La fotografía del Castillo de
Alcalá de Guadaíra tomada en 1932 por José Ramón Mélida y Alinari representa
mucho más que una simple imagen arquitectónica. Esta instantánea en blanco y
negro, con su composición enmarcada por un arco que dirige la mirada hacia la
fortaleza, captura un momento crucial en la historia del patrimonio alcalareño.
Las figuras humanas visibles a pie de muralla, al menos diez, testimonian la vida cotidiana que
transcurría junto al monumento en los albores de la Segunda República.
Mélida (1856-1933) representaba
la culminación de la tradición erudita decimonónica española y su transición
hacia la arqueología científica moderna. Como director del Museo Arqueológico
Nacional (1916-1930) en los años previos a la República, había impulsado la
profesionalización de la disciplina. Su fotografía del castillo formaba parte
de un trabajo sistemático de documentación que publicaría ese mismo año en el
Boletín de la Real Academia de la Historia. «Arqueólogo, historiador y
novelista. Fue el séptimo de once hermanos, algunos de ellos con buenas dotes
artísticas como Arturo arquitecto y escultor o Enrique, pintor, lo que le hizo
estar en contacto con el arte desde muy pequeño.»[1]
A los 76 años, Mélida encarnaba
la continuidad institucional en un momento de profunda transformación política.
Su enfoque metodológico combinaba el rigor documental con una sensibilidad
histórica que valoraba tanto el monumento como su contexto humano y
paisajístico.
El Castillo de Alcalá, declarado
Monumento de Interés Histórico-Artístico en 1924 durante la dictadura de Primo
de Rivera, llegaba a la República con protección legal, pero con los desafíos
propios de un país en transformación. Andalucía, con su riqueza patrimonial, se
convertía en laboratorio de las políticas culturales republicanas.
La Ley del Tesoro Artístico
Nacional de 1933, promovida por el gobierno republicano, establecía por primera
vez un sistema integral de protección del patrimonio. Esta legislación
coincidía temporalmente con el trabajo de Mélida, reflejando un nuevo enfoque
donde la documentación fotográfica sistemática se convertía en herramienta
fundamental de conservación.
El año 1932 se situaba en el
período reformista de la República, caracterizado por:
-Intensos debates sobre la reforma agraria,
especialmente relevante en Andalucía
-Aprobación del Estatuto de Cataluña, que
impulsaba debates autonómicos
-Tensiones entre modernización y tradición que
afectaban a la percepción del patrimonio
-Desarrollo de políticas educativas y culturales
que incluían la protección monumental
En este contexto, el castillo
representaba no solo un vestigio histórico, sino un símbolo de identidad local
en proceso de redefinición. La fotografía de Mélida capturaba el monumento en
un momento de relativa estabilidad antes de los convulsos años que seguirían.
El Castillo de Alcalá de
Guadaíra se alzaba como testimonio de siglos de historia andaluza:
-Orígenes islámicos:
Construcción principalmente almohade (siglos XI-XII)
-Adaptación cristiana:
Reformas tras la conquista en 1247
-Función estratégica:
Control del camino entre Sevilla y Granada
-Sistema defensivo integrado:
Formaba parte de un conjunto más amplio con murallas urbanas
Su valor patrimonial residía no
solo en su arquitectura, sino en su integración con el paisaje del valle del
Guadaíra y su relación con el desarrollo urbano de Alcalá.
La fotografía de 1932 representa
un punto de equilibrio entre:
Contexto político de
reforzamiento de la protección patrimonial
Continuidad vital del
monumento en la vida cotidiana
Tristemente, esta etapa de
documentación y protección quedaría interrumpida por el golpe de estado y la
Guerra Civil (1936-1939), durante la cual muchos monumentos andaluces sufrirían
daños o abandono.
La imagen del Castillo de Alcalá
nos llega así, como testimonio de un momento en que España intentaba conciliar
modernidad y tradición, documentando su patrimonio para las generaciones
futuras en un contexto de profundas transformaciones políticas y sociales.
Carmona / El Viso del Alcor /
Mairena del Alcor / Alcalá de Guadaíra, enero de 2026
La Plataforma en Defensa de Los
Alcores celebró el pasado 19 de enero su asamblea general, en la que realizó un
balance positivo de las acciones desarrolladas en los últimos meses y aprobó un
nuevo plan de trabajo para seguir avanzando en la defensa y puesta en valor del
patrimonio histórico, cultural y natural de la comarca de Los Alcores.
Entre los principales logros
destacados se encuentra la solicitud formal a la Junta de Andalucía para la
activación del expediente que permitiría declarar Los Alcores como Zona
Patrimonial, gestionada mediante la figura de un Parque Cultural, iniciativa que
la Plataforma considera clave para garantizar la protección integral de este
territorio. Aunque aún no se ha recibido respuesta oficial, la Plataforma
continuará insistiendo ante las administraciones competentes.
Asimismo, se valoró muy
positivamente la difusión mediática alcanzada en los últimos meses, entre la
que destacan la emisión de un programa monográfico en Canal 12 TV sobre el
patrimonio de Los Alcores, la organización de rutas interpretativas reivindicativas
y la repercusión en prensa de varias notas informativas, como la relativa a la
presencia de nutrias en el tramo urbano del río Guadaíra, ejemplo de la riqueza
ambiental del entorno.
La asamblea también abordó la
preocupación generada por los movimientos de tierras en la dehesa de Piedra
Hincada, un espacio de alto valor ambiental y arqueológico donde se localizan
yacimientos de época romana, entre ellos una importante cantera histórica. La
Plataforma presentó escritos ante distintas administraciones y ha seguido de
cerca el desarrollo de las actuaciones, que han contado con autorización
administrativa, manteniendo una actitud vigilante y reivindicativa.
De cara al próximo trimestre, la
Plataforma aprobó un plan de acción que incluye la organización de conferencias
divulgativas, la producción de contenidos audiovisuales monográficos con
especialistas en patrimonio y medio ambiente, el refuerzo de su presencia
digital, nuevas gestiones institucionales ante la Junta de Andalucía, la
Diputación de Sevilla y los ayuntamientos de la comarca, así como la
organización de rutas de senderismo reivindicativas en defensa del futuro
Parque Cultural de Los Alcores.
Desde la Plataforma se insiste
en que Los Alcores constituyen un territorio único, donde confluyen valores
arqueológicos, históricos, paisajísticos y ecológicos de primer orden, y se
hace un llamamiento a la ciudadanía y a las instituciones para sumar esfuerzos
en su protección y puesta en valor.
Esta fotografía, producida por
el sello editorial CLICHÉ COTÁN, representa una vista del Molino de San
Juan y constituye un ejemplo significativo de la producción masiva de postales
ilustradas de comienzos del siglo XX. La imagen muestra el edificio en un
estado previo a las restauraciones acometidas a lo largo del siglo XX,
permitiendo apreciar con claridad la solidez de su arquitectura y su
integración natural en el paisaje. El molino se alza junto al propio cauce del
río, rodeado de vegetación de ribera, bajo un cielo despejado que refuerza la
sensación de serenidad y permanencia. Podemos observar el arranque del canal que construyó la familia de La Portilla para encauzar el agua del río hasta la fábrica de harinas.
La postal posee un notable valor
documental y patrimonial, ya que:
Documenta un estado pretérito del monumento:
fija la apariencia del Molino de San Juan en las primeras décadas del
siglo XX, mostrando su silueta erosionada por el paso del tiempo, pero aún
imponente, antes de las intervenciones de restauración.
Forma parte de la memoria visual colectiva:
gracias a la amplia difusión de las postales de CLICHÉ COTÁN, imágenes
como esta se consolidaron como referentes visuales de Alcalá de Guadaíra,
contribuyendo de manera decisiva a la construcción de su identidad
paisajística y patrimonial.
Constituye un testimonio de una práctica
editorial histórica: ejemplifica el papel fundamental de
la fotografía como medio de difusión del patrimonio monumental y
paisajístico en una época anterior a la fotografía digital, al turismo de
masas y a los actuales sistemas de comunicación visual.
El característico tono azulado o
sepia de la copia —dependiente de la técnica de reproducción empleada— añade
una dimensión evocadora que intensifica la sensación de nostalgia y distancia
temporal, subrayando su condición de ventana abierta a un pasado ya
desaparecido.
CLICHÉ COTÁN fue uno
de los principales editores de postales del ámbito andaluz, especialmente
activo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Su producción
se caracterizó por una cuidada selección de vistas urbanas, monumentales y
paisajísticas, así como por una notable capacidad de distribución, lo que
permitió que sus imágenes circularan ampliamente tanto a nivel local como
nacional. Gracias a esta labor editorial, hoy se conservan valiosos testimonios
gráficos de edificios, entornos y escenas cotidianas que, en muchos casos, han
sufrido profundas transformaciones o han desaparecido.
Así, esta imagen no es
únicamente una representación del Molino de San Juan, sino un fragmento
esencial de la memoria visual e histórica de Alcalá de Guadaíra, y un
ejemplo destacado del papel que la fotografía y la postal ilustrada
desempeñaron en la conservación simbólica del patrimonio. Archivo digital de
Antonio Gavira Albarrán.
La fotografía del Castillo de Alcalá de Guadaíra captada por Ramón Almela a comienzos del siglo XX es un ejemplo elocuente de su manera de entender la fotografía como documento histórico. Lejos de la postal pintoresca o del encuadre efectista, Almela opta por una visión directa, sobria y estructural, en la que la arquitectura se impone al paisaje sin desligarse de él.
La imagen muestra una vista lateral y elevada del Castillo de Alcalá de Guadaíra, recortado con fuerza sobre el cielo. La fortaleza se despliega horizontalmente a lo largo de la cresta del cerro, con sus torres macizas, lienzos de muralla almenados y volúmenes prismáticos claramente definidos. La ausencia de edificaciones modernas refuerza la lectura monumental del conjunto.
En primer plano se extiende la ladera natural del cerro, cubierta de vegetación baja y terreno irregular, sin caminos ni intervenciones visibles, lo que subraya el carácter aislado y defensivo del castillo. La composición es sobria y equilibrada: el paisaje ocupa casi dos tercios de la imagen y conduce la mirada hacia la arquitectura, que se presenta desnuda, sólida y atemporal. Podemos distinguir tres personas.
La fotografía está realizada en blanco y negro, con una gama tonal rica y contrastada, lo que permite apreciar la textura de los muros, las huellas del paso del tiempo y la integración del monumento en el entorno. No hay figuras humanas ni elementos anecdóticos: el protagonismo absoluto es del castillo y su emplazamiento.
Nacido en Sevilla en 1870 y fallecido en 1925, Ramón Almela fue heredero de una saga fotográfica iniciada por su padre, Francisco Almela, y desde 1891 dirigió el estudio familiar bajo la firma «Almela, Fco. e Hijo». Especializado en fotografía urbana y monumental, se convirtió en uno de los grandes cronistas visuales de Sevilla y su provincia en el tránsito del siglo XIX al XX.
En esta imagen del castillo, Almela demuestra su dominio del punto de vista: elige una posición baja y lateral que permite leer el conjunto defensivo como una secuencia de volúmenes, resaltando su función militar y su adaptación a la topografía. La ausencia de elementos contemporáneos convierte la fotografía en un documento casi arqueológico, donde el castillo aparece como símbolo intemporal del poder y la historia de Alcalá.
Trabajando con técnicas como el gelatinobromuro y característicos virados cálidos o neutros, Almela consiguió imágenes de gran nitidez y riqueza tonal. Muchas de ellas fueron difundidas como tarjetas postales, contribuyendo a fijar una memoria colectiva del patrimonio andaluz antes de las grandes transformaciones urbanas del siglo XX.
Hoy, esta fotografía no solo permite apreciar el estado del castillo antes de intervenciones posteriores, sino que confirma el valor del legado de Ramón Almela como archivo visual esencial para comprender la relación entre paisaje, arquitectura y ciudad en la Andalucía histórica. Su obra, silenciosa y precisa, sigue dialogando con el presente desde la solidez de la piedra y la claridad de la mirada.
Ramón Almela (Sevilla, 1870–1925), hijo del fotógrafo Francisco Almela, dirigió desde joven el estudio familiar «Almela, Fco. e Hijo». Fue un fotógrafo itinerante especializado en vistas urbanas, monumentales y costumbristas, difundidas principalmente a través de tarjetas postales. Trabajó con técnicas como la albúmina tardía y el gelatinobromuro, empleando virados cálidos que dieron tono sepia a muchas de sus obras. Su legado constituye hoy un archivo visual esencial para estudiar la evolución del urbanismo en Sevilla y su provincia. La fotografía pertenece al archivo digital de Antonio Gavira Albarrán.
La Plataforma en Defensa de Los
Alcores expresa su profunda preocupación ante la actividad de maquinaria pesada
que se está desarrollando en la dehesa de Piedra Hincada, en el término
municipal de Alcalá de Guadaíra. Dicha actuación ha sido justificada por la
Delegación Territorial de Turismo, Cultura y Deporte de Sevilla (Junta de
Andalucía) como una supuesta actividad arqueológica preventiva autorizada,
una explicación que consideramos insuficiente y carente de la transparencia
necesaria.
Piedra Hincada se localiza en un
ámbito catalogado como Suelo de Interés Ambiental por el Plan General de
Ordenación Urbanística (PGOU) de Alcalá de Guadaíra, lo que exige un grado
máximo de cautela en cualquier intervención. Este enclave forma parte del
sistema patrimonial y paisajístico de Los Alcores y presenta valores
contrastados tanto desde el punto de vista natural como cultural.
En el área se documenta la
existencia de yacimientos arqueológicos, entre ellos el Arq. 103 (La Cerea),
correspondiente a una extensa cantera histórica de roca calcárea, atribuida por
la bibliografía especializada a época romana. El yacimiento se caracteriza por
grandes frentes de extracción con cortes escuadrados, huellas de cuñas y
acumulaciones de restos del trabajo de cantera, elementos que evidencian una
explotación sistemática y de notable entidad. Sus características técnicas y su
disposición coinciden con otras canteras romanas documentadas en el entorno
norte de Los Alcores.
A estos valores patrimoniales se
suma un ecosistema de dehesa mediterránea bien conservado, con un
encinar disperso acompañado de palmas y retamas, una destacada diversidad de
avifauna y la presencia de especies vegetales de especial interés para la
conservación, como Silene mariana, Anchusa calcárea, Armeria
hispalensis, Euphorbia baetica, Loeflingia baetica y Narcissus
cavanillessii (= Narcissus humilis).
Desde la Plataforma consideramos
que cualquier intervención que implique movimientos de tierras mediante
maquinaria pesada supone un riesgo evidente e irreversible para la
integridad de este espacio, tanto en lo que respecta a sus valores ambientales
como a su patrimonio arqueológico. Por ello, rechazamos firmemente cualquier
intento de recalificación o de introducción de usos incompatibles con su
adecuada protección.
