miércoles, 29 de julio de 2026

Meloncillos, incendios y ecologistas: desmontando falsedades con evidencia científica.

Escuchar a quienes han dedicado toda una vida al campo es una forma de aprender y de mostrar respeto. Las personas mayores del mundo rural guardan una experiencia y unos conocimientos que no aparecen en los libros. Sin embargo, esa valiosa experiencia se está viendo influida por falsedades que niegan lo que la ciencia ha demostrado y ofrecen explicaciones muy simples para problemas que, en realidad, son complejos.

Hace unos días, el propietario de una pequeña finca, sin conocer cuál era mi postura al respecto, me aseguró que los ecologistas habían introducido el meloncillo; que, como consecuencia, la escasez de conejos había reducido la actividad cinegética, menos cazadores en el monte, dejándolo sin vigilancia; y que, además, esos mismos ecologistas se oponían a la limpieza del monte, favoreciendo así la propagación de los grandes incendios forestales. Sin embargo, ninguna de estas afirmaciones está respaldada por la evidencia científica.

La idea de que el meloncillo (Herpestes ichneumon) fue introducido recientemente en Andalucía carece de fundamento. Los estudios genéticos muestran que las poblaciones ibéricas presentan diferenciación respecto a las africanas, indicando una colonización natural durante el Pleistoceno, donde el Estrecho de Gibraltar fue un posible punto de paso y un escenario clave para el intercambio de fauna. El meloncillo lleva miles de años en la península; es autóctono[1].

Tampoco puede atribuirse al meloncillo la responsabilidad exclusiva del descenso de las poblaciones de conejo. Se trata de un depredador oportunista, cuya dieta es muy variada e incluye reptiles, roedores, insectos, frutos y, solo de forma parcial, conejos. El declive de esta especie obedece principalmente a factores mucho más determinantes, como la mixomatosis, la enfermedad hemorrágica vírica y la transformación de su hábitat derivada de los cambios en los usos agrícolas. Así lo respaldan los estudios científicos disponibles y lo confirma el catedrático de Zoología P. Prenda, consultado expresamente sobre esta cuestión[2].

La segunda falsedad sostiene que los ecologistas impiden limpiar montes y eso explica la gravedad de los incendios. Esta interpretación de mi interlocutor simplifica un fenómeno complejo como hemos apuntado.

El mayor cambio en los paisajes mediterráneos no ha sido la proliferación de nuevos arbustos y pastizales, sino el vacío dejado por el abandono rural. Miles de agricultores y ganaderos han desaparecido, arrastrados por un modelo agrario que privilegia las grandes explotaciones y somete al pequeño productor a precios insuficientes para mantener a su familia. No cabe olvidar que operamos dentro de una lógica económica capitalista, cuya dinámica tiende, de forma inexorable, a la concentración de la riqueza. Cada vez se ven más macro-granjas y explotaciones agrícolas en intensivo. Quienes se fueron del campo recorrían caminos, desbrozaban lindes, mantenían cortafuegos a través del pastoreo y ejercían una vigilancia activa del territorio. Con su ausencia, no solo se ha perdido un modo de vida, sino también una capacidad esencial de prevención que nuestros campos y montes difícilmente recuperarán[3]. Cuando le comentaba lo anterior estuvimos completamente de acuerdo.

El desbroce generalizado no es la solución definitiva. El matorral protege el suelo frente a la erosión, favorece la infiltración del agua, alberga biodiversidad y participa en la regeneración del bosque. El objetivo es gestionar el paisaje creando mosaicos que dificulten la propagación de incendios. Aconsejo leer la posición de Ecologistas en Acción al respecto[4].

Los incendios extremos responden a un contexto climático distinto, marcado por olas de calor más intensas, sequías prolongadas y condiciones atmosféricas cada vez más adversas, entre otros factores. Sin embargo, seguimos sin contar con una estrategia plenamente adaptada a esta nueva realidad. Aunque Andalucía dispone de profesionales altamente cualificados, persisten carencias en medios materiales y en recursos destinados a la prevención durante todo el año. Esta exige una planificación territorial adecuada, una gestión forestal adaptativa, una presencia humana constante en el territorio y una inversión sostenida en vigilancia e infraestructuras preventivas.

A ello se suma, no lo olvidemos, que la mayoría de los incendios tiene origen humano, ya sea por negligencias o por acciones intencionadas. Reducir su incidencia requiere, también, reforzar la vigilancia, mejorar la investigación de las causas y promover campañas de sensibilización y educación ciudadana. En definitiva, prevenir los grandes incendios forestales exige un cambio profundo en el modelo de desarrollo, capaz de recuperar una gestión activa del territorio y fortalecer la capacidad de los ecosistemas y del medio rural para afrontar el cambio climático[5].

Los ecologistas defienden un territorio habitado, gestionado y ecológicamente funcional. Eso implica proteger al pequeño y mediano agricultor, crear empleo ligado a gestión forestal, reforzar la guardería rural y basar las decisiones en la evidencia científica, y no en los relatores de noticias falsas.

Buscar culpables sencillos es tentador. Es más fácil responsabilizar al meloncillo, al matorral o a los ecologistas que afrontar problemas estructurales como la despoblación rural, el abandono del territorio por las administraciones públicas o el cambio climático. Necesitamos menos chivos expiatorios y más conocimiento, ciencia, inversión y personas que cuiden el territorio cada día.



[1]  José Prenda, Catedrático de Zoología de la Universidad de Huelva me decía: “Este es un asunto muy manoseado y manipulado por el sector cinegético. A día de hoy, que yo sepa, no hay ninguna evidencia concluyente que vincule a ambas especies en una relación determinante. No se puede decir que el melón sea responsable del declive del conejo. Ni siquiera localmente. En mi percepción subjetiva (no he mirado los números) la presencia del melón en nuestra área ha caído sensiblemente. Me da la impresión que hay menos evidencias, tanto de observación directa, como de rastros y cacas. De lo que estoy bastante seguro es que el descaste infligido (ilegalmente) por los que responsabilizan a este carnívoro de "acabar" con la fauna cinegética, debe ser mucho mayor que el que esta especie realmente causa sobre perdices y conejos.”  Por otra parte, son importantes los estudios del proyecto MELOCAM (IREC-CSIC, IESA-CSIC, Universidad de Extremadura). 

Meloncillo

[2] Investigaciones del proyecto MELOCAM publicadas en Journal of Zoology y Mammalian Biology (Descalzo et al., 2023, 2024).

[3] Investigaciones del CSIC sobre abandono rural y pastos-cortafuegos (proyectos en Sierra Nevada, Los Alcornocales, Sierra de las Nieves; estudios de Anadón y Sala en PNAS; trabajos de Jabier Ruiz Mirazo. https://www.onac.gob.es/novedades/publicaciones/Documents/Propuestas%20Ciencia%20Emergencia%20Clim%C3%A1tica_iteraci%C3%B3n%202_DEF.pdf

[4] Ecologistas en Acción, Solidaridad, rigor y ciencia ante el drama de los incendios.

[5] Datos del MITECO y Plataforma Ecologista Madrileña: el 95% de incendios en España tiene origen humano, más de la mitad intencionados.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario