de vías pecuarias —como el Cordel del Gallego, el de
Pelay Correa, la Cañada de Benagila o la Cañada Real de Morón— que conforman
una amplia red que estructura el paisaje. A ellas se suman antiguos
descansaderos y dehesas —Mateos Pablo, la Dehesa Nueva o la de Bucarest—, donde
aún hoy es posible contemplar en invierno las bandadas de grullas, un verdadero
espectáculo de naturaleza viva.
El paisaje se
enriquece, además, con valiosos bosques de galería que acompañan arroyos como
el Guadairilla, Rosalejos, La Madre o Gallegos.
En nuestro término
prosperan más de mil especies vegetales típicamente mediterráneas, junto a
otras propias de zonas serranas —fresas, orquídeas, helechos, entre muchas
más—.
Como testigos
silenciosos del devenir histórico, pervive un destacado conjunto de cortijos,
haciendas y ranchos —La Soledad, Los Ángeles, San José, Zafra, La Piñera,
Guadalupe, Majada Alta, Matallana…— que aún resisten la degradación patrimonial
de las últimas décadas y relatan, con su sola presencia, el pasado agrícola y
económico de estas tierras.
Finalmente, la zona de
Gandul constituye uno de los paisajes culturales más valiosos de la provincia:
alberga uno de los conjuntos megalíticos más relevantes de Sevilla, restos
romanos, un despoblado con elementos medievales, arquitectura señorial, vestigios
de infraestructuras rurales y ferroviarias, y un entorno natural singular
integrado en el paisaje protegido de Los Alcores: el Toruño, la Mesa, el
escarpe y su entorno.
Hay dos
momentos clave que marcaron la relación de Antonio con el senderismo.
El primero fue la
primera ruta que organizó para el grupo ecologista Alwadi-ira. Aquella caminata
nos llevó al corazón del Parque de Oromana y, entre sus senderos, comenzó todo.
Joaquín Ordóñez formaba parte de aquel pequeño grupo —poco más de media docena
de personas— que caminamos por primera vez guiados de la mano de Antonio.
El segundo momento
llegó muchos años después, en 2018, nuevamente en una ruta organizada por el
grupo ecologista: la que sería su última. En esta ocasión caminamos desde el
paso de la Nena, junto a la base de Morón, en el término municipal de Arahal,
hasta el Puente de Hornillo, sobre el río Guadaíra, ya dentro del término
municipal de Morón de la Frontera.
Para
Antonio, como ya hemos visto, cada ruta era mucho más que un simple recorrido.
Era, en esencia, una lección de respeto hacia nuestra tierra; una oportunidad
para transmitir conocimiento; un espacio de encuentro y, al mismo tiempo, un
acto de denuncia frente a su abandono.
Como bien recordaréis,
muchas de las personas que estáis aquí, con voz firme y convencida reclamaba en
sus rutas una acción decidida por parte de las administraciones para proteger y
recuperar nuestra herencia cultural, histórica y ambiental. En cada una de sus
palabras latía su filosofía más profunda: «Solo se valora lo que se conoce, y
solo se protege lo que se valora».
De ese espíritu de
descubrimiento, de valoración, de colaboración, de comunidad y de mirada
renovada nace Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y
cuatro relatos. En estos cuatro relatos se recogen vivencias de Antonio en
la cuenca alta del río Guadaíra, un territorio aún más desconocido para quienes
somos de Alcalá.
Para
concluir, como estamos viendo, este libro trasciende la mera función de una
guía de senderos para convertirse también en un verdadero compendio de notas
históricas, catálogo patrimonial, vivencias, reflexiones, denuncias y relatos.
Los invito no solo a
leer estas páginas, sino a recorrer sus rutas, a sentirlas y a dejarse llevar
por ellas, trazando nuevos itinerarios.
Deseo expresar mi
gratitud a Félix Ventero y a mi familia por sus correcciones al texto, y muy
especialmente a mi hija Rocío por su colaboración en la elaboración de los
mapas que acompañan cada una de las rutas de este libro, así como del vídeo
proyectado. Mi agradecimiento se extiende también a los prologuistas aquí
presentes y a quienes, por distintas circunstancias, no han podido
acompañarnos. Joaquín Ordóñez, por su colaboración en la nota de prensa y José
Torres, por dirigir esta presentación.
delegada del Monumento
Natural, Medio Ambiente y Sostenibilidad, Luisa;
Familiares:
Compañeras y compañeros de la Sociedad Ecologista Alwadi-ira-Ecologistas en
Acción;
Amigas y amigos:
Gracias por estar hoy
aquí.