Reclamamos una respuesta
clara, pública e inmediata por parte del Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra
y de las Consejerías competentes de la Junta de Andalucía a los escritos
registrados el pasado 1 de diciembre por la Sociedad Ecologista Alwadi-ira, que
a día de hoy siguen sin recibir contestación. Asimismo, exigimos que se
garantice la paralización cautelar de las actuaciones y que se adopten medidas
efectivas para la preservación integral de la dehesa de Piedra Hincada, un
espacio único cuyo valor ambiental, histórico y cultural resulta
incuestionable.
A
finales del siglo XIX y comienzos del XX, la fotografía se consolidó como una
herramienta fundamental para la documentación del patrimonio histórico y urbano
en España. En Andalucía, y especialmente en Sevilla y su entorno, destacaron
diversos fotógrafos que supieron captar la transformación de ciudades y
monumentos en un momento clave de transición hacia la modernidad. Entre ellos
sobresale la saga de los fotógrafos Almela, cuya obra constituye hoy un
valioso testimonio visual del paisaje monumental andaluz¹. La existencia de
colecciones fotográficas históricas conservadas en ámbitos educativos, como la
del IES Conde Diego Porcelos sobre el Castillo de Alcalá de Guadaíra,
refuerza la importancia de este legado visual².
La
firma fotográfica Almela estuvo vinculada principalmente a Francisco
Almela (1842-1896) y a su hijo Ramón Almela (1870-ca. 1925), activos
en Sevilla desde las últimas décadas del siglo XIX³. Tras la muerte del padre,
Ramón continuó el negocio familiar, primero bajo la denominación Almela,
Fco. e Hijo y posteriormente con firma propia, consolidándose como uno de
los principales fotógrafos documentales del ámbito sevillano⁴.
Su
producción se centró en vistas monumentales, arquitectura histórica, escenas
urbanas y acontecimientos populares, empleando procedimientos técnicos
habituales en la época como la albúmina y el gelatino-bromuro, formatos muy
utilizados en álbumes y series destinadas a la difusión cultural y turística⁵.
La
obra de los Almela se inscribe en una tradición de fotografía documental
patrimonial, cuya finalidad trascendía el valor estético para convertirse
en un medio de registro histórico⁶.
Estas imágenes documentan
el estado de monumentos y espacios urbanos antes de importantes
transformaciones, convirtiéndose
en fuentes primarias para la investigación
histórica, arquitectónica y urbanística.
La
circulación de estas fotografías en álbumes, postales y colecciones
institucionales favoreció la creación de una imagen visual compartida del
patrimonio andaluz, especialmente de ciudades como Sevilla y su entorno
metropolitano.
El
Castillo de Alcalá de Guadaíra, uno de los conjuntos fortificados más
relevantes del sur peninsular, fue objeto de interés por parte de fotógrafos
documentales desde finales del siglo XIX. En este contexto se sitúa la colección fotográfica conservada
en el IES Conde Diego Porcelos, integrada por imágenes históricas del
castillo y su paisaje inmediato.
Aunque
la autoría de estas imágenes no siempre aparece explícitamente documentada, la
cronología, el enfoque descriptivo y el lenguaje visual coinciden con la
producción de fotógrafos activos en Andalucía en torno a 1900, como Ramón
Almela7. Este tipo
de fondos educativos desempeñó un papel clave en la difusión del conocimiento
histórico y patrimonial durante el primer tercio del siglo XX.
Parte
de la producción fotográfica de los Almela se conserva actualmente en fondos
públicos, como la Fototeca Municipal de Sevilla, lo que confirma su
relevancia dentro de la historia de la fotografía española8. La preservación y
catalogación de estas imágenes ha permitido reconocer su valor como documentos
históricos y como fuentes para el estudio del patrimonio cultural andaluz.
La
relación entre la obra de Almela y colecciones educativas como la del IES Conde
Diego Porcelos pone de relieve la necesidad de revisar sistemáticamente los
archivos fotográficos escolares, donde se conservan materiales de gran
interés histórico aún insuficientemente estudiados.
La
figura de Ramón Almela, heredero y continuador del estudio familiar,
representa un ejemplo destacado del fotógrafo documental de principios del
siglo XX, comprometido con la captación del patrimonio y la memoria visual de
su tiempo. Su legado, conservado en archivos públicos y colecciones históricas,
constituye hoy una fuente imprescindible para el conocimiento del pasado urbano
y monumental de Andalucía.
La
colección del Castillo de Alcalá de Guadaíra conservada en el IES
Conde Diego Porcelos se inscribe en esta tradición documental y pone de
manifiesto el valor de la fotografía histórica como instrumento de
conocimiento, educación y conservación del patrimonio. El estudio y
contextualización de estas imágenes permiten recuperar no solo una mirada
fotográfica, sino una forma de entender y preservar la historia.
En la tarde del jueves
18 de diciembre, un compañero de la Sociedad Ecologista Alwadi-ira, fue
sorprendido por la presencia de una nutria en las aguas del río Guadaíra. Este
avistamiento es mucho más que una anécdota: representa una señal de vida y
esperanza para el río y para toda la comarca de Los Alcores.
La nutria es una especie considerada bioindicadora, ya que su
presencia evidencia que el agua mantiene unas condiciones de calidad adecuadas
para sostener poblaciones de peces y otros organismos acuáticos. Por este
motivo, su avistamiento en el río Guadaíra constituye un hecho extraordinario.
Conviene recordar que en abril de 2021 se informó de la muerte de una nutria en
la zona de La Aceña, tras haber sido observada previamente en el cauce, y que
los registros anteriores eran muy escasos y puntuales, como el hallazgo de un
ejemplar atropellado en Arahal en 2017. Que hoy vuelva a detectarse la
presencia de nutrias en Alcalá de Guadaíra es un indicio de una recuperación
lenta, pero posible, del ecosistema fluvial. De hecho, en los últimos meses se
ha observado y grabado a una familia de nutrias en el tramo urbano del río.
No obstante, persisten amenazas bien conocidas. La actividad
de la industria olivarera aguas arriba, especialmente en episodios de lluvia,
continúa provocando vertidos de residuos que ocasionan mortandades de peces.
Estos hechos evidencian la fragilidad de la salud del río y la urgencia de
proteger sus aguas y bosques de ribera, esenciales como refugio y fuente de
alimento para una biodiversidad extraordinariamente rica.
El río Guadaíra, junto con el conjunto de su cuenca
—especialmente en su tramo medio-bajo—, desempeña un papel fundamental como
corredor ecológico en un entorno profundamente humanizado y transformado. La
biodiversidad de Los Alcores no tendría los valores que hoy conserva sin el río
y sus afluentes. Tejones, garduñas, meloncillos, ginetas, comadrejas, nutrias,
zorros y turones encuentran en los cauces con vegetación espontánea los
pasillos seguros que les permiten desplazarse y sobrevivir. Cualquier alteración
de estos elementos —disminución de caudales, degradación de las riberas o
empeoramiento de la calidad del agua— tendría efectos inmediatos y drásticos
sobre la fauna del territorio.
La imagen, cada vez menos excepcional, de la nutria en el
Guadaíra debe servirnos como centinela del estado ambiental del río. Es una
forma hermosa de recordarnos que aún existen alimento y refugio suficientes
para que esta especie sobreviva en un mundo cada vez más dominado por la
actividad humana.
Desde la Plataforma en Defensa de Los Alcores celebramos este
avistamiento como un motivo de esperanza y como un argumento más para reforzar
nuestra petición de que Los Alcores sean declarados Parque Cultural, una figura
que permitiría proteger de manera integral su patrimonio natural y cultural.
Hoy el Guadaíra nos regala una imagen de vida. Que sea un
impulso para seguir trabajando por un río limpio, vivo y con futuro, para que
nuestros hijos y nietos puedan seguir disfrutando de la nutria y de la riqueza
natural que aún alberga este territorio.
La
fotografía estereoscópica de Alcalá de Guadaíra, producida por la H.C.
White Co., constituye un ejemplo paradigmático del uso de la imagen
tridimensional como herramienta de divulgación cultural, documental y comercial
en el tránsito del siglo XIX al XX. Este artículo analiza la figura de H.C.
White, el contexto histórico y técnico de la toma y el valor visual y
patrimonial de la escena representada.
La
H.C. White Company, fundada en Estados Unidos por Henry C. White en la década
de 1890, fue una de las principales productoras y distribuidoras de fotografías
estereoscópicas a escala internacional.
White
no fue únicamente un fotógrafo, sino un editor visual en el sentido moderno del
término: seleccionaba temas, encargaba tomas a operadores especializados y
diseñaba el producto final para ser consumido mediante visores estereoscópicos,
convirtiendo la fotografía en una experiencia inmersiva antes de la era del
cine.
La
imagen de Alcalá de Guadaíra puede fecharse con bastante seguridad entre 1895 y
1905, un periodo clave caracterizado por:
La consolidación del
proceso de gelatina de plata, que permitió mayor nitidez y estabilidad.
El auge del turismo
visual: viajar sin moverse del salón.
El interés europeo y
norteamericano por el sur de España como territorio “pintoresco”, heredero del
imaginario romántico.
En
este contexto, Andalucía se presenta como un espacio de tradición, naturaleza y
pasado histórico, en contraste con la industrialización acelerada del norte de
Europa y Estados Unidos. La estereoscopía reforzaba esta percepción al añadir
profundidad y realismo, haciendo que el espectador “entrara” literalmente en el
paisaje.
La
fotografía está concebida específicamente para la visión tridimensional. La
escena se estructura en tres planos muy claros:
Primer plano: vegetación
autóctona (pitas o chumberas), que sobresale visualmente al mirarla con visor.
Plano medio: sendero
sinuoso y arbolado, que guía la mirada.
Plano lejano: el caserío
de Alcalá, con elementos arquitectónicos dominantes (iglesia, castillo o
torre).