En nombre de toda la
familia, deseo expresar nuestro más sincero agradecimiento a la corporación
municipal y a todas las personas que han hecho posible este emotivo homenaje.
Nos sentimos
profundamente agradecidos por este reconocimiento a la figura de Antonio, que
perpetúa su nombre y su legado en la memoria colectiva de Alcalá.
Deseo destacar igualmente
la elección de este recorrido: un trazado que discurre en paralelo a la antigua
vía del Tren de los Panaderos, atraviesa los terrenos que en su día acogieron
la fábrica de harinas de La Portilla, se asoma a los restos del molino de La
Caja y al molino de El Algarrobo, y acompaña el curso del río Guadaíra entre
antiguas huertas, hasta llegar a lo que fue vivero municipal.
A lo largo del camino, el
paisaje se embellece con una variada diversidad arbórea y arbustiva que
convierten este sendero en un auténtico paseo botánico.
Es, sin duda, un espacio
donde la historia industrial, molinera y hortelana de Alcalá se funde con la
belleza del paisaje natural, invitando al paseo, al recuerdo y a la
contemplación de nuestro rico patrimonio.
Antonio describió
magistralmente este recorrido y su entorno a través de varias rutas
interpretativas, algunas de las cuales han sido recogidas en su obra póstuma
recientemente publicada: Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo
alternativas y cuatro relatos.
Hoy es también una buena
ocasión para recordar su valiosa labor en el campo de la botánica.
Junto a David Cristel,
colaboró en la obra Árboles y arbustos singulares del término municipal de
Alcalá de Guadaíra, que recoge ejemplares presentes en este mismo entorno;
también colaboró con él en la Guía de campo de las orquídeas silvestres de
Alcalá de Guadaíra. Además, junto a José Rodríguez, publicó la Guía de
campo de las orquídeas silvestres de la cuenca alta del río Guadaíra.
En el apasionante mundo
de las orquídeas, merece especial mención el descubrimiento que realizó, junto
a sus amigos, en el entorno de este Monumento Natural, de la orquídea: Ophrys
bombyliflora var. albarranii, una auténtica joya natural que lleva su
nombre.
Antonio había reunido,
además, una amplia colección de fotografías de plantas de la zona, resultado de
un trabajo sistemático de observación y registro. Su colección constituye un
valioso testimonio de la diversidad vegetal local y del rigor con que desarrollaba
su labor.
Licenciado en Geografía e
Historia por la Universidad de Sevilla, Antonio sintió siempre una profunda
pasión por la historia contemporánea de Alcalá. Su curiosidad intelectual y su
compromiso con la investigación le llevaron a mantener abiertas diversas líneas
de estudio. Por poner algunos ejemplos:
Fue coautor del libro El
patrimonio de Los Alcores. Una propuesta de Parque Cultural, una obra que
refleja la sensibilidad hacia la conservación y puesta en valor del territorio.
En el Primer Congreso de
Historia y Cultura de Alcalá, presentó junto a José Rodríguez el trabajo El
legado subterráneo de la Compañía Inglesa de Aguas: el caso de los depósitos,
galerías y conducciones de La Fuensanta, La Judía y La Retama, un ejemplo
más de su incansable interés por rescatar y divulgar el patrimonio histórico
local. En el mismo congreso presentó: El Tren de los Panaderos. Primeras
iniciativas y proceso de construcción visto a través de los medios de
comunicación del siglo XIX.
Fruto de esa
investigación, en 2023 vio la luz su obra póstuma: El tren de los panaderos.
Una aproximación a la Compañía de Ferrocarriles de Sevilla a Alcalá y Carmona.
Pero no se quedaba solo
en el ámbito del TM de Alcalá.
En el Aula Miguel Cala
Sánchez, de Morón de la Frontera, entidad que promueve, entre otros fines, la
protección de la cuenca alta del río Guadaíra, participó activamente en
diversos trabajos de investigación y divulgación.
Del mismo modo, en el
marco de la Sociedad Ecologista Alwadi-ira-Ecologistas en Acción, elaboró y
colaboró en numerosos estudios, denuncias y propuestas que fueron presentados
ante distintas administraciones públicas.
En todas estas
iniciativas destacó por su entusiasmo y por la generosidad con la que compartía
sus conocimientos.