Esta
disposición no es casual: maximiza el efecto estereoscópico y demuestra una
planificación consciente del espacio.
Amplia profundidad de
campo, fruto de diafragmas cerrados.
Exposición equilibrada,
con detalle tanto en luces como en sombras.
Nitidez notable para una
toma realizada con negativos de vidrio.
Todo
ello evidencia un operador experimentado y un estándar de calidad elevado por
parte de la editorial.
Más
allá de su valor estético, la imagen es un documento histórico de primer orden:
Registra un paisaje
previo a la urbanización moderna.
Muestra la relación entre
núcleo urbano y entorno natural.
Refleja la importancia
económica de Alcalá como centro harinero, explícitamente mencionada en el pie
de foto.
La
ausencia de figuras humanas refuerza la idea de un paisaje intemporal, casi
arquetípico, pensado para representar “lo andaluz” ante un público extranjero.
Esta
estereoscópica de H.C. White cumple una doble función:
Objeto cultural, producto
de una industria visual global.
Documento territorial,
hoy de gran interés para historiadores, urbanistas y estudiosos del paisaje.
Su
conservación y estudio permiten comprender no solo cómo era Alcalá de Guadaíra
a finales del siglo XIX, sino también cómo se construyó visualmente la imagen
de Andalucía en el exterior.
La
fotografía estereoscópica de Alcalá de Guadaíra producida por la H.C. White Co.
es mucho más que una vista pintoresca: es el resultado de una época, de una
tecnología y de una mirada concreta. A través de ella, H.C. White se consolida
como un actor clave en la historia de la fotografía estereoscópica, capaz de
transformar paisajes locales en experiencias visuales globales y
tridimensionales.
La
explotación minera podría haber rebasado los límites autorizados, tanto
en superficie como en profundidad, afectando al escarpe de Los Alcores,
un enclave de alto valor paisajístico protegido por el planeamiento urbanístico
por interés paisajístico y por el Plan de Ordenación del Territorio de la
Aglomeración Urbana de Sevilla
Tras
más de treinta años de actividad extractiva, no se aprecian actuaciones
de restauración ambiental progresiva, tal y como exige la normativa
vigente y los planes de restauración. La superficie afectada alcanza
aproximadamente 82 hectáreas, muchas de las cuales podrían y deberían
haber sido ya restauradas, lo que podría constituir un incumplimiento grave del
Real Decreto 975/2009 sobre residuos de industrias extractivas y rehabilitación
de espacios mineros
Uno
de los aspectos más preocupantes señalados es la posible afección al
acuífero Sevilla–Carmona (MAS 05.47), declarado oficialmente sobreexplotado
desde 1992. En el interior de la cantera se han detectado varios alumbramientos
de aguas subterráneas, lo que indicaría un descenso indebido de la cota de
explotación y un impacto directo sobre el dominio público hidráulico
Asimismo,
se advierte de la desaparición o reducción significativa de caudal en
varios manantiales catalogados de la comarca de Los Alcores, como El
Fontanal y Marchenilla, situados a escasa distancia de la
explotación, lo que podría estar directamente relacionado con el descenso del
nivel freático provocado por la actividad minera.
Ante
esta situación, Alwadi-ira – Ecologistas en Acción solicita a las
administraciones competentes la inspección integral inmediata de la
cantera y, en su caso, la adopción de medidas cautelares, incluida la
posible paralización de la actividad, y la exigencia de responsabilidades
administrativas, así como la implementación de medidas correctoras y de
restauración ambiental que garanticen la protección del patrimonio natural y de
los recursos hídricos, bienes de dominio público y de interés general.
Alcalá
de Guadaíra, 18 de diciembre de 2025
Contacto: E-mail: alwadi.ira@gmail.com. Web: www.alwadi-ira.es
Alwadi-ira - Ecologistas en Acción. Apartado de Correos 226.
Este libro, Alcalá
de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y cuatro relatos, nace con
el propósito de dar a conocer nuestro término municipal y la cuenca del río
Guadaíra a través de las rutas que Antonio diseñó, así como de otras que tuve
el privilegio de recorrer, entre 2019 y 2024, junto a un grupo de
amigos.
A través
de las páginas de este libro
recorreremos vías pecuarias, caminos y riberas del río Guadaíra y
sus arroyos, sumergiéndonos en paisajes de singular belleza y en lugares que,
aunque cercanos, siguen siendo desconocidos para la mayoría. Son espacios
que han sido testigos durante generaciones del paso de agricultores, ganaderos
y cazadores, y que hoy son frecuentados también por senderistas y, sobre todo,
ciclistas.
El libro se organiza
en nueve ámbitos geográficos que van desde el Monumento Natural Riberas del
Guadaíra; y las Terrazas del Guadalquivir en nuestro T.M.; hasta el curso del
río Guadaíra entre el Molino del Boticario y el Molino de Ojeda, una zona
que discurre ya entre los TM de Arahal y Morón de la Frontera.
Cada ruta se
complementa con un mapa del itinerario donde se señalan los
principales elementos patrimoniales del recorrido, lo que enriquece la
experiencia tanto del lector como del caminante.
Además, muchas de
estas rutas incluyen notas a pie de página que aportan datos, anécdotas y
reflexiones que nos ayudan a comprender y valorar plenamente la situación
actual de nuestro patrimonio. Como información práctica, cada itinerario indica
de antemano su grado de dificultad —alto, medio o bajo—, el tiempo aproximado
para recorrerlo y la distancia total en kilómetros.
El libro
cuenta con un prólogo compartido en el que los autores nos presentan a
Antonio y al senderismo a través de sus propias vivencias junto a él en las
rutas.
Joaquín
Ordóñez señala que quien participaba
en una ruta con Antonio sabía perfectamente que todo estaba cuidadosamente
organizado; que no se caminaba con prisa para terminar
antes que nadie; que se hacían las paradas necesarias tanto para
reagruparse como para escuchar explicaciones; y que siempre iban a
aprender algo: a conocer un camino vecinal, una vía pecuaria desconocida o a
descubrir restos arqueológicos en el lugar más inesperado.
Rafael
Robles dice de Antonio que su
conexión con la tierra no era solo un acto de contemplación, sino un diálogo
constante con el paisaje que amaba, donde cada humilde arbusto y cada sendero
parecían reflejar su gratitud y cuidado.
David
Cristel nos revela que cada
excursión al campo con Antonio se transformaba en una lección continua.
Un proceso de aprendizaje que, además, se retroalimentaba en
intensos debates científicos donde el intercambio de ideas nos impulsaba a
dudar, a reflexionar y, en definitiva, a no cesar en el camino del
conocimiento.
Manuel
López García recuerda
que el senderismo va más allá del simple hecho de caminar: implica mirar con
ojos renovados, redescubrir lo que creíamos conocer y atesorar cada paisaje
como parte inseparable de nuestra propia historia. Lo expresa en el prólogo con
las siguientes palabras: «Cuántas veces habremos recorrido el trecho entre la
torre de la Membrilla y la barranca del río… y nunca fue la misma ruta». Y
añade, con acierto: «No hace falta alejarse de Alcalá para disfrutar del
paisaje. Aunque caminar solo tiene su encanto, una ruta siempre será más rica
en compañía».
José
Rodríguez destaca en Antonio la
figura del auténtico descubridor de rutas. Yo me atrevería a ir más allá:
Antonio no solo trazó caminos físicos, sino también simbólicos.
Pero, efectivamente,
recorrió una y otra vez las veredas, trazó itinerarios, recopiló datos con meticulosidad
y rescató del olvido historias y leyendas —como las de “El Bigotes de Alcalá”,
“El niño ahogado en la Cruz de Otívar” o la de la Encina del Cura— que le
fueron transmitidas por nuestro padre.
Curro
López, a quien Antonio
consideraba la persona más idónea para guiar algunas de las rutas que
organizaba con tanto esmero, afirma: «Doy fe de que ser invitado a sus salidas
al campo llegaba a convertirse en una auténtica experiencia, en la que se
intercambiaban conocimientos, se disfrutaba con los cinco sentidos y se
convivía a unos niveles poco comunes».
Félix
Ventero define —con gran
acierto y citando a Reyes Bernal— las rutas de Antonio como «el legado del
mago».
Sin duda, poseía una
mirada capaz de descubrir belleza y significado donde otros apenas veríamos un
simple sendero. Ante un olivar, unos setos vivos, unas hazas de tierra o un
arroyo seco la mayor parte del año, él sabía descifrar una historia completa:
un paisaje que pedía ser contado y rescatado del olvido.
José
Manuel Castro, biólogo,
dice de Antonio que, pese a no haber estudiado Biología, contaba con una de las
voluntades más firmes y apasionadas, que le permitió adquirir un enorme conocimiento
sobre toda nuestra flora; no solo conocía los nombres científicos y comunes, sino
que sabía si tenían un uso medicinal, tradicional o una historia asociada para
contarte, por lo que siempre era un disfrute estar con él.
Antonio
García Mora nos
revela en su prólogo el propósito de este libro: por un lado, mostrar las rutas
que Antonio diseñó y, por otro, dar a conocer otros parajes de nuestro término
municipal mediante itinerarios que no forman parte de aquellas rutas
originales. Explica que formamos «un grupo muy variopinto en formación,
experiencia vital y conocimiento de la cuenca fluvial, pero todos coincidimos
en nuestro amor por la Naturaleza y en la curiosidad por descubrir rincones
ignotos del término municipal».
Bueno, pues de todas
las personas que he mencionado —y de muchas otras que quedan en el tintero, a
las que pido disculpas por que son muchos—, Antonio supo aprender con una
humildad auténtica.
Esta
publicación quiere evidenciar también que el patrimonio de Alcalá de Guadaíra
trasciende ampliamente sus emblemas más conocidos —el castillo, el Parque de
Oromana o los molinos—.