Todo este legado nos
habla de un hombre que supo ver en cada rincón de esta tierra una historia
digna de ser contada y protegida.
Cuando Antonio llegó al
grupo ecologista Alwadi-ira, a mediados de los noventa, encontró una trinchera
donde proteger y dignificar nuestro patrimonio.
En un momento difícil
para el grupo, trabajó con entusiasmo para darle un nuevo impulso.
Fue Antonio quien se
convirtió —a través de sus rutas— en el alma de aquel renacer.
Fue la mente que dio vida
a la revista Acebuche y el autor de aquel pequeño gran libro que cambió
para siempre la forma de mirar los senderos más próximos a nuestro pueblo: Alcalá
de Guadaíra. Diez rutas alternativas. 2003
Aquel libro no fue solo
una guía de senderos: fue una verdadera declaración de amor a Alcalá. Como
solía decir Antonio: “Solo se defiende y se ama lo que se conoce.”
Antonio nos abrió los
ojos. Nos reveló los secretos del Parque de Oromana, del arroyo de Guadairilla,
de la Dehesa Nueva o de El Acebuchal.
Nos enseñó a recorrer el
Camino de Matatoros, Cañada Real de Morón, el Cordel de Gallegos o el de Pelay
Correa, revelándonos en cada paso la belleza escondida de nuestro entorno más
cercano y las historias y leyendas que los habitan: El Bigotes de Alcalá,
el niño ahogado en la Cruz de Otívar o la Encina del Cura.
¿Quién no recuerda
aquellas rutas inolvidables en las que Antonio nos guiaba por el Guadaíra,
Gandul o la Torre de la Membrilla?
También nos ayudó a mirar
con otros ojos las haciendas y cortijos que siempre habían estado ahí, pero que
solo él sabía contar, con esa mezcla de conocimiento, respeto y cariño que lo
caracterizaba.
No exagero al decir que
fue uno de los mayores conocedores de nuestro término municipal. Tal vez el que
mejor lo conocía.
Sintetizando su postura
ante el mundo, para Antonio, los retos ambientales, patrimoniales o sociales
de nuestro tiempo no eran solo un desafío técnico, sino un imperativo ético
y social que encuentra su campo de acción más inmediato en lo local.
Terminando.
Confieso que, cuando se
propuso esta distinción, dudé si él la hubiese aceptado. Antonio era una
persona sencilla, discreta y reacia a cualquier protagonismo.
Pero comprendí
que precisamente a quienes rehúyen los honores personales debemos reconocerlos
más, porque representan los valores que dignifican a una comunidad.
Este homenaje me lleva
inevitablemente a recordar también a los padres de Antonio, mis padres.
A Antonio le gustaba
decir que fue de la mano de nuestro padre, Francisco Gavira Márquez, como
conocimos el campo (el Camino de la Venta de Las Caleras, Los Pastores,
Matatoros, Piedra Hincada, Palito Hincado, La Lapa, el arroyo de Las Desgreñas,
Rosalejos, El Novillero, El Infierno...) Él nos enseñó a escuchar sus sonidos,
a descubrir sus historias y, sobre todo, a amarlo.
Mi madre, Salud Albarrán
Gallardo, fue una mujer excepcional que, en los años difíciles que nos tocó
vivir, mantuvo firme el rumbo de nuestra familia. Encarnaba el equilibrio
perfecto entre bondad, carácter e inteligencia, y supo transformar cada dificultad
en una lección de fortaleza y esperanza.
Con su ejemplo, su temple
y su incansable dedicación, nos enseñó que la dignidad y el esfuerzo son los
verdaderos caminos hacia cualquier logro. A su constancia debemos, en gran
medida, lo que somos.
A mi cuñada Mercedes y a
mi sobrina Laura:
Este es también el paseo de ustedes. El reconocimiento de un pueblo al hombre
extraordinario que tuvisteis en casa. Él siempre estará aquí. Su amor por
Alcalá queda, para siempre, inscrito en este lugar.
Este paseo no es solo un
tramo de tierra con su nombre. Es un símbolo: El símbolo del camino que él nos
enseñó a recorrer; de la huella que dejó en la geografía y en el corazón de
Alcalá.
Y también, una invitación
permanente a seguir sus pasos: a caminar, a observar, a aprender y a
comprometernos.
Esta distinción la
familia la recibe de la corporación municipal con profundo orgullo y gratitud.