Alcalá, con cerca de
290 km² de término municipal, atesora un patrimonio histórico y natural
vasto y diverso: más de 30 molinos harineros, dos castillos, un palacio,
iglesias y ermitas; decenas de cortijos y haciendas; innumerables yacimientos
arqueológicos de distintas épocas; y un entramado hídrico compuesto por
kilómetros de ríos y arroyos como La Torrecilla, Los Sastres, Zacatín,
Marchenilla, Guadairilla o Gandul. A ello se suman manantiales —el Mal Nombre,
El Perro, Cañiveralejos, Fontanal o Cajul— y extensas galerías subterráneas que
recorren el alcor, como las del camino de las Aceñas, Gallegos, Nuestra Señora
del Águila, Otívar, Fuensanta o La Retama.
Del mismo modo, más de
ciento treinta kilómetros de vías pecuarias —como el Cordel del Gallego, el de
Pelay Correa, la Cañada de Benagila o la Cañada Real de Morón— que conforman
una amplia red que estructura el paisaje. A ellas se suman antiguos
descansaderos y dehesas —Mateos Pablo, la Dehesa Nueva o la de Bucarest—, donde
aún hoy es posible contemplar en invierno las bandadas de grullas, un verdadero
espectáculo de naturaleza viva.
El paisaje se
enriquece, además, con valiosos bosques de galería que acompañan arroyos como
el Guadairilla, Rosalejos, La Madre o Gallegos.
En nuestro término
prosperan más de mil especies vegetales típicamente mediterráneas, junto a
otras propias de zonas serranas —fresas, orquídeas, helechos, entre muchas
más—.
Como testigos
silenciosos del devenir histórico, pervive un destacado conjunto de cortijos,
haciendas y ranchos —La Soledad, Los Ángeles, San José, Zafra, La Piñera,
Guadalupe, Majada Alta, Matallana…— que aún resisten la degradación patrimonial
de las últimas décadas y relatan, con su sola presencia, el pasado agrícola y
económico de estas tierras.
Finalmente, la zona de
Gandul constituye uno de los paisajes culturales más valiosos de la provincia:
alberga uno de los conjuntos megalíticos más relevantes de Sevilla, restos
romanos, un despoblado con elementos medievales, arquitectura señorial, vestigios
de infraestructuras rurales y ferroviarias, y un entorno natural singular
integrado en el paisaje protegido de Los Alcores: el Toruño, la Mesa, el
escarpe y su entorno.
Hay dos
momentos clave que marcaron la relación de Antonio con el senderismo.
El primero fue la
primera ruta que organizó para el grupo ecologista Alwadi-ira. Aquella caminata
nos llevó al corazón del Parque de Oromana y, entre sus senderos, comenzó todo.
Joaquín Ordóñez formaba parte de aquel pequeño grupo —poco más de media docena
de personas— que caminamos por primera vez guiados de la mano de Antonio.
El segundo momento
llegó muchos años después, en 2018, nuevamente en una ruta organizada por el
grupo ecologista: la que sería su última. En esta ocasión caminamos desde el
paso de la Nena, junto a la base de Morón, en el término municipal de Arahal,
hasta el Puente de Hornillo, sobre el río Guadaíra, ya dentro del término
municipal de Morón de la Frontera.
Para
Antonio, como ya hemos visto, cada ruta era mucho más que un simple recorrido.
Era, en esencia, una lección de respeto hacia nuestra tierra; una oportunidad
para transmitir conocimiento; un espacio de encuentro y, al mismo tiempo, un
acto de denuncia frente a su abandono.
Como bien recordaréis,
muchas de las personas que estáis aquí, con voz firme y convencida reclamaba en
sus rutas una acción decidida por parte de las administraciones para proteger y
recuperar nuestra herencia cultural, histórica y ambiental. En cada una de sus
palabras latía su filosofía más profunda: «Solo se valora lo que se conoce, y
solo se protege lo que se valora».
De ese espíritu de
descubrimiento, de valoración, de colaboración, de comunidad y de mirada
renovada nace Alcalá de Guadaíra: 50 rutas de senderismo alternativas y
cuatro relatos. En estos cuatro relatos se recogen vivencias de Antonio en
la cuenca alta del río Guadaíra, un territorio aún más desconocido para quienes
somos de Alcalá.
Para
concluir, como estamos viendo, este libro trasciende la mera función de una
guía de senderos para convertirse también en un verdadero compendio de notas
históricas, catálogo patrimonial, vivencias, reflexiones, denuncias y relatos.
Los invito no solo a
leer estas páginas, sino a recorrer sus rutas, a sentirlas y a dejarse llevar
por ellas, trazando nuevos itinerarios.
Deseo expresar mi
gratitud a Félix Ventero y a mi familia por sus correcciones al texto, y muy
especialmente a mi hija Rocío por su colaboración en la elaboración de los
mapas que acompañan cada una de las rutas de este libro, así como del vídeo
proyectado. Mi agradecimiento se extiende también a los prologuistas aquí
presentes y a quienes, por distintas circunstancias, no han podido
acompañarnos. Joaquín Ordóñez, por su colaboración en la nota de prensa y José
Torres, por dirigir esta presentación.